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El doctor Cato miró a Nell y se alarmó ante la expresión horrorizada de su rostro.

– Creo que no, señor Pound. Creo que aprovecharé el viaje de regreso al Enterprise.

– ¿Quieres acompañarnos, Nell? -preguntó Andy-. Estoy seguro de que nos vendría muy bien una botánica.

Nell le apretó la mano con fuerza.

– ¡No deberías ir, Andy!

– Nunca tengo la oportunidad de ir -se quejó él-. Además, estaremos seguros en ese chisme. Lo construyó la NASA.

A Nell la invadió un horrible presentimiento y se aferró a su mano.

– Es demasiado inquietante, Nell, lo comprendo. Tú te quedas aquí -dijo Andy-. ¡Pero esta vez no me dejarán atrás!

Se soltó de la mano de ella.

– ¡Que suban los que irán a bordo! -gritó Pound al tiempo que abría la escotilla.

Andy siguió al grupo que entraba en el tubo de acoplamiento.

La escotilla se cerró cuando Andy llegó a ella.

– ¡Eh! -gritó.

La escotilla volvió a abrirse.

– Sólo estaba bromeando -dijo Quentin-. Sube.

– ¡Eso no ha sido nada divertido!

– Sí lo ha sido -repuso Quentin y se echó a reír.

Cuando Andy se alejó gateando por el tubo de acoplamiento, uno de los técnicos del laboratorio cerró la escotilla tras él.

Briggs abrió la escotilla desde la sección inferior y entró en la Sección Cuatro con una expresión más sombría de lo habitual.

Vio a Nell en el otro extremo del laboratorio. Parecía encontrarse muy afectada por algún motivo.

Briggs también vio que junto a ella había un científico delgado y enjuto que examinaba uno de los gusanos perforadores en una cámara de especímenes.

– ¿Habéis traído a esos gusanos aquí? -dijo con un gruñido.

– ¿Se refiere al Rotopodiensis tayíori?

Briggs echó un vistazo a la placa con el nombre del joven científico: Todd Taylor.

– Eh…, no. Me refiero a esas cosas que penetran a través de la goma, la silicona e incluso también el acrílico como el de tu pequeño terrario.

Golpeó con la uña la pared de la cámara de especímenes y los gusanos saltaron inmediatamente al oír el ruido, asustando al joven Taylor.

– ¡Escuchadme bien! -gritó Briggs mientras recorría el pasillo en dirección a Nell-. ¡Tenemos que evacuar el StatLab! La Sección Uno ya se encuentra comprometida y la Sección Dos es una causa perdida.

– No podemos irnos aún -protestó Nell.

Briggs se enfrentó a ella.

– ¿Por qué no?

Nell señaló hacia la ventana en el momento en que el vehículo explorador comenzaba a ascender la ladera de la colina.

– Genial -dijo Briggs-. Justo lo que necesitábamos…

Otto cambió al canal uno y mostró en pantalla las imágenes enviadas por Zero cuando el vehículo enfilaba hacia la jungla.

– Echad un vistazo -gritó Otto-. ¡Tenemos asientos en primera fila!

12.11 horas

Zero tenía ambas cámaras de vídeo colocadas a través de la ventanilla del XATV-9 mientras los ocupantes del vehículo explorador se inclinaban instintivamente hacia adelante cogiéndose de donde podían.

– No creo que debamos ir sacudiéndonos de esta manera -gritó Andy.

El conductor no le prestó atención y pareció acelerar aún más.

La parrilla quitapiedras del XATV-9 barría la selva. Abría una cuña entre los árboles lanzando a los cinco hombres hacia adelante contra los arneses que les sujetaban los hombros mientras las secciones superiores de los árboles similares a cactus se apartaban y golpeaban el techo del vehículo salpicando líquidos azules.

– No hay de qué preocuparse. Es una plancha de acrílico de veinticinco centímetros de grosor -les dijo el conductor-. Estas ventanillas están diseñadas para submarinos.

– Eso está muy bien, porque estamos a punto de abrirnos paso a través del primer corredor -masculló Quentin mientras los árboles seguían apartándose a su alrededor.

