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Geoffrey pulsó el mando a distancia para mostrar la imagen de una pareja de cigüeñas instaladas en un gran nido sobre una chimenea de un castillo suizo con los Alpes brillando como telón de fondo.

– Las aves monógamas como las cigüeñas blancas, las águilas calvas y los gansos canadienses viven hasta treinta años. El avestruz monógamo vive entre cincuenta y setenta y cinco años, y se ha observado a parejas que se reproducen juntos durante cuarenta años. Muchas subespecies de pavos salvajes, por el contrario, no se congregan y tampoco emigran y no son monógamos. Viven apenas dos o tres años en su hábitat natural. El ratón doméstico asiático, que se aparea de forma promiscua dentro de un reducido grupo social, vive sólo un año; el ratón doméstico monógamo de Estados Unidos vive siete años. Pero ¿qué sucede si se infringen todas las reglas?

La imagen que había aparecido en la pantalla mostraba a un guepardo sentado, el pelaje encrespado por el viento mientras una nube de tormenta oscurecía el cielo detrás de él.

– El guepardo vive unos diez años en estado salvaje. Las hembras alcanzan la madurez a los dos años, mientras que los machos lo hacen un año antes. Esto es bastante inusual, puesto que las hembras de la mayoría de las especies alcanzan generalmente la madurez sexual antes que los machos, un escalonamiento que ayuda a impedir que se apareen entre hermanos en animales que tienen muchas crías simultáneamente. Sin embargo, aunque parezca extraño, los guepardos macho no tienen la posibilidad de reproducirse hasta su tercer año, ya que permanecen junto a sus madres mucho más tiempo que las hembras. Por cierto, éste es un fenómeno que también puede observarse entre ciertas especies de estudiantes de la escuela universitaria de graduados. -Geoffrey sonrió mientras el público se echaba a reír-. Esto significa que las crías de guepardo tienen dos años para aparearse con su propia madre.

Una sonora exclamación surgió del público.

– Este hecho parece contradecir completamente el principio. Y tal vez con resultados desastrosos. El guepardo, una de las especies de felinos más antigua, disfrutó de grandes grupos de reproducción durante sus cuatro millones de años de evolución. Pero ahora que su hábitat ha sido fragmentado y el número de sus compañeros de apareamiento ha mermado considerablemente, los guepardos se están reproduciendo de manera endogámica en una proporción alarmante, amenazando toda la especie, ya que sus crías se han vuelto más susceptibles y vulnerables a las enfermedades y la infertilidad. Se cree que en algún momento del pasado, los guepardos se enfrentaron a algún suceso que los llevó al borde de la extinción, de tal modo que todos los guepardos existentes han descendido de una pareja reproductora. Si fuera así, la misma conducta del guepardo que pudo haber salvado la especie entonces puede estar amenazándola ahora.

Geoffrey pasó a una nueva diapositiva.

– Los elefantes africanos viven en pequeños grupos y no se reúnen para aparearse, pero pueden alcanzar los sesenta años. ¿Cómo es posible? En primer lugar, el setenta por ciento de ellos no sobrevive para llegar a los treinta, y la mitad muere a los quince. Y, aunque las hembras son fértiles a los veinte años y los machos alcanzan la madurez sexual a los catorce, cuando abandonan la manada o bien son expulsados de ella por las hembras, los machos no se aparean hasta los treinta años, momento en el que han conseguido finalmente el tamaño y la habilidad necesarios para competir con otros machos que se aparean con éxito. Por tanto, el comportamiento social de los elefantes evita la posibilidad de una reproducción generacional cruzada a través de lo que yo he llamado el efecto del «florecimiento tardío». Al igual que los hipopótamos, las ballenas y las ranas toro, el retraso de la edad de apareamiento aumenta la expectativa de vida al tiempo que no viola el principio de que «la expectativa de vida es igual a no más del doble de la edad reproductiva».

