– La mayoría de los animales de la isla parecen tener los ojos como los de la esquila de agua -le dijo Quentin.
– ¿Y?
– Y la esquila de agua tiene ojos compuestos, con tres hemisferios ópticos.
– Una profundidad de percepción «trinocular».
– Nosotros tenemos una percepción binocular -dijo Andy.
– Sí, lo sé, Andy -asintió Nell.
– Estas cosas pueden ver el mismo objeto tres veces con cada ojo. De modo que perciben tres dimensiones mejor con un ojo que nosotros con dos.
Quentin señaló el ojo de la criatura ampliado en el monitor, moviendo el dedo índice de un lado a otro.
– ¿Ves cómo ahora cada ojo está escudriñando lentamente?
– ¿Uno de ellos hacia ambos lados y otro hacia arriba y hacia abajo? ¡Caray!
Andy se echó a reír, asombrado.
– Están «pintando» la polarización y los datos de color como un maldito vehículo explorador de Marte, sólo que mucho más rápido -dijo Quentin-. Oh, sí, esa rata puede vernos perfectamente, justo a través del brillo de este acrílico.
– Sus ojos también tienen un movimiento sacádico -dijo Andy mirando a Nell-. Eso es lo que nos permite leer sin que los pequeños movimientos que realiza el ojo nos empañen la visión.
– Y son capaces de ver cinco veces más colores que nosotros… por lo menos -agregó Quentin.
– ¿Pueden hacerlo? -Nell miró a Andy con expresión severa.
– Los seres humanos tenemos tres clases de receptores de color: verde, azul y rojo. ¡Estas criaturas pueden tener hasta diez clases de receptores de color!
– Allí va el árbol de Navidad. -Quentin señaló a través de la ventana mientras los restos carcomidos de una araucaria, uno de sus especímenes de prueba, se derrumbaba en medio de un enjambre de bichos voladores.
La escotilla situada en el extremo del laboratorio hizo sonar un agudo pitido de alarma al abrirse y el jefe de los técnicos de la NASA, Jebediah Briggs, entró y cerró la escotilla tras él.
– Esta sección del laboratorio está cubierta con casi un metro de mierda en el exterior -les informó Briggs. Era un hombre alto, atlético, con el mentón hendido como Kirk Douglas sobresaliendo por encima de su mono azul. Todo el mundo había llegado a temerlo-. Y acabamos de detectar un pequeño descenso en la presión. ¡De modo que, chicos y chicas, ha llegado el momento de evacuar la Sección Uno!
– Eh, Otto, ¿cuántos ROV nos quedan? -preguntó Nell.
– Nos quedan sesenta y ocho de los noventa y cuatro almacenados bajo el StatLab Uno.
– ¿Puedes controlarlos desde cualquier sección del laboratorio?
Otto lo pensó un momento.
– ¡Sí!
– Muy bien, instalaremos nuestra base de operaciones en la Sección Cuatro -dijo Nell mirando a Briggs-. Y, mientras tanto, utilizaremos las secciones Dos y Tres todo el tiempo que sea posible. ¿Qué le parece la idea, Briggs?
– Por mí no hay problema -asintió Briggs-. Ahora, si queréis mover vuestros culos tan de prisa como podáis…, eso sería, bueno, ¡obligatorio! -gritó.
Todos se apresuraron a coger sus ordenadores portátiles y cuantos especímenes les fuera posible mientras atravesaban la escotilla y subían la escalera que comunicaba con la Sección Dos.
– Esteriliza el abrevadero, Otto -dijo Nell con voz severa-. Sabes que no podemos tener un espécimen de ese tamaño de manera segura.
– Está bien -repuso él, frunciendo el ceño.
20.10 horas
A bordo del Trident se había servido la cena: patatas enlatadas, ensalada de mandarina y un montón de esquilas de agua fritas que el chef había pescado en la proa de estribor la noche anterior.
