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»De modo que, señor presidente, la apariencia humilde de esta pequeña isla oculta un legado épico. El devenir de su historia natural ha contribuido a ocultarla de los ojos de la ciencia. Su ubicación remota la mantuvo alejada del camino de los seres humanos. Desde el aire parece la típica caldera de una isla volcánica. Sus imponentes acantilados han repelido desde tsunamis hasta el impacto de meteoritos, además de los escasos viajeros que puedan haberse topado con ella durante millones de años. La reciente actividad sísmica, sin embargo, indica que el sustrato de la isla se está debilitando. Eso es la causa de las enormes fisuras que se observan en los acantilados de la isla y que han permitido el acceso a su interior por primera vez.

El científico alto y desgarbado señaló la ventana.

– La vegetación que cubre la mayor parte de la isla parece ser un simbionte bacteriano que absorbe una variedad de minerales y fotosintetizadores. Combinado con otros organismos que emplean ácido para arrancar la vegetación de las rocas, es probable que fuera ésa la causa de que la isla presente esa topografía excavada en forma de cuenco, disfrazándola como una isla volcánica en las imágenes tomadas por los satélites.

Livingstone miró a Geoffrey y al resto de los científicos sentados a la mesa.

– Cuando existía el supercontinente Pannotia, el océano era casi dulce. Muchos creen que este hecho tuvo un papel importante en la aparición de formas de vida complejas durante la explosión del período cámbrico. La vida compleja podría haber evolucionado asimismo en los grandes mares interiores de agua dulce de Pannotia antes de que emigrara a través de los ríos hacia mares abiertos. Esta isla parece haber transportado la vida en un viaje independiente de aquella explosión evolutiva hasta nuestros días.

– No me cuente cómo fue el parto, sólo muéstreme a la criatura, doctor Livingstone -dijo el presidente, suscitando algunas risas entre los presentes. Los asesores del presidente, sin embargo, no se rieron.

Livingstone se aclaró la garganta.

– Para poner las cosas en perspectiva, señor presidente, Australia permaneció aislada hace setenta millones de años, y mire cuan extraños son los canguros y los ornitorrincos. La vida en la isla Henders ha permanecido aislada casi diez veces más. A efectos prácticos, podría tratarse de otro planeta.

Geoffrey se sentía casi físicamente mareado. Vio que Thatcher miraba al doctor Livingstone con una expresión de asombro que rayaba en el regocijo.

El secretario de Defensa habló por primera vez.

– Debo suponer entonces que eso significa que podemos descartar los programas de guerra bacteriológica…, no es la isla del doctor Moreau.

Ahora las risas fueron generales.

El doctor Cato asintió.

– Correcto. Y no ha llegado del espacio exterior ni se trata de uno de esos mundos perdidos detenidos en el tiempo, o una tierra de mutantes radiactivos. Hace muy poco, un grupo de científicos de Rumania descubrió una cueva que había permanecido cerrada durante cinco millones de años. Contenía un ecosistema completo de treinta y tres nuevas especies. La base de su cadena alimentaria es un hongo que crece en un lago en la más absoluta oscuridad. Los respiraderos termales en el fondo del mar han revelado ecosistemas que antes eran inimaginables y que podrían remontarse a los primeros organismos unicelulares. El ecosistema en esta isla ha estado evolucionando durante mucho más tiempo que cualquier otro ecosistema terrestre en nuestro planeta. -Hizo un gesto en dirección a Nell-. La doctora Nell Duckworth, una de nuestros jefes de proyecto, resumirá ahora lo que sabemos acerca de la vida en la isla Henders. ¿Doctora Duckworth?

Nell se puso de pie y Geoffrey la miró, sorprendido, después de la humildad de su presentación, al ver el puesto de autoridad que ocupaba allí.

La expresión de Nell era muy seria, incluso sombría, hasta el extremo de parecer desolada.

