– Sí, no hay duda de que sería irónico, pero no veo qué tendría eso de delicioso.
– Al menos, algo tendría una oportunidad de sobrevivir en este planeta, profesor Stapleton, si los seres humanos fuesen erradicados de él. Me doy cuenta, por supuesto, de que todo este asunto no es más que alguna clase de fraude. Las posibilidades de que algo remotamente tan peligroso como nuestra especie pudiera ser encontrado en una isla tan pequeña y remota son casi nulas. Pero si algo así ocurriera realmente, creo que sería motivo de celebración.
Sharon mirón a su mentor con la mezcla de angustia y admiración característica de todos sus ayudantes.
– ¿Por qué, doctor Redmond?
Stapleton se estremeció.
– Por el amor de Dios, no lo alientes.
– La vida inteligente es un cáncer medioambiental, Sharon -contestó Thatcher-. Al reordenar la naturaleza, la raza humana no ha hecho más que crear nuevos virus, enfermedades, bacterias resistentes a los medicamentos, toda clase de alteraciones que jamás se habrían producido en la naturaleza. Después de siglos de domesticar plantas y animales, la ingeniería genética está saboteando directamente el código de la vida. Y, al hacerlo, estamos cruzando cables de circuitos evolutivos de miles de millones de años y precipitando un derrumbe genético que muy pronto avanzará a través de nuestro medioambiente como una plaga molecular.
– Muy dramático, Thatcher. -Stapleton lo miró con curiosidad-. Pero si realmente crees eso, ¿cómo puedes levantarte de la cama por las mañanas? Es más, ¿cómo pueden hacerlo tus estudiantes?
– Hemos insertado los genes de la medusa en los ratones para que brillen en la oscuridad. Hemos manipulado genes Hox para que las moscas domésticas tengan cien patas, y los milpiés, seis. Hemos insertado genes de insectos en las plantas y genes de plantas en animales. En la Tierra no hay prácticamente nada que el hombre no use y nada que no «mejore» si tiene oportunidad de hacerlo. Y cualquier cosa que sobre la desechamos de forma irresponsable. La contaminación y el calentamiento global son simplemente precursores del Apocalipsis medioambiental que nos acecha. Antes de que acabe el siglo, si antes no nos hemos destruido a nosotros mismos, o incluso aunque lo hayamos hecho, probablemente habremos hundido el último clavo en el ataúd de la madre Tierra. Si sólo nos liquidáramos a nosotros, el problema no sería demasiado importante: sólo habríamos recibido nuestro merecido, al igual que les sucedió a muchas especies aborrecibles antes que a nosotros. Pero en las manos del simio racional, la vida en la Tierra y en sus mares probablemente sufrirá una extinción masiva cuando los virus genéticos de la nanoingeniería invadan las especies esenciales y produzcan el colapso de ecosistemas enteros, uno tras otro. Todos los organismos multicelulares desaparecerán cuando los organismos unicelulares sean obligados a regresar a la mesa de dibujo para reinventar lo que la humanidad ha saboteado mortalmente. Si eso es a lo que usted llama «dramático», profesor Stapleton, estoy de acuerdo. Y si eso es lo que me llama a mí por señalarlo, que así sea. La vida inteligente es el peligro biológico fundamental. Cualquier oponente valioso sería un agradecido descubrimiento para el planeta.
Unos tímidos aplausos coronaron el discurso de Thatcher.
– Mira, soy tan medioambientalista como cualquiera -dijo Stapleton-, a menos que ese cualquiera seas tú, supongo, ¿pero no crees que eso es un pellizco en el lado desahuciado?
Thatcher miró el vaso verde de plástico del que Stapleton comía su almuerzo.
– ¿Qué demonios es lo que está comiendo, profesor?
Stapleton tragó un buen bocado y se limpió los labios con una servilleta.
– Sesos de ternera y huevos revueltos. Es un plato que probé en París cuando estaba en el ejército. Mi esposa me lo prepara a veces.
Cogió una buena cantidad con la cuchara y se la llevó a la boca.
