– ¡Caray! -Quentin se echó a reír mientras tamborileaba con los dedos en el respaldo del asiento del conductor.
– ¿Habéis visto eso?
Todo el mundo había visto otra cosa.
– ¡Sí!
Una gran avispa chocó contra la ventanilla y el tejón Henders extendió la cabeza y la cogió con las dos pinzas que tenía en la mandíbula inferior para luego triturarla entre los dientes. A continuación chasqueó los labios de un modo inquietantemente parecido al de Mick Jagger.
– Esas pinzas-mandíbulas son duras como tus muelas, pero las mudan, como las placas craneales que cubren el lecho de la jungla y que nosotros, al principio, creímos que eran cucarachas.
– Esto es jodidamente irreal -dijo el conductor.
– Si esa cosa tiene una pegada como la de la esquila de agua…
– Oh, mierda -dijo Quentin-. Andy, ¿recuerdas lo que esa cría de rata le hizo a Otto?
– Y esa cosa que persiguió a Nell…
– ¿Qué? -preguntó Pound.
– Se sabe de esquilas de agua que han conseguido escapar de acuarios que contaban con cristales de seguridad dobles -dijo Andy-. El golpe de su pinza frontal tiene la fuerza de una bala de pequeño calibre.
– No me gusta cómo suena eso -replicó el conductor.
– Deberíamos salir de aquí -insistió Zero.
El conductor metió la primera con el pie en el freno y el vehículo saltó hacia adelante.
El tejón perdió estabilidad sobre la ventanilla resbaladiza y trató de saltar en el momento en que tres ratas Henders caían sobre su lomo.
Una criatura brillante descendió entonces colgada de una cola similar a un muelle, engulló al tejón y a sus atacantes con unos brazos velludos parecidos a los de una sepia y volvió a ascender hacia la cubierta vegetal de la selva.
– ¡Joder, joder! ¿Lo habéis visto? -gritó Quentin.
– ¡Un camaroncé! -exclamó Andy.
– ¿Un qué? -Pound se enjugó la frente con un pañuelo empapado sin haber entendido muy bien lo que Andy había dicho.
– Aún no sabemos mucho acerca de ese animal, que parece un cruce de camarón con chimpancé. Sólo hemos podido verlo unas pocas veces y fugazmente.
– Muy bien, siga hablando. -Pound meneó la cabeza y apoyó la mano sobre el hombro de Zero-. Lo está grabando todo, ¿verdad?
El camarógrafo alzó la vista y lo miró con un solo ojo mientras seguía filmando con el otro pegado a la cámara.
– Sí.
– Bien -asintió Pound.
– Algunos de los animales que al principio pensamos que podían ser especies diferentes podrían ser las mismas especies en diferentes etapas de evolución -dijo Andy.
– Pero lo increíble es que podrían reproducir crías diminutas en cualquier etapa que hayan alcanzado y podrían no empezar a reproducirse sexualmente hasta la etapa final, como sucede con ese gusano que ataca el hígado, la fasciola hepática.
Pound tosió y tragó.
– Joder. Muy bien… ¡continúe!
– Lo que podría explicar cómo se protegió a sí mismo este ecosistema de los acontecimientos de extinción global. Es sólo una teoría.
En un movimiento que se extendió a través de las tres ventanillas, media docena de animales se devoraron mutuamente, uno después de otro, en una cadena alimentaria orgiástica que acabó cuando una «hoja» le dio un golpe al último de ellos y lo enrolló como si de una lengua de dibujos animados se tratara. El fruto o los huevos de la planta maduraron como las huevas rojas del salmón en una rama, lo que atrajo a montones de avispas, ratones y ratas que engulleron el suministro fresco de comida, quedando pegados algunos de ellos en las lenguas extendidas de sus rivales en el festín, mientras otros se llevaban huevas adheridas a sus patas.
– ¡Dios mío! -Pound se aferró al respaldo del asiento de Zero, transpirando profusamente-. ¿Es… es primavera?