– ¡Conduzca más despacio! -gritó Andy.

El vehículo explorador forzó la marcha, sus enormes neumáticos y semiorugas traseras aferrándose al suelo e impulsándolos a través de la densa espesura. Podían oír cómo se partían las ramas y golpeaban contra los costados y el techo. Desde los árboles caían racimos de bayas que esparcían un jugo turquesa, amarillo y magenta a través de las ventanillas mientras el vehículo finalmente reducía la velocidad.

Apartando las últimas ramas, el explorador mecanizado llegó a un corredor abierto en el interior de la jungla y se detuvo.

– ¿Qué les parece este lugar? -preguntó el conductor.

Quentin sonrió.

– Perfecto.

El túnel, flanqueado de árboles, se extendía en un amplio arco hacia ellos y se curvaba en la dirección opuesta hasta donde alcanzaba la vista. El vehículo había perforado un codo del sinuoso corredor.

Un auténtico tornado de criaturas se perseguían unas a otras a través del túnel, de derecha a izquierda, describiendo una curva alrededor de una esquina que se inclinaba delante de ellos y lanzándose a través del corredor que se abría a su izquierda antes de perderse de vista al llegar a una bifurcación.

Mientras la avalancha de animales pasaba como una exhalación junto a las ventanillas del vehículo explorador, algunos cogían bayas o huevos de unos zarcillos que colgaban del denso follaje. Otros quedaban atrapados en los zarcillos, que reaccionaban como tentáculos, izando a sus víctimas hacia las copas de los árboles.

– ¿Quieren oírlo? -preguntó el conductor.

– ¡Sí! -dijo Quentin. i El conductor pulsó un botón en el salpicadero que activaba los micrófonos exteriores.

A través de los altavoces les llegó el ruido ensordecedor de los insectos, acentuado por chillidos roncos, gritos angustiados y aullidos que helaban la sangre que sonaban como un paseo por una casa encantada.

– ¡Joder! -musitó el conductor. Se volvió para mirar a los demás.

– ¡Mirad! -Andy señaló hacia la derecha del corredor.

Una oleada de animales del tamaño de tejones corría a una velocidad asombrosa mientras perseguía a una jauría de ratas Henders.

Las ratas saltaron diez metros en el aire a través del corredor y aterrizaron justo delante del vehículo explorador. Después de cambiar de dirección, las ratas se mantuvieron un paso por delante de los tejones, quienes chocaron contra el banco de tierra que había detrás del vehículo.

Uno de los tejones de rayas amarillas tropezó con una de las ramas caídas. El animal fue atacado inmediatamente por las ratas, que volvieron sobre sus pasos, seguidas rápidamente por una oleada de hormigas-disco y avispas que llegaban por la retaguardia. A continuación se produjo un combate mortal.

Mientras el tejón luchaba para deshacerse de sus atacantes, un animal del tamaño de un perro, con la cabeza parecida a la de un mero y una corona de ojos, salió de la espesura directamente a través del corredor y los devoró a todos con sus mandíbulas trituradoras de huesos. El mero sacudió la cabeza y lanzó por el aire a unas cuantas ratas, que se deslizaron sobre el suelo antes de ser enterradas inmediatamente por un enjambre de lo que parecían ser barracudas del tamaño de ratones con veinte patas y un pelotón de hormigas-disco.

El terrible estallido de violencia dejó sin habla a los hombres que ocupaban el vehículo explorador.

Los bichos chocaban contra la parte derecha de la ventanilla delantera, formando una capa de légamo azul pulposo que otras criaturas se apresuraban a comer antes de ser atacadas.

Era un tumulto callejero perpetuo, pensó Zero, mientras intentaba captarlo todo con sus cámaras y el corazón desbocado. Si conseguía sobrevivir, ya podía morirse después de eso y ascender al Valhalla de los fotógrafos de todos modos.

12.13 horas

Los científicos que contemplaban las imágenes desde la seguridad que les proporcionaba el StatLab se quedaron en silencio.