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– ¿Sabes qué hora es en la costa Este, Cynthea? ¡Es la una y media de la madrugada!

– ¡Eso es lo que hace que sea televisión legendaria, Barry! -Cynthea meneó la cabeza y miró a Peach-. ¡Hazlo! ¡Tendrás los derechos exclusivos de un millón de repeticiones! ¡Esto es como el primer alunizaje, Barry! -Volvió a cubrir el auricular-. Dile a Dante que espere antes de atacar la cima. Barry está sacando el culo de la cama e irá a la oficina, pero Dante tiene que quedarse donde está durante diez minutos. -Se llevó el teléfono de nuevo a la oreja-. Muy bien, Barry, cariño, ve a la oficina. ¡Gracias, eres un cielo!

22.27 horas

– Muy bien, espero que esta visión nocturna les llegue sin problemas, tengo la cámara sujeta al pecho y están viendo el risco que se eleva encima de mí -dijo Dante-. Estoy ascendiendo por una grieta. Podéis ver algunos de esos bichos planeadores justo por fuera de ella. Aquí estoy protegido, pero han estado acercándose cada vez más y uno de ellos parece que me ha mordido en el codo. No obstante, en general, se comen esas grandes luciérnagas que me perseguían…

Dante ascendió otros quince metros antes de colocar un grampón. Según sus cálculos, ahora se encontraba a unos treinta metros de la cima.

La voz de Peach irrumpió súbitamente a través del walkie-talkie.

– ¿Puedes detenerte a unos diez metros de la cima y esperar a la luz verde, Dante?

– No hay problema. Pero no me hagáis esperar demasiado, el último tramo es un saledizo, colega.

– De acuerdo. Sigue grabando, estamos recibiendo todas las imágenes. No deberías haberlo hecho, ¿sabes? -dijo Cynthea-, ¡pero te convertirás en una superestrella, cariño!

– ¡Bien! -Dante sonrió mientras seguía ascendiendo por la grieta, agachándose de vez en cuando para esquivar alguno de los planeadores.

22.39 horas

– ¿Lo estás recibiendo, Barry? -Lo estamos recibiendo, lo estamos recibiendo. Es un material impresionante.

– ¿Estamos en directo? -Se produjo una pausa y Cynthea miró fijamente el teléfono-. ¿Barry?

– Es un material excelente, Cynthea, pero no sé… Mañana cenaré con el congresista Murray, del comité de regulación de la Comisión Federal de Comunicaciones, para discutir con detenimiento los detalles de la fusión…

– ¡Eres un maldito cabrón traidor hijo de puta! -gritó Cynthea.

– Escucha, Cynthea, quizá podamos conseguir un tiempo de emisión mejor y organizar un programa especial con todo este material más tarde, sin meternos en problemas con la comisión o violar la jodida Acta Patriótica o sólo Dios sabe que más me está indicando el abogado con la cabeza en este momento, ¿de acuerdo?

– ¡No me falles, Barry! -lo amenazó Cynthea.

22.40 horas

Dante permanecía suspendido de un par de levas que había conseguido calzar en el techo del saledizo, diez metros por debajo de la parte superior del reborde rocoso. Al mirar a través del abismo, la cara del risco opuesto parecía acercarse para luego retroceder.

– La cosa está un poco chunga aquí arriba, tío, y creo que estamos teniendo otro seísmo. ¡Espero que estés recibiendo esto, colega!

– Intenta mantener la cámara estable. -La voz de Peach se oyó a través del walkie-talkie sujeto al brazo de Dante.

– ¡Inténtalo tú, tío! -replicó éste frunciendo el ceño.

Dante colocó dos tornillos de escalada en pequeñas grietas encima de su cabeza y equilibró la tensión en los enlaces. Los planeadores del risco saltaban junto a él y se comían los brillantes bichos voladores que eran atraídos hacia su cuerpo suspendido en el vacío.

Se balanceó hacia adelante y se agarró al borde del saledizo, afirmándose con un brazo y estirando el otro para colocar otro grampón.

Se encontraba a diez metros de la cima del risco.