– Entiendo.
– Sigo la dieta Prisby.
Thatcher meneó la cabeza.
– Una dieta de curanderos.
– Eh, ya he perdido un par de kilos. Deberías probarla.
Stapleton comió otro bocado con aire desafiante.
– O sea, que ahora comes sesos de vaca.
– En realidad son sesos de ternera…, con salsa de mango -añadió Stapleton con la boca llena.
– Profesor, ha oído hablar del mal de las vacas locas, ¿verdad?
Stapleton tragó.
– Muy bien, digamos que tienes razón, Thatcher. De todos modos, dentro de veinte años, el tiempo medio de gestación de la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob, tú y yo estaremos en un geriátrico. Al menos yo seré quien se estará riendo.
Stapleton le guiñó un ojo y comió otro bocado.
Alrededor de la mesa se oyeron algunas risas y expresiones de disgusto.
– Profesor Stapleton -suspiró Thatcher-, es usted una lección viviente de la tesis de mi libro. ¿En qué escenario natural los sesos de un ternero domesticado, inyectado con hormonas, alimentado con productos Franken, genéticamente creado, se convertirían en parte de la dieta que su cuerpo de Homo sapiens evolucionó durante los últimos cinco millones de años para consumir?
– Thatcher -Stapleton meneó la cabeza-, lo maravilloso acerca de la inteligencia humana es que no tenemos que hacer las cosas de un modo o de otro. Los seres humanos podrían no hacer todas esas cosas que pronosticas. ¿No tienes en cuenta esa posibilidad?
Thatcher se quedó mirando el vacío mientras el recuerdo de su hijo sonriente, corriendo hacia la puerta corredera de cristal en dirección a la piscina, apareció como un fogonazo en su mente. Recordó la presión en el pie mientras hacía fuerza para abrir la puerta.
– Eso ocurrirá porque puede ocurrir, profesor. Es sólo cuestión de tiempo. La probabilidad se autorrealiza del mismo modo que un juego de pachinko japonés siempre se llena con una curva de Bell de bolas de rodamiento. Si sólo hubiera uno de nosotros, o unos pocos, la virtud humana podría desempeñar un papel en todo esto, pero somos miles de millones. El efecto acumulativo de nuestro supuesto «libre» albedrío a lo largo de un período determinado no se puede diferenciar del instinto o la predestinación. Puesto que los seres sensibles pueden hacer cualquier cosa, harán cualquier cosa, no importa cuán destructiva sea, a lo largo del tiempo. Aún no ha leído usted mi libro, ¿verdad, profesor Stapleton? Me temo que mi conclusión optimista es que sólo un acontecimiento de extinción preventiva que elimine la vida inteligente puede salvar un medioambiente una vez que ha sido infectado.
– Hay muchas culturas -replicó Stapleton-, que han conseguido vivir en armonía con su medioambiente durante miles de años, Thatcher. ¿Qué me dices de los indios norteamericanos? ¿O de los polinesios?
– Los polinesios importaron virus de aves que diezmaron las poblaciones nativas allí donde viajaban, y los indios norteamericanos llegaron casualmente justo antes de que la mayor parte de la fauna de este país desapareciera. Pero debo señalar que uno de los medioambientes más puros habitados por el ser humano es Papúa Nueva Guinea, famosa por sus cazadores de cabezas, quienes podrían haber contribuido de una manera directa a la preservación de su hábitat natural.
– ¿Qué piensas entonces de nosotros, Thatcher? -preguntó Stapleton.
Él sonrió.
– Como dijo Jonathan Swift: «Todo mi amor es para los individuos, pero odio y detesto principalmente a ese animal llamado hombre.»
Esas palabras fueron recibidas con un coro de risas incómodas.
– Encantador. Haces quedar muy mal a los medioambientalistas, amigo mío.
– Bueno, lo siento, Frank. Pero los medioambientalistas también son personas.
Thatcher guiñó el ojo a los presentes.
– ¡Oh, ya entiendo! No merece la pena esforzarse, ¿verdad?