– Creo que podríamos cumplir con su solicitud, Enterprise. -Se quitó las gafas de leer-. Me pondré nuevamente en contacto con usted en los próximos diez minutos.
– Diez minutos estará bien, capitán. ¡Gracias!
– Oh, mierda -dijo el capitán Sol mirando de soslayo a Samir. Luego accionó el intercomunicador-. Cynthea y Zero, por favor presentaos en el puente.
– Tengo que ver esto -dijo Warburton.
Minutos más tarde, Cynthea irrumpió a través de la puerta del puente. Zero entró tras ella con paso tranquilo.
– La marina nos ha pedido los servicios de un camarógrafo para que vaya a tierra -les dijo el capitán-. Aparentemente, el propio presidente de Estados Unidos lo ha autorizado. ¿Te interesa, Zero?
– ¡Zero! -exclamó Cynthea, alborozada.
Él la miró con los ojos entornados.
– ¡Oh, no! -exclamó Cynthea-. Mírelo, capitán, ahora va a contestar que no. ¡Ha estado diciendo que no toda la semana!
– Eh, Cynthea, ¿tiene usted algo que ver con todo esto? -preguntó el capitán con el ceño fruncido.
– ¿Cuáles son los detalles del trabajo? -quiso saber Zero.
– No lo sé. Me han dicho que estarás en un chisme de la NASA.
El capitán Sol miró duramente a Cynthea.
Pero Zero le sonrió a su jefa.
– ¿Tu última oferta aún sigue en pie?
– Por supuesto… -Cynthea se sonrojó.
La sonrisa de Zero se hizo más grande.
– Muy bien, cariño.
Cynthea evitó la mirada escrutadora del capitán Sol mientras pasaba junto a él para abrazar a Zero.
11.46 horas
La mangosta estaba tan quieta que muy bien podría haberse tratado de un espécimen pintado en un diorama. Lo único que se movía eran sus fosas nasales mientras olfateaba el aire.
El pequeño animal no percibía ningún olor que le resultara familiar, captando en cambio nauseabundas vaharadas de azufre en el aire. Unos estímulos extraños confundían sus sentidos y su cola anillada, los bigotes y las orejas se movían al unísono.
El animal llevaba un arnés de nailon negro. Montada en la parte superior había una Crittercam, un artilugio inventado por Greg Marshall para la National Geographic Society. En el extremo de un largo tubo curvo negro, la lente de una microcámara asomaba por encima de los flexibles hombros del mamífero.
La diminuta cámara emitía una imagen en tiempo real desde un transmisor Starburst del tamaño de un caramelo encerrado en una caja de titanio y colocado en el lomo del animal. La señal emitida tenía un alcance de quinientos metros.
El pelo del mamífero, grisáceo y ligeramente rayado, brillaba bajo la luz difusa mientras trepaba por la rama de un árbol que parecía estar cubierta de escamas semejantes a las de un reptil.
La mangosta seguía alzando la cabeza sobre su cuello largo y flexible, bloqueando temporalmente la visión de la pequeña cámara. Encogiéndose ante cada sonido que no le resultaba familiar, el animal inspeccionaba los alrededores.
La reputación de ese pequeño animal por su asombrosa capacidad atlética era más que merecida, aunque el mito popular de que era inmune al veneno de la cobra -su archienemigo, tal como se describía en la famosa historia de Kipling para niños- pudiera desmerecer su proeza. De hecho, la mangosta confiaba exclusivamente en la increíble velocidad de sus reflejos para vencer a la serpiente más mortífera del mundo. Asimismo, el supuesto combate entre la mangosta y la cobra, perpetuado por la fábula de Kipling, era un mito. No se trataba de un combate en absoluto.
La mangosta común se acercaba a la cobra con un entusiasmo casi juguetón. Su confrontación era un espectáculo lamentable de presenciar. El mamífero jugaba con el venerado reptil, evitando fácilmente sus acometidas con saltos que el ojo apenas si alcanzaba a ver, provocando al reptil con su cola mientras calculaba su ataque mortal. Su coordinación era tan precisa en ese asalto final que la mangosta contaba con morder la cabeza de la cobra detrás de la capucha para asestarle el golpe de gracia. Se sabía incluso de mangostas que habían inmovilizado a su víctima contra el suelo y arrancado sus colmillos, para luego burlarse de su presa, como lo haría un gato con un ratón, antes de condescender a comerse a su rival aún vivo.
