La rata de pelaje aterciopelado mantenía su gruesa cola doblada debajo del cuerpo, encajada entre las cuatro patas. Una cufia afilada colgaba del extremo de la cola como si del aguijón de un escorpión aferrando el suelo se tratara.
El segundo cerebro de la rata movió los ojos hacia atrás, preparados para dirigir el salto de la criatura impulsándose con las patas traseras y la «cola», que podía lanzar al animal casi ocho metros hacia adelante. Se elevó sobre sus cuatro patas y extendió sus brazos largos y afilados en dirección a la mangosta, como si la percibiera con sus antenas, las pinzas de su mandíbula inferior extendiéndose a la expectativa.
La mangosta previo el ataque y se abalanzó sobre su rival, cogiendo el cuello de la rata entre sus dientes.
La mangosta mordió con todas sus fuerzas y sacudió su cabeza con violencia para partir el cuello de la rata, pero allí no había ningún hueso que romper. La sacudió algunas veces más mientras la rata profería otro terrible chillido. La mangosta clavó sus dientes una y otra vez antes de soltar a la rata mortalmente herida y sentir la oleada de animales que se acercaban a ella. En estado de pánico, giró sobre sí misma y se alejó dando brincos, desequilibrada por la ausencia de la cola.
Otra rata Henders saltó a través del aire y placó a la mangosta con sus extremidades como cuchillas.
La «rata» sujetó las patas traseras de la mangosta con las suyas propias y la derribó. El flexible lomo de la mangosta se encorvó como un látigo al tiempo que se retorcía en un abrazo mortal con su atacante, levantando más polvo y plumas.
Pero el invertebrado era más flexible. Las pinzas situadas a ambos lados de las grandes fauces de la rata se clavaron profundamente en el vientre de la mangosta.
Otras criaturas llegaron entonces en gran número atraídas por el alboroto, lanzándose sobre la chirriante carnicería que se estaba produciendo en el lecho de la selva.
La lente de la Crittercam se cubrió súbitamente de rojo y azul.
La transmisión se interrumpió.
La mangosta había sobrevivido exactamente dos minutos y diecinueve segundos.
11.49 horas
Cuando los monitores quedaron a oscuras, un coro de gemidos de decepción llenó las cuatro secciones del StatLab.
El enviado presidencial, Hamilton Pound, miraba con evidente frustración a través de las ventanas de la Sección Cuatro, que era la que se encontraba más alejada de la selva y más elevada encima de las laderas de verdes campos que se alzaban hacia el alto reborde de la isla.
Pound pensaba que el interior del StatLab se parecía al interior de un gran avión de reacción Gulfstream lleno de estaciones de trabajo, monitores y cámaras con especímenes, cada uno de ellos atendido por científicos y técnicos de expresión sombría. Todos parecían estar muy deprimidos por el espectáculo que acababan de presenciar.
– Maldita sea -dijo el doctor Cato. El delgado científico llevaba el pelo blanco impecablemente recortado y vestía un polo del Instituto Tecnológico de California de color melocotón. La chispa habitualmente joven y alegre en sus ojos grises había desaparecido. La suerte corrida por la mangosta lo había llenado de espanto-. Muy bien, tachemos a la mangosta de la lista, Nell.
Ella asintió y le dirigió una mirada inquietante.
Hamilton Pound, por su parte, estaba confundido por lo que acababa de ver, y también un poco mareado. Llevaba una camisa Brooks Brothers arrugada y manchada de sudor, con las mangas enrolladas, y una corbata Hermés de rayas rojas y azules con el nudo flojo en el cuello desabotonado de la camisa. El pelo, en la incipiente calvicie, estaba aplastado por el sudor. Estaba sufriendo un ataque de disentería mientras su sistema luchaba contra una invasión microbiana y bebía ávidamente de una botella de Mylanta.