– Tíos, decidme cuándo. Y hacedlo de prisa, ¿de acuerdo?

22.42 horas

– ¡Venga ya, Barry! ¡Tienes imágenes en directo desde la isla Henders listas para salir al aire, maldita sea!

Peach oyó la respuesta de Barry a través del auricular de Cynthea:

– ¡No quiero tener otra carnicería en televisión!

En el fondo se podía oír la narración de Dante mientras dirigía la cámara a través de la fisura.

– Estoy a pocos metros de la cima…, ¿qué cono?

La otra pared se encontraba a sólo seis metros de distancia. Las oscuras criaturas semejantes a trilobites parecían estar congregándose en gran número justo frente a él.

– Eso no tiene buena pinta -le dijo Peach a Cynthea.

– No me gusta el aspecto de esas cosas, tío -llegó la voz de Dante-. ¡Oh!, ahora vienen hacia mí desde todas direcciones. No puedo seguir esperando aquí, colega. Voy a por la cima.

– De acuerdo, salimos en directo dentro de cinco segundos -anunció Barry-. ¡De modo que prepárate, Cynthea, maldita zorra!

– ¡Podría casarme contigo, Barry!

– Muy bien -gruñó Dante-. Ya casi estoy en la cima de la isla Henders…

– «Hemos recibido imágenes en directo desde la isla Henders tomadas por un miembro del equipo del programa SeaLife, quien, sin contar con nuestro permiso o autorización, está a punto de coronar el acantilado de la isla y transmitir las primeras imágenes del interior -narró Cynthea-. ¿Qué es lo que ves, Dante?»

– Maldita sea, creo que esas cosas tienen dientes -exclamó éste-. Oh, joder, estoy cubriendo los últimos metros, esperad.

La cámara barrió la pálida roca iluminada por la visión nocturna mientras todos oían sus gruñidos y la respiración agitada.

– ¡Sigue hablando, querido, sigue hablando! -lo instó Cynthea-. ¡Pero no digas tacos, cielo!

22.44 horas

Dante alzó una mano por encima del reborde y se impulsó a la cima del risco. Los músculos le temblaban por el esfuerzo y el cansancio y permaneció tendido un momento, respirando profundamente mientras daba gracias. Lo había conseguido.

Se puso de pie.

– ¡Oh, mierda!

Uno de los tigres gigantes, con sus brillantes rayas anaranjadas y rosas, estaba sentado frente a él. Tenía el tamaño de un tractor.

Cuando giró sobre sus talones y se lanzó nuevamente hacia la grieta alcanzó a ver una figura luminosa en el lado opuesto de la fisura que saltaba en el aire y extendía cuatro brazos formando una X.

– ¡Oh, mieeeeerda!

Dante oyó que la cosa imitaba su voz profiriendo un estridente chillido.

22.44 horas

– ¡Cortamos la transmisión, Cynthea! -gritó Barry. -¿Te has vuelto loco? -gritó ella a su vez.

22.44 horas

La cuerda dio un brusco tirón en su arnés mientras se afirmaba dentro del grigri y tensaba la leva clavada en el reborde.

Dante quedó colgado boca abajo girando en el vacío. Una nube de bichos lo rodeaba, mientras los planeadores del risco los iban cazando.

Enderezó el cuerpo y trepó por la cuerda hasta colocarse debajo del reborde.

Encima de él, el tigre-araña se asomó de pronto por el borde, bloqueando la luz de la luna. Dante vio que extendía dos púas largas y negras por la fisura de piedra y enganchaba la cuerda. Luego lo izó como si fuera un pez atrapado en un sedal.

Cuando abrió las fauces, revelando unos apéndices oscuros, pudo oler el hedor ácido de su aliento y sintió que le salpicaba la cara una especie de baba pegajosa. La cuerda siguió subiendo mientras la bestia tiraba de ella con dos de sus extremidades y la cabeza se prolongaba hacia abajo del reborde rocoso desde un cuello elástico. Dante sintió su aliento caliente y fétido y su corazón pareció salirse de su pecho cuando la criatura emitió un sonido estridente que él jamás imaginó que pudiera salir de un ser vivo.