Las serpientes mortales no eran, por supuesto, las únicas víctimas del valiente mamífero. Pájaros, roedores, reptiles y frutos encontraban su camino hasta su estómago. Su agudo sentido del olfato le permitía detectar la presencia de escorpiones bajo tierra, un bocado muy apreciado por las mangostas.
Ahora se quedó inmóvil. Sus sentidos bullían con pistas desconocidas, sus instintos confundidos por señales de peligro contradictorias. Asustada por el movimiento del extraño follaje, la mangosta saltó al suelo desde la rama y aterrizó sobre el terreno esparcido de plumas.
Un zumbido se acercó velozmente hacia ella. El mamífero olfateó el aire, agitando la cola, los ojos moviéndose de un lado a otro mientras trataba de localizar la procedencia del sonido. Dio un salto y giró el cuerpo en el aire como si de un clavadista realizando un doble giro se tratara.
Un bicho zumbador se lanzó hacia su cabeza y la mangosta lo atrapó entre las patas delanteras al tiempo que aterrizaba sobre las traseras.
El bicho, lleno de energía, le mordió el morro con sorprendente violencia y la mangosta siseó, luchando contra él con ferocidad y esparciendo plumas sobre el lecho de la jungla.
El poder del insecto desconcertó a la mangosta. Sus patas afiladas como cuchillas consiguieron cortar dos dedos de la mangosta mientras ésta mordía al bicho hasta casi partirlo por la mitad a través de un exoesqueleto crujiente.
Incluso mientras la mangosta masticaba su caparazón, el bicho seguía debatiéndose, salpicando las mandíbulas del mamífero con sangre azul. El sabor extraño y picante le recordó el de las cochinillas de humedad, y la mangosta lo escupió mientras examinaba los árboles.
Un enjambre volador se lanzó en picado a través de las ramas. La mangosta saltó, evitando apenas el ataque de un animal de su mismo tamaño que había calculado mal su trayectoria. Cuando la mangosta tocó tierra, echó a correr.
En su veloz carrera iba evitando los árboles y pasaba por debajo de los troncos caídos para perder a sus perseguidores.
Entre la niebla que comenzaba a disiparse en un barranco apareció algo en forma de cobra y la mangosta dio un salto hacia un costado.
Alzó la cola adoptando la postura de ataque cuando una figura familiar aclaró finalmente sus desconcertados sentidos.
Cuando la mangosta se lanzó hacia esa cosa en forma de cobra, algo la atacó desde el flanco derecho.
El mamífero intentó un giro en el aire, pero una terrible sensación de dolor le recorrió el cuerpo como una cuchillada cuando algo le arrancó la cola.
El mamífero chocó contra el suelo y se volvió para hacer frente a su atacante, el lomo levantado y agitando el pequeño trozo sangrante que había quedado de su cola. Enfrentó a su rivaclass="underline" una rata Henders.
Los ojos bulbosos de la «rata» se movían atrás y adelante sobre pedúnculos diagonales. Unos colmillos largos y cristalinos llenaban su amplia boca, y los colores latían en las rayas que se disponían alrededor de las fauces. Unas pinzas blancas de cangrejo en su mandíbula inferior metían la aún doblada cola de la mangosta dentro de la boca, mordisco a mordisco, como si fuese una trituradora de alimentos. Enfocó ambos ojos sobre la temblorosa mangosta y escupió la punta de la cola. Luego cerró los labios sobre su boca llena de colmillos y dejó escapar un agudo silbido desde dos fosas nasales situadas en la parte superior de su cabeza redonda.
La mangosta siseó, retrocediendo mientras el sonido de alta frecuencia le perforaba los tímpanos. Conmocionada por el dolor, se quedó paralizada y con los sentidos saturados. Intentó enfocar a su enemigo, cuya cara parecía ondularse con llamativas rayas de color.