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– ¿Qué me dice de la superpoblación? Thatcher Redmond ha argumentado que la prolongación de la vida humana es la peor idea que ha oído nunca, si es allí hacia adonde apuntará usted a continuación.

Las risas ahogaron las protestas en el auditorio.

– Bueno, algunas personas sin duda sostienen que las expectativas de vida más largas llevarán a la superpoblación del planeta -concedió Geoffrey-. Thatcher Redmond, quien ha estado muy activo en los medios de comunicación últimamente, se ha apresurado a señalar que la población mundial se ha duplicado en los últimos cincuenta años hasta superar los seis mil millones de habitantes. Pero, para poner ese número en perspectiva, consideremos el siguiente ejemplo: los seis mil millones de seres humanos que habitan hoy el planeta, colocados uno junto a otro en un metro y medio cuadrado cada uno, cabrían en el estado de Rhode Island, y aún quedaría espacio para alojar a otros doscientos millones. A menudo insisto a la gente que opina sobre esta idea de la superpoblación para que miren a través de la ventanilla cuando viajan en avión y comparen esta idea con lo que efectivamente ven sus ojos. Que comparen las vastas extensiones de tierra y mar deshabitadas con los lugares habitados por los seres humanos. Personalmente creo que aún no ha llegado el momento de que nos entre el pánico.

– Pero Redmond dice en su último libro que el cociente espacial de un virus con respecto a su cuerpo anfitrión es mucho más pequeño y, sin embargo, puede seguir siendo mortal para todo el organismo -gritó una voz desde el público.

– Es posible que eso sea verdad, doctor Thomas -dijo Geoffrey-. No obstante, no estoy de acuerdo con la premisa de los argumentos de Thatcher Redmond con respecto a la superpoblación del planeta. Entiendo que Redmond afirma que nuestra creatividad es lo que nos equipara con la fácil mutación de un virus, su capacidad para adaptarse y explotar con iteraciones hiperrápidas. Pero yo diría que, a diferencia de lo que ocurre con los virus, los seres humanos podemos elegir si conservamos o destruimos nuestro medioambiente. Es una ventaja que, lejos de equipararnos con los virus, nos diferencia de todas las demás formas de vida que habitan la Tierra. Si podemos ser el mayor enemigo del planeta, entonces podemos ser también su salvador, y por la misma razón.

En la primera fila hubo una mezcla de aplausos y protestas ante esta última afirmación.

Geoffrey se percató de que un hombre acababa de entrar en el auditorio a través de una puerta lateral detrás del público.

El pelo revuelto, el traje negro y la expresión vacía del recién llegado daban la impresión de alguien que había acudido allí por negocios y no por placer. El desconocido se sentó después de ofrecerle un billete enrollado a un joven por su silla en la última fila junto al pasillo.

Geoffrey continuó hablando sin dejar de mirar con aire pensativo al recién llegado.

– Pero cuestionemos por un momento su supuesto básico, doctor Thomas: la idea de que el tamaño de la población humana aumentaría a causa de la ampliación de la expectativa de vida. Sabemos que el índice de crecimiento demográfico se está estabilizando y debería nivelarse para mediados de este siglo si se mantiene la tendencia actual, de modo que la cuestión de un crecimiento ilimitado de la población podría ser debatible desde ahora mismo. Pero cada cincuenta años, aproximadamente, los seres humanos deben ser reemplazados por un elenco de personajes completamente nuevo. La considerable presión social ejercida para alentar la procreación dentro de una pequeña ventana de oportunidades se verá atenuada en gran medida con la ampliación de la expectativa de vida.

Geoffrey volvió a exhibir la imagen del reloj para cocer huevos, lo que provocó nuevas risas entre el público.

– ¡Piensen un momento en ello! Si la gente no tuviera la necesidad de rebasar las fechas límite de sus relojes biológicos para procrear a tiempo para que sus padres conozcan a sus nietos, los valores familiares se verían absolutamente redefinidos. La actual limitación de la expectativa de vida crea una gran presión para reemplazarnos a nosotros mismos de prisa o, de otro modo, no habría ningún futuro para la raza humana… y necesitamos un futuro, como ninguna otra criatura de este planeta, porque podemos imaginar el futuro.

»Habría, por supuesto, otros beneficios. Las mujeres pulsarían el botón del sueño de sus relojes biológicos y se concentrarían en otras cuestiones hasta la fecha, si es que ello ocurría, en que decidieran tener hijos. La tasa de natalidad descendería de forma dramática si la gente pudiera tener hijos según sus propios términos en lugar de obedecer los de la naturaleza, y a su propio ritmo, no el que impone la biología. Naturalmente, tendrían que hacer algo con la nariz y las orejas, ya que los cartílagos nunca dejan de crecer. Pero, quizá, la gente se preocuparía mucho más por el futuro que podrían originar sus acciones hoy si todos viviéramos juntos. Después de todo, la deuda que les dejamos hoy a nuestros hijos también nos la estaríamos dejando a nosotros mismos.

El público que abarrotaba la sala rió entre dientes ante estas palabras.

– Todas las prioridades y todos los valores se reordenarían como corresponde -continuó explicando Geoffrey-. Teniendo en cuenta que los valores humanos siempre se han adaptado rápidamente a las nuevas amenazas, oportunidades y condiciones, en este caso volverán a adaptarse a la nueva realidad representada por la longevidad. Los llamados «valores familiares» de hoy no guardan ningún parecido con los valores familiares del pasado. ¿Dotes? ¿Matrimonios concertados? ¿Virginidad? ¡Por favor! Los valores familiares del futuro serán tan diferentes de los nuestros como los nuestros lo son en relación con lo que prevalecía en el pasado.

»Por supuesto, los tradicionalistas que ensalzan los valores actuales, creyendo que nuestro efímero contexto está inspirado divinamente y no es una mera conveniencia de la naturaleza, recularán de manera instintiva ante cualquier avance espectacular en la expectativa de vida humana. Las implicaciones morales de este fenómeno son profundas. Por tanto, creo que una nueva comprensión del origen de la duración de la vida en cada especie es especialmente importante hoy que nos encontramos al borde de este punto de inflexión en la historia humana. Si descubrimos que nuestra limitada expectativa de vida no es algo decretado o siquiera necesario, sino que se trata sencillamente de la conveniencia de unos genes que necesitaban protegerse de una recombinación generacional cruzada, podemos descartar cualquier peso moral o significado divino en nuestra expectativa de vida y aceptar nuestra capacidad para aumentarla.

Geoffrey apagó el proyector.

– Gracias, damas y caballeros. Y ahora, por supuesto, están todos cordialmente invitados a bombardearme con misiles balísticos intercontinentales retóricos.

Las manos comenzaron a alzarse como lanzamisiles a lo largo de la primera fila. Geoffrey volvió a mirar al hombre inexpresivo que estaba sentado en la última fila.

– Debo confesar mi escepticismo, Geoffrey -señaló uno de sus colegas sentado en la primera fila.

– Bien -dijo Geoffrey-. ¡Esperaba que dijera eso, doctor Stoever!

El comentario provocó algunas risas entre el público.

– Sería necesario llevar a cabo una profunda investigación en una amplia variedad de organismos para ver si su principio se sostiene -replicó Stoever-. Y siento una gran curiosidad por saber cuántos casos ha estudiado antes de presentarnos su hipótesis esta noche.

– Muy pocos -repuso Geoffrey-. No he podido encontrar una sola excepción sólida a la regla.