Cada monitor que Pound miraba parecía apagarse. Los científicos que los observaban se lamentaron como si hubieran estado esperando que ocurriera.
Pound se volvió hacia el doctor Cato.
– Realmente debo insis…
– Tal vez quiera grabar esto -dijo Nell, al tiempo que palmeaba el brazo de Pound-. Para el presidente.
Persuadido por la insistencia de Nell, Pound se colocó torpemente en la cabeza una cámara de plástico blanca unida a una tira y extendió el brazo de su visor, preguntándose dónde estaba el camarógrafo que le habían prometido. Centró la lente a modo de tercer ojo en su frente y luego dio unos golpecitos en el costado, activando una luz operativa verde debajo de la pantalla en miniatura del visor.
Tres grandes insectos amarillos y negros de aspecto amenazador entraron a través de un tubo transparente en el teatro visual.
– Avispones japoneses gigantes -dijo el doctor Cato elogiosamente.
– Un enjambre de caza de unos treinta individuos puede acabar con un panal de treinta mil abejas antes de cinco horas -explicó Nell.
– Sus larvas se alimentan de un aminoácido energético que les permite volar noventa kilómetros a una velocidad de cuarenta kilómetros por hora -añadió el doctor Cato.
– ¡Vaya! -exclamó Pound.
– Observe atentamente, señor Pound. -Cato señaló la cámara de los especímenes para asegurarse de que el asesor presidencial no se perdía la escena-. Un avispón japonés gigante puede matar cuarenta abejas por minuto, cortándolas en pedazos con sus poderosas mandíbulas. Los exploradores lanzan una feromona para marcar a su presa y luego atacan en enjambre.
– Sus aguijones inyectan un veneno tan potente que disuelve la carne humana -dijo Nell-. En Japón matan unas cuarenta personas por año.
– Hemos estado elevando las apuestas últimamente -dijo el doctor Cato.
– ¡Joder! Nunca había oído hablar de esos bichos.
Los ojos de Pound estaban pegados a la cámara de los especímenes.
Nell miró al doctor Cato.
– Muy bien, Steve, dejemos entrar a las avispas Henders.
Las cámaras de alta velocidad zumbaron cuando sus motores aceleraron y enfocaron a dos avispas Henders de doce centímetros largo que emergieron de un tubo y revolotearon verticalmente con sus cinco alas transparentes.
Sus abdómenes, parecidos a los de las luciérnagas, se proyectaron hacia adelante al cazar a los avispones japoneses en pleno vuelo.
Con sus diez patas de doble articulación afiladas como navajas, las avispas Henders cortaron rápidamente en pedazos a los avispones, que cayeron al suelo sin dejar de moverse.
Mientras el anillo de ojos sobre sus «cabezas» no dejaba de vigilar, las avispas aterrizaron sobre cinco patas. Luego hundieron sus colas para devorar los trozos cortados con sus fauces de cinco mandíbulas.
– ¡Dios mío! -exclamó el enviado del presidente-. ¿Estos bichos comen con sus culos?
– Tienen dos cerebros, señor Pound -dijo el doctor Cato.
– Como muchas de las criaturas que hemos estudiado aquí -añadió Neil.
Pound parecía desconcertado.
– ¿Es así como han resultado todos los experimentos hasta ahora, Nell? -preguntó Cato.
Ella asintió, compartiendo con el científico una expresión preocupada.
Pound manipuló un botón en su cámara.
– Las especies de la isla Henders -continuó Nell- no sólo han concordado con todas las especies comunes que hemos examinado, señor Pound, sino que las han aniquilado.
El enviado presidencial se encogió de hombros.
– Suena como si estuviéramos hablando de un puñado de bichos. ¿Por qué no podemos rociarlos con DDT y acabar con este asunto?
– Estamos hablando de mucho más que bichos -dijo Nell.
– En esta isla hay criaturas más grandes que tigres según nos ha contado Nell -añadió Cato.
– Yo los llamo spigers, señor Pound -dijo ella-. Son criaturas de ocho patas y de un tamaño al menos tres veces más grande que un tigre.
