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– Creo que ve su reflejo en la ventanilla -dijo Quentin.

– En realidad, ve a un rival, Quentin -lo corrigió Andy.

– Sí, a un rival muy grande en un espejo convexo. ¡Esas cosas no retroceden, tío!

Zero apartó la cámara de su rostro.

– Escuchad, ¿podemos largarnos de aquí?

El conductor levantó el pie del freno en el momento en que una cosa amarilla y blanca parecida a un calamar chocaba contra la ventanilla central, arañándola con sus patas de araña y una boca de roedor llena de dientes.

Cuando el vehículo explorador saltó hacia adelante, la criatura quedó desgarrada, dejando tras de sí un anillo de merengue.

El conductor pisó el acelerador: una multitud de ruidos secos sacudieron la parte derecha del vehículo mientras cruzaban el corredor.

Los cinco hombres se aferraron a las correas de seguridad mientras el vehículo de la NASA se adentraba en la jungla. Los árboles heridos lo salpicaban con jugos y huevos a medida que avanzaban, y aunque sus hojas similares a ventiladores quitaban parte de los detritus, cuando el vehículo emergió finalmente de la selva a una pendiente verde, el techo estaba cubierto de follaje y el trébol amarillo se extendía sobre el guardabarros.

– Muy bien -dijo Quentin-, esa pendiente que atraviesa la pradera llega a la zona desértica en el centro de la isla. Lo que realmente queremos ver es el lago que se encuentra en el otro lado.

Avanzaron por la pradera verde aliviados de encontrarse en campo abierto.

A su izquierda podían ver un pequeño estanque donde el agua parecía haber llegado a través de una estrecha grieta en la pared exterior. Una corteza blanca de cristales rodeaba el estanque ovalado en el extremo de la estrecha corriente de agua, como si de un espermatozoide que hubiera fecundado la grieta en la pared de la isla se tratara.

Zero señaló hacia el oeste tomando una visión panorámica con la cámara.

– ¿Qué es eso?

– Parece agua salada -contestó el conductor.

Una zona yerma repleta de blancos cristales de sal rodeaba el estanque al final de la corriente. Cuando el vehículo explorador comenzó a descender la pendiente, alcanzaron a ver a través de la fisura en el risco un destello del océano, del que el estanque debía de alimentarse.

– El agua de mar debe de llegar cuando sube la marea o durante las tormentas -dijo Zero.

– Esa grieta parece bastante reciente -señaló Andy.

– Teniendo en cuenta la sal que se ha adherido a las rocas, ese estanque debe de tener al menos unas cuantas décadas -lo corrigió Quentin.

– Me refería a «reciente» según los parámetros geológicos.

– Todo es «reciente» según los parámetros geológicos.

El vehículo explorador ascendió por el otro lado de la pradera. El paisaje se secó cuando pasaron del trébol al centro yermo de las formaciones rocosas erosionadas por el tiempo en la zona central de la isla.

El conductor buscó una ruta accesible en la zona desértica que les supusiera un atajo a través de la isla.

12.33 horas

El ruido sordo producido por el vehículo hacía vibrar las rocas y la arena, despertando así las colmenas.

Las vibraciones de baja frecuencia activaron señales de feromonas dentro de las altas torres púrpuras en forma de panales que se alineaban a ambos lados del lecho plano del barranco.

Las feromonas estimularon a centenares de abejorros.

Debajo de las cabezas de los abejorros se abrieron unos paneles como si fuesen capullos. Tres alas transparentes se extendieron como flores azules.

Las bocas dentadas como las de una lamprea se flexionaron en sus abdómenes, preparadas para cerrarse sobre su presa, chuparle la sangre y alimentar así a sus colonias.

Las altas colmenas eran los criaderos de los gusanos perforadores. Esos medio gusanos eran su forma infantil. Cuando maduraran, los abejorros vampiros doblarían su tamaño generando un nuevo segmento en forma de broca de taladro con tres patas y un segundo cerebro y boca. Luego abandonarían la colmena para cazar en la selva, taladrando las duras cortezas de los «árboles».