– Bueno, estamos cerca del subtrópico -dijo Andy-, de modo que todas las estaciones son muy parecidas.
– No encontramos ningún detritus estacional en la única muestra que conseguimos tomar del lecho de la selva -explicó Quentin.
– Fueron necesarios nueve ROV con brazos articulados para recoger esa muestra después de haber penetrado sólo dos metros en el interior de la selva.
– Resultó ser parte de un cilindro metálico lanzado desde un helicóptero.
– De acuerdo, de acuerdo. -Pound cerró los ojos-. ¿Por qué este lugar es como el escenario de La matanza de Texas? ¿Qué cono es lo que está ocurriendo aquí? Y, por favor, háblenme en mi idioma.
– Esto es lo que pensamos: el pigmento de sangre con base de cobre que tienen estos animales es enormemente eficaz -dijo Quentin-. Muestra un efecto Bohr y Root más dramático que el de cualquier organismo que yo haya estudiado.
– ¿Eh?
Andy intervino.
– Los efectos Bohr y Root son los que hacen que los corredores de maratón como Zero sigan corriendo.
– En condiciones de estrés -explicó Quentin-, la química del cuerpo cambia con el fin de llevar una mayor cantidad de oxígeno a los músculos y así poder correr más de prisa y durante más tiempo.
– ¿Y? -preguntó el desconcertado enviado presidencial.
– La sangre con base de cobre que tienen estas cosas manda más oxígeno con un solo latido que cualquier pigmento que yo haya estudiado nunca, desde abejorros hasta guepardos -dijo Quentin.
– Genial -replicó Pound-. Sigo sin entender una palabra.
– Aquí todo es jodidamente diferente y monstruoso -tradujo Zero.
– Sí -asintió Quentin-. Esos animales se mueven más de prisa y más lejos que los insectos, los lagartos, las aves o los mamíferos. Es probable que algunos de ellos incluso posean compresores de aminoácidos.
– ¡Eh! ¡Eso es un pájaro! -Pound se sintió aliviado al ver algo que podía reconocer. Señaló una ave marina blanca que volaba a través de los árboles-. ¿Correcto?
Desde una rama situada encima de la ventanilla central del vehículo explorador salió disparada una espina unida a un zarcillo transparente.
El arpón hizo impacto en el pájaro, que cayó en el acto, flácido, girando hacia la ventanilla. Desde otras ramas salieron otras dos espinas que atravesaron a la fragata, haciendo que quedara suspendida delante de ellos por tres arpones unidos a unos zarcillos que se volvieron rojos cuando comenzaron a extraer la sangre del pájaro.
Luego, más espinas salieron disparadas desde las ramas cuando avispas y gusanos perforadores llegaron al lugar, provocando una lluvia de plumas.
– Sí -dijo Quentin-. Eso era un pájaro.
– ¡Dios mío! -exclamó Andy, observando cómo las últimas plumas se mecían hasta depositarse en el suelo.
– ¿Ha grabado eso? -le preguntó Pound a Zero.
Mientras seguía con el ojo derecho pegado a la cámara, Zero miró a Pound con el izquierdo.
– Muy bien -asintió Pound-. ¿Podría encender el aire acondicionado?
– Por supuesto, jefe.
El conductor accionó un interruptor.
La ventanilla derecha del vehículo explorador parecía el parabrisas de un camionero después de haberse enfrentado a la octava plaga de Egipto. Ratas y animales más grandes saltaban sobre la superficie para comerse los bichos aplastados, y todos atacaban a todo lo que permaneciera allí demasiado tiempo. No se trataba de depredador versus presa; allí el juego consistía en enfrentarse todos contra todos.
Una criatura bípeda del tamaño de un pavo se posó en la ventanilla delantera y comenzó a golpear con su pico de yunque contra la superficie acrílica como si de un martillo neumático se tratara.
– ¿Qué cono es eso? -Pound se había puesto blanco como el papel.
Andy estudió al bípedo sin plumas.
– No hay duda de que se trata de un espécimen nuevo.