Como asesor especial del presidente de Estados Unidos, Ham Pound había sido enviado a esa misión de investigación por el propio presidente. Era su primera oportunidad de llevar a cabo un trabajo en solitario y, a los treinta y dos años, sabía que se trataba de un hito realmente impresionante en lo que el Washington Post ya había calificado como «una carrera diplomática meteórica». Lamentablemente, su propia enfermedad, el clima y los vuelos cancelados a causa de fallos en el equipo le habían costado tres días de viaje.
Y había sido también mala suerte que ayer dos submarinos de combate Sea Wolf detectaran y enfrentaran a un submarino chino que navegaba a sólo cien kilómetros al norte de la isla Henders. El incidente había provocado un punto muerto diplomático muy peligroso, y el presidente no estaba nada contento con el curso de los acontecimientos. Los chinos se habían retirado, por ahora, pero la pelota estaba firmemente en manos de Pound y tenía que marcar.
– Lo siento por las Crittercams -suspiró Nell, palmeando el hombro del doctor Cato.
Cato parecía preocupado. Esa fase de la investigación había sido designada «Operación Mangosta», a través de la cual especies invasoras serían probadas contra las especies autóctonas de Henders. Los jefazos de la marina, aparentemente, necesitaban tener un nombre para esa misión, a pesar de que toda la operación era de alto secreto. Cato fue quien sugirió el nombre de «Operación Mangosta», puesto que las mangostas eran famosas conquistadoras de islas. Sin embargo, ahora que una de ellas había encontrado un final tan rápido y horrendo, ya no se sentía tan cómodo con el nombre.
Nell tendió la mano para estrechar la del diplomático recién llegado.
– Bienvenido a nuestro hogar lejos de casa, señor Pound. Lo siento, pero cuando llegó estábamos un poco atareados, como puede ver.
– Es agradable estar aquí. -Pound asintió, sólo medio jocosamente mientras tapaba la botella de Mylanta y estrechaba la mano de Nell-. Llámeme Ham.
Tanto Nell como el doctor Cato rechazaron la sugerencia.
– Nell es una de los dos supervivientes del desembarco original, señor Pound -explicó el doctor Cato-, y una brillante ex alumna mía. Ha demostrado ser una de nuestras jefas de proyecto más valiosas sobre el terreno. Creo que no ha dormido un minuto desde que la primera sección del laboratorio tocó tierra hace una semana. ¿Lo has hecho, Nell?
– Encantado de conocerla -dijo Pound, molesto con las delicadezas académicas.
– Eche un vistazo a esto -dijo Nell.
La mujer iba directa al grano, pensó Pound. «Bien.»
Nell le mostró una cámara de observación brillantemente iluminada. En su interior había lo que parecía ser una colección de botones.
– Eso que puede ver ahí son hormigas-disco, como Nell las ha bautizado -explicó el doctor Cato, mirando por encima del hombro de Pound.
Nell acercó la imagen haciendo un zoom con una de las cámaras cenitales para mostrar un toma desde arriba de uno de los discos en un monitor que había encima de la cámara de los especímenes. El ejemplar que enfocó era de color blanco ceroso con una mancha azul en el centro. El lado «supino» de la hormiga-disco parecía un pastel cortado en cinco pedazos. En el centro, una boca con dientes de tiburón sonreía a través de las costuras de dos tajadas. A cada lado de la misma estaban los ojos oscuros que cualquiera podría confundir con ojales.
Las hormigas que estaban boca abajo exhibían tres cuernos en forma de espiral que nacían del centro de sus lados superiores.
– Tienes que darles un nombre real, Nell -dijo el doctor Cato.
– Más tarde. Descubrimos que estas «hormigas» no tienen una reina, señor Pound. Pero, al igual que las hormigas comunes, son cazadoras y carroñeras. -Nell miró a Pound para asegurarse de que la seguía-. Todas las criaturas que habitan la isla Henders tienen la sangre de color azul con base de cobre, como los cangrejos y los calamares. Pero también parecen tener adaptaciones que incrementan su energía. Su índice de mortalidad es extremadamente elevado, pero su tasa de nacimiento es tan notablemente alta que parece compensarlo muy bien.