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– No supondría diferencia alguna.

– Por Dios, eres como Casandra.

– Algo que la mayoría de las personas parece olvidar acerca de Casandra es que ella siempre tenía razón.

– Sin embargo, no se sentía feliz por ello.

– Yo soy feliz durante todo el camino que me lleva al banco, amigo mío.

Thatcher se echó a reír y los estudiantes aplaudieron su salida.

– ¡No creo que sea divertido! -protestó Sharon.

– Está bien. -Thatcher alzó la mano para calmar los ánimos-. Tiene razón, Frank. Coma sus sesos. Es inevitable.

Thatcher se encogió de hombros y todo el mundo se echó a reír excepto Sharon. Ella no podía entender cómo su mentor conservaba su elegante sentido del humor acerca de la más desoladora verdad.

– A menos, por supuesto, que lo sucedido en la isla Henders no sea un montaje -añadió Thatcher tranquilamente mientras le guiñaba un ojo a Sharon. Se puso en pie y levantó su vaso de plástico-. ¡Por la isla Hendéis!

Todos se pusieron de pie para brindar por la isla, y el Muddy Charles volvió a encenderse con los debates.

Thatcher reparó entonces en un hombre corpulento, que vestía traje y llevaba gafas de sol, que había permanecido solo durante el almuerzo bebiendo una coca-cola. Un fino cable blanco colgaba de un audífono y desaparecía debajo de la solapa de su chaqueta. Mientras lo estudiaba, el hombre se levantó de su mesa y se dirigió directamente hacia él.

El pulso de Thatcher se aceleró cuando el desconocido se le acercó, aparentemente a cámara lenta. «Aquí está», pensó, recordando lo que había mantenido en un nivel no verbal hasta el momento. Su «hijo», como resultó ser, se había convertido en una estadística después de todo, y ni siquiera Sedona lo había culpado por ello. Él sabía que existía una posibilidad de que estuvieran investigándolo a causa de la muerte del chico -incluso que sospecharan de él-, y lo mantenían discretamente para que experimentara una falsa sensación de seguridad. Sabía que no tenían ninguna prueba. Había colocado una servilleta entre su zapato y el quicio de la puerta corredera y luego había tirado la servilleta al llegar al aeropuerto. El chico se había ahogado en la piscina y no había ninguna pista que condujera hasta él.

Sin embargo, cuando el hombre se quitó las gafas de sol y tendió una mano en su dirección, el pánico se adueñó de Thatcher. Se encontró poniéndose instintivamente de pie y estirando las muñecas en señal de rendición.

El hombre sonrió y meneó la cabeza.

– ¡No, doctor Redmond! -sonrió-. No he venido a arrestarlo.

– Oh… ¿Entonces, qué?

El hombre se inclinó hacia adelante y le susurró algo al oído.

– ¡Ah! -Thatcher sonrió a los demás, quienes lo miraban con evidente curiosidad-. Parece que me llama el presidente.

El agente del servicio secreto lo miró fijamente.

Thatcher se llevó un dedo a los labios a modo de disculpa.

– Lo siento, pero me temo que debo despedirme de vosotros. Au revoir!

Con una leve reverencia, Thatcher se excusó ante los rostros que lo miraban sorprendidos alrededor de la mesa.

– ¿Qué me decís? -Stapleton meneó la cabeza maravillado ante la suerte de Thatcher.

12.43 horas

Después de darse un chapuzón en Stony Beach, Geoffrey regresó pedaleando en su bicicleta por la calle Bigelow. Cuando giró en Spencer Baird miró por encima del hombro y vio que lo seguía un hombre con el pelo cortado a cepillo, un polo blanco y unos pantalones cortos azul marino. El hombre era corpulento y montaba con dificultad la bicicleta, aunque pedaleaba con fuerza reduciendo la distancia que los separaba de Geoffrey.

Parecía tratarse del mismo tipo que vestía traje y que se había marchado al acabar su última charla nocturna. Instintivamente, Geoffrey comenzó a pedalear más de prisa.

