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13.02 horas

Nell vio en el monitor cómo Kirk gritaba en la colina detrás de Zero.

Estaba paralizada en la silla contemplando cómo volvía a suceder, su pesadilla recurrente cobrando vida en la pantalla de un televisor.

Otto se apartó sollozando del monitor mientras trataba de contener las arcadas.

– ¡Maldita sea, venga, Zero! -gritó Nell con las mejillas cubiertas de lágrimas y los ojos clavados en la pantalla-. ¡Vamos, sal de ahí!

13.03 horas

Zero miraba a través del visor y disparaba el lanzallamas en chorros breves e irregulares detrás de él mientras oía los gritos agónicos de Kirk.

Corría de prisa pero de forma errática, cambiando continuamente la dirección y la velocidad para confundir las trayectorias de los depredadores saltarines, que pasaban continuamente por su lado, fallando el blanco por escasos centímetros. Nunca se detenía más de un segundo.

Alcanzó la cima de la colina y el barranco llano que habían atravesado hacía apenas media hora. Parecía que había pasado toda una vida desde entonces.

Al estar finalmente en un terreno llano, continuó su carrera a toda velocidad siguiendo las huellas dejadas por el vehículo.

Entonces, sólo por un instante, relajó el paso, respirando agitadamente mientras los animales que lo perseguían quedaban ocultos por la colina que se alzaba a su espalda. Allí, el aire era más fresco y proporcionaba cierto alivio al calor y la humedad generados por los tréboles. Ahora, mientras regulaba el ritmo de la carrera, miró a través del visor y llenó de aire los pulmones. A unos veinte metros detrás de él, sus perseguidores coronaron la colina e invadieron el cañón.

Zero volvió a acelerar, corriendo en zigzag y lanzando chorros de fuego detrás de él.

Tres ratas redujeron la distancia en dos saltos y dos segundos. Zero disparó una llamarada por encima del hombro y las convirtió en dos albóndigas voladoras. Las ratas calcinadas cayeron a tierra profiriendo chillidos y desviando a algunos de sus perseguidores.

Zero continuó corriendo unos diez metros, con una columna de depredadores detrás que se abalanzaron sobre él cuando giró abruptamente a la izquierda.

Vio a una de las ratas saltarinas a través del visor y aminoró el paso, cogiéndola con ambas manos como si fuera un balón de fútbol. Con el mismo movimiento, metió la cabeza del animal en las fauces de una cosa parecida a un cactus-percebe que sobresalía de la pared del cañón. El cactu arrancó la cabeza de la rata de un mordisco y Zero dejó caer el cuerpo decapitado para continuar su carrera.

Una lluvia de púas de erizo atravesaron el cañón unidas a unos zarcillos, lo que lo obligó a agacharse, saltar y cubrirse, tratando en todo momento de mantener el curso imprevisible de la carrera. Era una lucha constante contra el instinto de correr a la máxima velocidad posible.

Las colmenas púrpuras llenas de bichos que habían dejado antes atrás con el vehículo flanqueaban el corredor delante de él.

Los abejorros vampiro comenzaron a asomarse fuera de las colmenas. Zero corrió hacia ellas disparando el lanzallamas hasta que agotó el combustible.

Se quitó el depósito que llevaba sujeto a la espalda y los abejorros se lanzaron tras él.

Entonces llegó al borde de la meseta. Abajo se encontraba el estanque de agua salada por el que habían pasado antes.

Deslizándose por la ladera cubierta de hierba, vio que se había tornado púrpura cuando el sol de media tarde la había dejado en sombras. Un intenso olor a huevos podridos saturaba la colina. Estuvo a punto de chocar contra un brote de trehólvoros y perdió el equilibrio, aterrizando dolorosamente sobre el trasero. Se puso rápidamente en pie sin perder un segundo y continuó su carrera colina abajo.

A través del visor comprobó que las avispas, los abejorros vampiro y la ratas habían conseguido superar la zona de las abejas vampiro. Ahora salían del cañón tras sus pasos.

