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Mucho más arriba de la grieta vio el túnel en forma de cuerno del follaje de la selva, su brillante contorno delineado por el remolino de chispas de millones de bichos voladores. Decidió permanecer fuera de su línea de visión tanto como le fuera posible para evitar ser detectado por cualquiera de las criaturas.

Al girar en la esquina retrocedió hasta un cubo de piedra que sobresalía del risco como un afilado bauprés de roca. Clavó allí otra leva y marcó su elevación, unos sesenta metros. Se enfrentaba a una sinuosa ascensión vertical de aproximadamente veinte metros al descubierto, hasta que otra rampa de piedra lo llevara a la cima del acantilado.

Volvió a espolvorearse las manos e inició la ascensión.

El brillo de la luna sobre otro fósil captó su atención, de modo que subió hacia allí para echar un vistazo.

La cosa saltó entonces desde la roca y cerró las mandíbulas junto a su cara, devorando un bicho brillante que pasaba junto a su oreja.

Dante, sobresaltado, sintió que sus manos se deslizaban por la roca y perdía la sujeción.

Cayó al vacío.

La leva que había colocado se expandió en la grieta cuando el peso de su cuerpo tensó el grigri. Se balanceó debajo del cubo de piedra. Había caído unos diez metros pero la protección había resistido.

Ahora pudo ver bien a la criatura que bajaba rápidamente por la cara del risco, moviéndose como un enorme escarabajo soldado a un pez volador.

Se izó por la cuerda hasta el punto de sujeción y permaneció colgado allí, observando si había más de esos fósiles vivientes a su alrededor cazando los insectos voladores que pasaban junto a él.

22.08 horas

– Quentin, reserva el resto de los vehículos para cuando amanezca, ¿de acuerdo? -dijo Nell-. Concentrémonos en iluminar y filmar a intervalos los especímenes de campo hasta que se haga de día.

Quentin encendió las luces exteriores para las cámaras que continuarían filmando un cuadro de los especímenes de plantas expuestos fuera del laboratorio cada treinta segundos durante toda la noche.

– ¡Dios! -exclamó Nell mientras visionaba las imágenes de las filmaciones realizadas durante los últimos cuarenta y cinco minutos. Miró a través de la ventana y vio que algunos de los especímenes ya habían sido devastados, desarraigados y reemplazados por otra cosa.

– ¿En, qué es eso? -preguntó un técnico de la NASA.

El aire se había llenado de un extraño zumbido.

Todo el laboratorio pareció vibrar para luego mecerse suavemente de un lado a otro.

– Probablemente sea un temblor -sugirió Quentin-. Los militares dijeron que habían captado una actividad sísmica de bajo nivel en la isla hace unos días.

– Resistid, chicos -dijo Andy.

Nell cogió con fuerza el borde de la encimera del laboratorio y miró a través de la ventana los árboles que temblaban en el límite de la selva.

22.09 horas

Dante sintió el temblor antes de oírlo. Al principio creyó que todo el risco se desplomaba, pero luego se dio cuenta de que sólo era la placa de piedra a la que estaba sujeto, que se separaba del risco con un lento crujido. Se movió hacia un lado, cogiéndose con los dedos de la mano izquierda a una grieta y balanceándose hacia arriba para aferrarse a un punto muerto con la derecha, al tiempo que conseguía un punto de apoyo para su pie izquierdo. Sabía que ésa era la escalada más increíble que había hecho nunca, pero no le importaba porque estaba aterrado.

Una lluvia de rocas caían a su alrededor y comprendió que la última protección que había colocado estaba quince metros más abajo. Tenía que llegar a la rampa superior y tenía que hacerlo de prisa.

Los planeadores del risco se volvieron más audaces, mordiéndole levemente los hombros, la espalda y los talones a medida que ascendía, revoloteando a su alrededor en gran número como si fueran escarabajos voladores apiñándose sobre la cara del risco.

– Aguanta, hermano -se dijo nerviosamente.

22.09 horas

El zumbido cesó de repente.