El desconocido pareció adaptar su velocidad a la suya cuando ambos descendieron por Spencer Baird. Geoffrey giró bruscamente por la calle Albatross y tuvo que hacer una maniobra para evitar a un todoterreno que salía de la rampa para embarcaciones. Pasó velozmente frente al acuario del National Marine Fisheries y luego enfiló por la calle Water.

Cuando dejó atrás el Crane Monument, la calle se estrechó. Había coches aparcados junto a ambos bordillos, de modo que se arriesgó a ir por el centro de la calle, serpenteando entre el tráfico y ganándose algunas bocinas irritadas. Entonces oyó el sonido de más bocinas a su espalda y dedujo que su perseguidor también había decidido ir por el centro de la calzada.

Pasó a través de la multitud y llegó al puente en el momento en que el jefe del puerto comenzaba a hacer girar la puerta cerrada en el lado del Eel Pond. Geoffrey decidió intentarlo. Avanzó velozmente por el puente y se deslizó alrededor del vociferante jefe del puerto mientras su bicicleta pasaba por la estrecha abertura entre ambas puertas, sólo para oír al tipo corpulento que jadeaba pocos metros por detrás de él. «¡Joder!», pensó Geoffrey, levantándose sobre los pedales para poder imprimir la máxima velocidad posible a la bicicleta.

Cuando llegó al edificio del Instituto Oceanográfico de Woods Hole, donde estaba su laboratorio, se dirigió directamente a la entrada y saltó de la bicicleta, dejando que se deslizara hasta el pie de la escalera.

Se desabrochó la tira que le sujetaba el casco y se lo quitó, dispuesto a lanzárselo a su perseguidor, quien accionó los frenos de su bicicleta y apoyó una pierna pálida en el suelo para detenerla derrapando en el pavimento.

– ¡Cuál es su maldito problema! -gritó Geoffrey en el preciso momento en que Ángel Echevarría aparecía en la puerta.

– Geoffrey, ¿qué pasa, tío? -preguntó Ángel mirando al desconocido con el polo blanco manchado de sudor. El hombre se aferraba el abdomen con ambas manos mientras trataba de respirar.

– Pregúntale a ese pavo. ¡Ha estado siguiéndome desde Stony Beach! -dijo Geoffrey.

– Lo siento, doctor Binswanger -dijo el hombre entre jadeos-. El presidente ha solicitado… -respiró un par de veces- su presencia… en un asunto de… seguridad nacional. ¿Puede concederme un momento, señor?

– Debe de estar de guasa -dijo Geoffrey echándose a reír.

– ¿En serio? -exclamó Ángel, dispuesto a creerlo.

16.18 horas

A Geoffrey lo habían llevado a su casa en un todoterreno azul con cristales entintados para que recogiera cuatro cosas en una bolsa. Luego lo llevaron directamente a la base que la fuerza aérea tenía en Hanscom, donde esperaba un C-2A Greyhound.

Cuando finalmente subió a bordo del avión de carga, cuatro miembros de la tripulación le acompañaron a la parte posterior del aparato.

Geoffrey dejó su bolsa sobre unos cajones de embalaje mientras se dirigía a la sección de pasajeros. Había sólo dos asientos que miraban hacia la cola junto a pequeñas ventanillas laterales situadas detrás de las alas. El otro único pasajero ocupaba el asiento del pasillo a su derecha, un hombre con barba que buscaba algo en uno de los diecisiete bolsillos de su chaleco Banana Republic. Geoffrey reconoció a Thatcher Redmond, quien alzó la vista y estudió a Geoffrey con mirada inexpresiva.

El joven le tendió la mano.

– Thatcher Redmond, ¿verdad?

– Sí… -Thatcher entornó los ojos en la cabina oscura-. El doctor Binswanger, supongo…

Geoffrey le estrechó la mano y se sentó.

– Llámeme Geoffrey.

– Me dijeron que era la otra persona que estábamos esperando. Me temo que no he oído hablar de usted.

Geoffrey sabía que Thatcher estaba mintiendo. Se habían conocido el año anterior en una conferencia; incluso habían compartido mesa en la cena celebrada posteriormente. Ambos, sin embargo, habían captado el olor de su enemigo natural en la selva científica y así lo habían registrado para una futura referencia. Ése iba a ser un vuelo muy largo, pensó Geoffrey, y sonrió forzadamente.