Vio entonces que dos enormes bestias rojas cargaban alrededor de la colina del centro de la isla.

Dos spigers merodeadores habían captado su olor y se lanzaban colina abajo para cerrarle el paso.

13.05 horas

Otto sollozaba.

– ¡Venga, tío! -imploró.

Nell lloraba de miedo y frustración mientras veía cómo los enormes spigers rojos surcaban el aire en dirección a la cámara.

Una alarma comenzó a sonar.

En el otro extremo del laboratorio, Todd Taylor dio un salto en su silla y miró a través de la pequeña ventana de la escotilla de la Sección Cuatro.

– ¡Muchachos, creo que algo ha conseguido abrir una brecha en el vestíbulo!

13.06 horas

Zero se estaba desvaneciendo. La cabeza le daba vueltas y los ojos le ardían a causa del sudor. Correr en zigzag era agotador y no había tenido ninguna oportunidad de descansar. Ahora dejaba que fuera la gravedad la que lo impulsara hacia adelante, y renunció a seguir alterando el curso de la carrera. Con las pocas fuerzas que aún le quedaban, obligó a sus piernas a hacer un último esfuerzo y se dirigió hacia el estanque.

Una corriente fresca de agua salada caía en el estanque desde la fisura abierta en la pared exterior de la isla, quizá un efecto secundario del seísmo, pensó Zero vagamente sin dejar de correr.

A través del visor comprobó que los dos spigers remontaban en el aire con poderosos saltos, tratando de darle alcance mientras él se lanzaba de cabeza al estanque.

Cuando chapoteó en el agua, las criaturas que lo perseguían se pararon en seco, giraron o retrocedieron como abejas comunes.

Una rata que llevaba demasiado impulso no pudo frenar a tiempo y cayó al agua junto a Zero, agitándose frenéticamente mientras trataba de remar con sus ocho patas, que muy pronto dejaron de moverse y el animal se hundió bajo la superficie.

Zero se agazapó en el agua, tocando el fondo con los pies y su cabeza apenas asomada para respirar, antes de darse cuenta de que nada lo atacaba.

Ninguna de las criaturas volaba siquiera encima del estanque. Era como si alguna clase de campo de fuerza los repeliera.

Los spigers habían clavado sus patas afiladas en la tierra, frenando al borde del agua. Luego se apartaron de allí sin dejar de estudiarlo desde una prudente distancia.

13.07 horas

Nell miraba asombrada la pantalla.

– ¿Agua salada?

– ¿Qué? -dijo Briggs, alzando la vista hacia la pantalla.

– ¡No les gusta el agua salada! -Nell se volvió exultante hacia Briggs y le dio un golpe en su poderoso bíceps.

– ¿Cómo puedes saber que es agua salada?

– Cómo pueden saberlo ellos es la cuestión -repuso ella, mirando intensamente las imágenes en la pantalla-. ¡Venga, Zero, tienes que deducirlo! -gritó.

13.07 horas

Zero se echó a reír a carcajadas y salpicó más agua salada sobre su camiseta del maratón de Long Beach, resollando mientras trataba de recobrar el aliento. Lanzó agua contra la pared de criaturas que esperaban al acecho en la orilla y éstas retrocedieron al instante.

Los bichos alcanzados por el agua se debatían en la superficie del estanque exudando una especie de gelatina química. En el fondo del estanque podía ver los huesos de los animales que se habían ahogado.

Después de haber recobrado el aliento, y antes de que los músculos se le inflamaran, Zero se sumergió una vez más y emergió a la superficie completamente empapado.

Luego salió del estanque e inició la carrera final hacia la lejana colina iluminada por el sol.

El aire era más fresco y el campo más verde a medida que se acercaba a las huellas ennegrecidas del XATV-9 que aún eran visibles en el terreno que nacía en un orificio abierto en el borde de la jungla.