– Ham -dijo Pound, sintiéndose ligeramente mareado-. Llámeme Ham, por favor. ¿Por qué no podemos ver algunas de esas criaturas? ¡Eso es lo que realmente necesito ver!
12.05 horas
Los miembros de la tripulación secuestrada del Trident jugaban a las damas y se sentaban en las cubiertas absolutamente aburridos. Diecinueve días mirando una playa que no podían pisar estaban empezando a mezclar un cóctel explosivo de ira, miedo y locura.
Al caer la noche podían ver los satélites espía que los vigilaban, cruzando mutuamente sus trayectorias en un preciso y permanente cambio de guardia en lo alto del cielo como los guardias en el palacio de Buckingham.
Cynthea, el capitán Sol y el primer oficial Warburton estaban en la proa del Trident observando el rugiente Osprey, que volaba sobre la cala en la que permanecían anclados.
– Allí va Zero -exclamó Warburton-. ¡Cabrón afortunado!
El capitán Sol meneó la cabeza.
– No lo envidio.
Cynthea miró a través de sus gemelos de teatro el helicóptero que llevaba al vehículo explorador hasta que desapareció detrás del risco de la isla.
– ¡Vamos, Zero! -lo acicateó, agitando un puño de uñas pintadas de color carmesí-. ¡Si lo consigues serás mi amo y señor por toda la eternidad, cariño!
El capitán Sol y Warburton se miraron asombrados.
12.06 horas
– Observe esto, señor Pound -insistió el doctor Cato.
– Otto está a punto de enviar uno de nuestros últimos ROV -dijo Nell.
Cato palmeó el hombro de Otto y lo sobresaltó mientras ocupaba una de las estaciones de trabajo en la Sección Cuatro.
– ¿Adónde vamos ahora, joven?
Otto se quitó las gafas de seguridad y le sonrió a Pound. El pulgar izquierdo del biólogo estaba inmovilizado con una férula de aluminio que no le había impedido operar los vehículos que había ayudado a diseñar. No sentía ningún dolor gracias a las dosis de novocaína que el médico de la marina le había inyectado para el dedo.
– Bienvenidos a la selva, chicos. -Otto volvió a colocarse las gafas-. Estamos a punto de penetrar a través del límite exterior con un pequeño vehículo mecánico para echar un vistazo en el interior de la selva. Esto dura habitualmente unos pocos segundos, de modo que tratad de no parpadear.
– De acuerdo. -Pound miró a Cato y a Nell con expresión recriminatoria-. ¡Ahora estamos llegando a alguna parte!
– Ya hemos desplegado aproximadamente ochenta de estos ROV -dijo Nell pacientemente-. Sólo nos quedan doce. Hemos conseguido llegar bastante lejos a través de los campos y alcanzar el límite de la isla. Pero ahora estamos utilizando los vehículos restantes para inspeccionar la jungla, donde parece desarrollarse la mayor parte de la acción.
El ROV era el regalo de Navidad más espectacular que un crío de siete años pudiera imaginar que encontraría nunca junto al árbol. Varias cámaras exteriores captaron su presencia cuando surgió de la Sección Uno. El vehículo giró a la izquierda en la ladera que llevaba a la jungla.
Con el suave zumbido que producían los servomotores, el ROV se desplazó sobre amplias zonas púrpura de «tréboles» de Henders, dejando detrás unas huellas marrones en una visión trasera tomada por una cámara que se veía en la mitad inferior de la pantalla.
Otto dirigió el ROV hacia el borde de la jungla y redujo la velocidad.
– Esperad -dijo, y llevó el pequeño vehículo hasta un claro entre los árboles.
En el monitor que había encima de ellos, la cámara del ROV barrió rápidamente los troncos de los árboles que parecían palmeras cruzadas con cactus. Algunos estaban cubiertos de escamas como de reptiles, de espinas, de lo que podrían haber sido ojos… incluso de bocas que se abrían y se cerraban.