Uno de esos gusanos adultos cortado por la mitad podía regenerar la otra mitad. Cada segmento podía aparearse y producir huevos en forma de pólipos, unos huevos que se multiplicaban en nuevas colmenas que producían abejorros vampiros.

El XATV-9 avanzó a través del lecho del cañón, que cortaba directamente por el centro árido de la isla.

Los cinco hombres observaron una galería de cactus como erizos, árboles parecidos a yucas y torres hinchadas de color púrpura que revestían las paredes del cañón a ambos lados del vehículo de la NASA. A Zero le recordaron montículos de termitas o columnas de coral.

El conductor activó nuevamente los micrófonos externos y, a medida que avanzaban, los hombres pudieron oír el zumbido sibilante de las colmenas rojas que se despertaban. De ellas surgieron enjambres azules que atacaron las ventanillas del XATV-9 para luego regresar a sus colmenas.

Todos observaban en silencio a través de las ventanillas la frondosa pendiente verde en el extremo más alejado del centro de la isla. En la distancia, el lago se veía tranquilo y oscuro dentro del anillo exterior de la selva.

– Allí está.

Quentin señaló por encima del hombro del conductor mientras avanzaban hacia la pradera verde a noventa kilómetros por hora en dirección al lago.

12.35 horas

El vehículo explorador redujo la velocidad de forma abrupta al llegar al borde del agua.

A unos cien metros a su izquierda se elevaba el anillo exterior de la jungla que bordeaba el extremo más alejado del lago.

A sólo diez metros a la derecha había un aislado bosquecillo de tres árboles altos en el medio de la playa. Dos de los tres troncos se abrían en tres ramas, cada una de las cuales exhibía coronas de largas hojas cubiertas de tréboles verdes. Como si fuese un paraguas roto, el árbol más alto apuntaba hacia el cielo cinco hojas extendidas. Debajo de las hojas de los tres árboles colgaban racimos de bayas rojas que se retorcían y enroscaban al atrapar a los bichos atraídos por los frutos.

– No deberíamos detenernos -dijo Zero.

– Estamos seguros, no hay de qué preocuparse -contestó el conductor.

En ese momento brotó una interferencia de la radio y pudieron oír la voz de Briggs.

– ¡Estamos evacuando el StatLab, repito, estamos evacuando el StatLab! Regresad a la base.

Luego pudieron oír la voz de Nell por encima de la señal intermitente.

– Estamos per… señal de la transmisión. El sistema…cación cortando…tación, cambio.

– Oh, genial -gruñó Quentin.

– El trébol debe de estar comiéndose el StatLab. -Andy estaba pálido.

Pound frunció el ceño.

– ¿Estamos en peligro aquí si no podemos regresar al laboratorio?

El conductor negó con la cabeza.

– Llamaremos por radio al Enterprise. Ellos enviarán un transporte. Nos engancharán y nos llevarán a casa.

– ¿Cómo pueden llevar este vehículo de regreso a un barco? -preguntó Zero-. Quién sabe qué es lo que se ha adherido a él…

– Nos llevarán al Philippine Sea -dijo el conductor.

– Allí lo descontaminarán y lo dejarán en cuarentena -aclaró Quentin.

– No se preocupen -continuó diciendo el conductor-. Lavarán este chisme con chorros a presión de dióxido de cloro, formaldehido… Joder, es probable que la marina hunda el maldito barco cuando esto haya acabado sólo para estar seguros. Esos tíos están paranoicos.

Pound cogió el micrófono de la radio.

– StatLab, procedan con la evacuación. Nosotros conseguiremos quien nos lleve a casa.

La voz de Briggs volvió a oírse por el altavoz de la radio.

– No podemos. Cambio.

Pound gritó en el micrófono:

– Nosotros conseguiremos quien nos lleve a casa, StatLab. ¿Recibido?