Zero masticaba con fruición el suculento trozo de crustáceo mientras contemplaba el cielo sembrado de estrellas brillantes desde una tumbona en la cubierta del entresuelo, con el plato vacío apoyado en la entrepierna.
– Sabes muy bien que quieres hacerlo -dijo una voz en un tono persuasivo.
– No sé de qué me estás hablando, Cynthea -suspiró Zero, y se tendió cuan largo era en la tumbona.
– No puedes dejar pasar una oportunidad como ésta.
– Tal vez -dijo Zero.
– Te he ofrecido la mitad del dinero, maldita sea. ¿Qué más quieres?
Zero sonrió.
– Sigue hablando, querida.
Dante sonrió burlonamente al ver la actitud de Zero y se marchó a la cubierta inferior.
21.31 horas
La luz de la luna iluminaba la cala fuera del ojo de buey de su camarote mientras Dante organizaba sus pertrechos.
Había decidido llevar sólo lo imprescindible, equipando su arnés de escalada Black Diamond y los portamateriales con grampones, levas, mosquetones y varios grigris. Luego unió seis secciones de sesenta metros de cuerda dinámica Edelweiss para la escalada en solitario.
A continuación comprobó la cámara Voyager Lite y la mochila de transmisión que había cogido del compartimento de almacenaje de «SeaLife». Los indicadores de carga de las baterías señalaban que estaban casi llenas, y el visor nocturno mostró la esperada imagen verdosa. Localizó el botón de transmisión, al que podía acceder fácilmente en la mochila.
Metió la mochila, la cuerda y el equipo de escalada en una bolsa de lona impermeable de metro y medio de largo y luego levantó una tabla de surf que había traído consigo para poder llevar el equipo a tierra sin que lo detectara el radar de la marina.
La luna llena brillaba justo encima de su cabeza cuando se deslizó al agua desde la popa del barco, junto a la Zodiac más grande, depositando la bolsa con el equipo sobre la tabla. Una vez en el agua se colocó un par de aletas. Luego se dirigió silenciosamente hacia la costa aprovechando la marea y reservando las fuerzas de los músculos de las piernas.
21.32 horas
Nell miró a través de la ventana de la Sección Cuatro, estudiando los brillantes apacentadores nocturnos mientras brotaban en el terreno bañado por la luz de la luna. ¿Qué clase de simbionte podía alternar su química para alimentar a tantas fuentes diferentes de nutrientes?, se preguntó. Se frotó la frente mientras le daba vueltas al problema en su cabeza.
Andy la miró.
– ¿En qué estás pensando?
– No se trata de líquenes -dijo ella.
– Muy bien. ¿Qué es entonces?
– No estoy segura… El índice máximo de crecimiento del liquen es de aproximadamente uno o dos centímetros por año. El material de estos campos crece más de prisa que el bambú. Es un modelo de crecimiento geométrico que me recuerda a los fósiles Ediacara, unas organizaciones realmente primitivas de vida unicelular. En cualquier caso, todo parece indicar que constituyen la base de la cadena alimentaria en este lugar.
– Si no es un liquen, ¿qué es?
– Llamémoslo trébol. El trébol lleva a cabo el proceso de fotosíntesis durante el día y come piedras por la noche, y estas plantas salen de noche para comerse el trébol. Tal vez prefieren los minerales que el trébol consume por la noche, o no les gusta nada la clorofila… Sabemos que algunas algas verdes en las alberquillas donde beben los pájaros se vuelven rojas para protegerse del exceso de luz o salinidad del agua, pero les lleva varios días cambiar de color…
– Hum…
– Pero sabemos que el liquen es un simbionte formado a partir de algas y hongos. -Abrió los ojos y observó a Andy pero él tenía la mirada perdida-. En los líquenes, las algas suministran oxígeno y moléculas orgánicas como azúcares y trifosfato de adenosina a través de la fotosíntesis. Los hongos ayudan a disolver los minerales y aportan los nutrientes necesarios para que las algas sinteticen las moléculas orgánicas. -Miró fijamente a Andy-. ¿Me sigues?