A continuación apareció una imagen de un grupo de juerguistas con los pulgares levantados en Time Square.

– A través de la evolución humana, la expectativa de vida de nuestros ancestros nunca superó una media de treinta años. Los grupos humanos raramente superaban los doscientos individuos durante los millones de años de nuestra evolución y, a menudo, eran considerablemente más pequeños. Una charca genética tan pequeña invita al compromiso genético. Los machos humanos alcanzan la madurez sexual aproximadamente a los quince años, mientras que las hembras lo hacen entre los ocho y los catorce. Esto deja una ventana de siete años de oportunidad para el apareamiento padre/hijo, y aparentemente viola la regla.

«Hasta el presente, sin embargo, la glándula pituitaria humana comienza a cerrarse a los treinta y cinco años. Sumemos a esto el hecho de que el macho alcanza el pico de su potencia sexual y su fuerza física aproximadamente a los diecisiete, y tendremos una competición entre machos jóvenes, fuertes y cachondos y tíos mayores y cansados que probablemente se dediquen a jugar al golf.

»Este cálculo matemático, seguramente, no es accidental. El apogeo sexual y el declive se corresponden exactamente, incluso en los humanos. Propongo que no es porque morimos que tenemos que reemplazarnos a nosotros mismos, es porque nos reemplazamos a nosotros mismos que tenemos que morir, y debemos hacerlo según un programa muy apretado para evitar la superposición generacional. De hecho, no ha sido hasta los últimos doscientos años que la expectativa de vida en el mundo aumentó de los veinticinco a los sesenta y cinco años para los hombres y los setenta para las mujeres. Resulta ser que los seres humanos también vivimos más tiempo estando en cautividad.

Mientras una oleada de risas recorría el público, Geoffrey encendió las luces.

– O sea, que la notablemente profética correlación entre la duración de la vida y la oportunidad de la procreación generacional cruzada sugiere la presencia de un mecanismo y un propósito genéticos, si queréis, para la duración de la vida. Los científicos ya han descubierto «relojes» que están incorporados al organismo humano. Las mujeres poseen un número finito de óvulos. Después de los cuarenta, las disfunciones eréctiles se vuelven tan frecuentes entre los hombres como los anuncios de televisión que prometen un remedio para ellas. Las células humanas, según sabemos hoy, tienen un límite genético impuesto en cuanto al número de veces que pueden dividirse, y este límite ya ha sido eliminado en condiciones de laboratorio, produciendo de este modo líneas celulares virtualmente inmortales.

«Existen pruebas de que la expectativa de vida ha sido superpuesta, por tanto, en el organismo humano. -Geoffrey cogió los bordes del atril-. Esta noche propongo que esos límites no son arbitrarios, sino que, de hecho, tienen el propósito específico de mantener la integridad genética de un organismo a lo largo del tiempo al impedir la posibilidad de una reproducción generacional cruzada.

Entre el público se produjo una creciente conmoción.

– ¿Cuáles son las consecuencias de ese propósito? Son consecuencias profundas y asombrosas. Puede existir un botón genético que podemos pulsar para volver a ajustar el cronómetro de la vida humana. Y si fuera así, la duración de la vida humana representaría un desafío para muchas de nuestras estimadas convenciones sociales.

Geoffrey señaló una mano que se alzaba vigorosamente en la tercera fila.

– Pero ¿acaso las larvas de los percebes no son arrastradas por las corrientes oceánicas, eliminando así las posibilidades de un apareamiento generacional cruzado?

– ¿Eliminando? No estoy tan seguro de eso. Los percebes son unos crustáceos muy extraños. Nadan y no estoy seguro de cuánto tiempo son arrastrados por la corriente, especialmente cuando están unidos a un pecio en mitad del océano antes de colonizar nuevas costas. Darwin se pasó décadas estudiando a los percebes, y comprendo por qué cualquiera que estudiara a los percebes durante tanto tiempo reflexionara acerca de la teoría de la evolución.