– Ahora sé lo que se siente durante un terremoto -dijo Andy.

– Muy bien, ya ha pasado -repuso Nell, visiblemente aliviada.

Briggs pasó a través de la escotilla que comunicaba con la Sección Tres. Su expresión era grave.

– Eh, Briggs. ¿Hay alguna manera de llegar a la Sección Uno y recuperar mi gorra de los Mets? Creo que la dejé allí. -Nell le sonrió.

– Eso ha sido muy gracioso, Nell. Pero no. ¿Ahora también tenemos terremotos?

– No ha sido tan malo…, hasta el momento.

– Sí, claro. -Briggs la fulminó con la mirada-. ¡Pues que vengan las avalanchas de lodo y los huracanes!

22.11 horas

Dante comenzó a sufrir calambres en el antebrazo cuando el trabajo de los dedos hinchó sus brazos y debilitó su sujeción a la roca. Trató de cambiar más peso del cuerpo a los pies y, finalmente, con los músculos muy doloridos consiguió llegar a la grieta e introducirse en ella. Agitó los brazos dentro del vientre de piedra y luego colocó algunas protecciones en un agujero que había encima de su cabeza, enganchándose a ellas con un mosquetón de seguridad.

No estaba muy seguro acerca de vivaquear en la pared de piedra, no parecía una buena idea dormir en ese lugar. Se adentro gateando en la grieta y descubrió una fisura vertical que ascendía como una escalera directamente hasta el saledizo que había en la cima. Sintió una punzada de esperanza. Si esa parte del risco era tan limpia como parecía, podría llegar a la cima en quince minutos.

Decidió que había llegado el momento de transmitir utilizando la cámara en modalidad de visión nocturna. Puso en marcha el walkie-talkie de «SeaLife» y llamó.

22.26 horas

Cada tres minutos y medio, Peach le daba un mordisco a su barrita de cacahuete M &M mientras jugaba el nivel 26 del Halo 5 cuando, súbitamente, vio un icono que parpadeaba en una esquina del monitor.

Activó el icono como si estuviera liquidando a otro alienígena y la imagen captada por la cámara de Dante, turbia y con interferencias, llenó la pantalla. «Estoy aquí, en la isla Henders, a unos cien metros de la cima del acantilado. Chicos, ¿me recibís? Espero que vuestros walkie-talkies estén encendidos, colega…»

Peach miró a su alrededor buscando su walkie-talkie pero no pudo encontrarlo.

22.26 horas

Cynthea dormía en su camarote cuando comenzó a sonar el localizador de su walkie-talkie en la mesilla de noche. Se levantó como un resorte al oír la voz de Dante.

Vestida con un pijama azul marino, corrió hacia la sala de control con el walkie-talkie pegado a la oreja.

– ¡Dante! ¡No deberías estar haciendo esto! -lo regañó sin dejar de correr.

– Eh, está hecho, Cynthea. Le dije que podía subir esta cosa. ¡Aquí estoy!

– ¡Oh, Dios mío! -gimió ella.

Tan pronto como llegó a la sala de control y vio las imágenes en vivo, aunque oscuras y erráticas, cogió el teléfono vía satélite del barco y marcó un número.

– Soy Cynthea Leeds, ¿puedo hablar con Barry? Despiértalo, cariño, confía en mí, ¿de acuerdo? ¡HAZLO! -Miró a Peach con el ceño fruncido y cubrió el auricular con la mano-. ¿Puedes bajar el contraste y darle más brillo a la imagen o algo así, Peach? Necesitamos algo más que eso. -Apartó la mano que cubría el auricular-. Barry, tengo a un escalador con una cámara a diez metros de la cima del acantilado de la isla Henders preparado para transmitir en directo. Despierta, Barry. ¡Despierta! ¡Tenemos que salir en directo ahora! ¡Es la emisión del siglo! ¡Podemos evitar la censura de las noticias de la isla Henders! ¡Maldita sea, es nuestra oportunidad! ¿Barry?

Peach podía oír a Barry a través del altavoz del teléfono.