– Los ecosistemas insulares, normalmente, son frágiles y vulnerables a las «especies invasoras», o sea, la flora y la fauna foráneas que destruyen las especies autóctonas. -Nell mostró algunas imágenes en la pantalla-. Mosquitos, mangostas, lagartos e incluso gatos domésticos han diezmado los ecosistemas insulares.

Accionó el ratón inalámbrico y mostró una pantalla azul en la que se leía «Pruebas con plantas». Volvió a accionar el ratón: en el gran monitor aparecieron seis plantas en tiestos en una pantalla partida.

– Aquí vemos algunos ejemplares de las plantas más formidables de la Tierra como el kudzu, el titímalo frondoso, la cuscuta gigante después de haber sido expuesta en la isla Henders.

Los especímenes vegetales que aparecían en la pantalla eran estrangulados, desmembrados y disueltos a cámara rápida por los tréboles, las enredaderas, los insectos y los animales de Henders. Las masacres pixeladas parecían escenas filmadas cuadro por cuadro de la película original de King Kong. Espécimen tras espécimen mostrado en la pantalla era atacado, arrasado y reemplazado por brotes de variedades de la isla.

Los murmullos crecieron entre los presentes.

Nell alzó la voz, manteniendo un tono autoritario y firme.

– Ninguna de las más de sesenta especies de plantas que sometimos a prueba duraron más de veinticuatro horas a la intemperie. La mayoría de ellas fueron eliminadas antes de dos horas.

Geoffrey advirtió que muchos de los científicos sentados alrededor de la mesa parecían tan conmocionados como él, y muchos de los militares apretaban las mandíbulas con expresión desafiante. El presidente y sus asesores parecían haber visto con anterioridad las imágenes.

Nell accionó el ratón y apareció una pantalla que decía «Pruebas con animales». La pantalla partida mostró una serie de animales filmados a cámara lenta mientras luchaban con sus rivales de la isla.

– Después de haber emparejado a animales comunes conocidos con especies de Henders en condiciones artificiales de laboratorio, obtuvimos el mismo resultado. Serpientes de cascabel, pitones, escorpiones, arañas alguaciles, avispas, tarántulas, gatos, hormigas devastadoras, cucarachas…, ninguno de ellos consiguió sobrevivir más de unas pocas horas. La mayoría apenas duró unos minutos.

Militares, civiles y científicos se mostraron nerviosos e indignados al ver a esos monstruos familiares cazados y eliminados con pasmosa facilidad. A pesar de que se trataba de especies mortales y problemáticas, eran nuestras especies mortales, y cierta lealtad se veía ofendida ante la visión de su fulminante destrucción. Las especies de la isla Henders parecían moverse a una velocidad diferente, siempre atacaban primero y respondían ante cualquier resistencia o contraataque con una escalofriante escalada de violencia.

Thatcher miró a Geoffrey y luego fijó nuevamente la vista en la pantalla mientras una sonrisa crecía debajo de su espeso bigote rojo.

– ¡Mierda! -dijo uno de los militares que estaba frente a Geoffrey-. Lo siento, señor presidente, no había visto estas imágenes hasta ahora.

– No pasa nada, almirante Shin -dijo el presidente-. Por eso está aquí. Yo mismo estoy viendo algunas de esas imágenes también por primera vez. Me hago cargo de sus sentimientos.

– Las condiciones de laboratorio no son las pruebas ideales -continuó Nell-. Las especies de Henders son incluso más letales en su hábitat natural, tal como pudimos descubrir cuando soltamos algunas especies comunes provistas de cámaras.

Detrás de ella se exhibieron las imágenes de esa carnicería.

– Señor presidente -dijo el general de brigada Travers, que estaba sentado a pocos metros de Geoffrey-. Esto es potencialmente más peligroso que cualquier amenaza militar con la que hayamos podido enfrentarnos, señor.

Thatcher olvidó morder su último cacahuete mientras contemplaba la pantalla: lo tragó entero en el momento en que una rata Henders arrancaba la cabeza de una pitón.