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– Quizá le sorprenda saber que acepto su veredicto, doctor Redmond. Y tampoco le impediré que lo grite a los cuatro vientos desde la cima de una montaña. Lamentablemente, la cuestión es qué crimen cometer, no si cometemos alguno. Espero contar con su comprensión, aunque no con su aprobación, sobre eso. Porque sinceramente quiero contar con ella.

– No estoy seguro de poder brindársela, señor -dijo Thatcher, fulminando a Cato con la mirada-. Creo que esa atrocidad sólo servirá para probar que los seres humanos son mucho más peligrosos que cualquier otra criatura en esa isla. ¡Estoy seguro de que el doctor Binswanger está de acuerdo conmigo!

Geoffrey escuchó las palabras de Thatcher con irritación, pero no dijo nada, concentrado en los destellos que se veían en la colina mientras confirmaba que no se trataba de un truco de luz accidental, sino de una señal regular y repetida. Pero ¿de quién?

– A pesar de todo, doctor Redmond -dijo el presidente-, mi responsabilidad y lealtad se deben a la raza humana y a las formas de vida que la sustentan. Me temo que debo dar la orden de esterilizar la isla Henders en el plazo de cuarenta y ocho horas. Eso debería permitir disponer de veinticuatro horas para la recolección final de especímenes y documentación de la isla, y otras veinticuatro horas para la evacuación hasta alcanzar una distancia segura con respecto al estallido. No impondré ninguna orden de silencio sobre ninguno de ustedes después de que este asunto haya sido resuelto. No impediré el debate académico, si bien soy consciente de que seré condenado eternamente por esta decisión, sobre todo por la comunidad científica. La idea de que un presidente pueda poner un límite al apetito de la ciencia, que por su misma naturaleza debe ser ilimitada, es contraria a todo aquello en lo que sinceramente creo. Pero poner un límite a la propia naturaleza es un acto de destrucción incluso más grave y permanente. Ésa es una carga que tendré que soportar solo. Sin embargo, les advierto a todos ustedes que deben comprender la seriedad con la que se llevará a cabo este curso de acción.

Geoffrey le dio un leve pero urgente codazo a Nell, señalando la luz intermitente que se veía en la ladera de la colina. Ella no entendía por qué la distraía en un momento tan delicado, pero se volvió irritada hacia el punto que Geoffrey señalaba.

– Cualquier intento de llevarse subrepticiamente alguna forma de vida de esta isla será impedido con una fuerza letal, sin hacer preguntas -anunció el presidente-. En interés de la ciencia, no obstante, debemos recoger la mayor cantidad posible de especímenes muertos en el tiempo que aún nos queda. Doctor Binswanger, deseo fervientemente que tanto usted como sus colegas puedan encontrar alguna especie benigna que sea capaz de preservar un legado viviente para este mundo para las generaciones futuras. Pero cualquier espécimen vivo debe ser puesto bajo la más estricta vigilancia y transportado para su observación y estudio fuera de la isla sólo después de contar con la aprobación del doctor Cato, los jefes del Estado Mayor Conjunto y yo mismo. Y dichos especímenes, si se los encuentra y verifica adecuadamente, sólo podrán ser transportados al Philippine Sea para su cuarentena. ¿Lo ha entendido, doctor Binswanger?

Nell pronunció en voz baja el código morse mientras leía los destellos intermitentes en las colinas distantes.

– S…0…

– Lo siento, señor presidente -gritó Geoffrey al tiempo que se ponía de pie-. ¡Parece haber una señal, señor, en las colinas al norte de la isla!

– ¡Es un SOS! -exclamó Nell, levantándose junto a él.

En la sala se produjo una conmoción cuando todo el mundo se volvió hacia la ventana. La luz titilaba en el escalón de lo que parecía ser una escalera de roca que asomaba de la jungla, a mitad de camino de la estribación norte.

– Bien, ¡gracias a Dios! Organicen de inmediato una partida de rescate -ordenó el presidente.

– Sí, señor -asintió Cato. Se volvió hacia Nell, pero ella miraba fijamente los destellos de luz con una expresión de desesperación en el rostro.

– Tienen cuarenta y ocho horas, amigos. Espero que sepan emplearlas bien y que Dios nos perdone por lo que ahora nos disponemos a hacer. ¡Buena suerte!

La pantalla se apagó y todos se levantaron y abandonaron rápidamente la sala de conferencias.

17.59 horas

Geoffrey siguió a Nell. Ella parecía ignorarlo ahora que avanzaba rápidamente por el atestado corredor detrás de los demás en dirección a la escotilla.

– ¡Nell, espera! ¿Adónde vas?

– Afuera.

Varios científicos ya habían comenzado a ponerse los trajes aislantes. Nell apoyó la mano en la consola de control de la escotilla.

– Eh, ¿es que no piensas ponerte el traje aislante?

– No pienso ponerme ese saco, gracias. De todos modos, la única razón para usarlos es proteger la isla de nuestros gérmenes, y en este momento ésa es una cuestión discutible. He visto que los militares dejaron de usar esos trajes hace tiempo.

– Sí -dijo uno de los militares-. A algunos científicos les gusta llevarlos.

Sir Nigel Holscombe, quien había comenzado a subirse la cremallera junto con su equipo de camarógrafos, oyó lo que decían.

– ¡Joder! -dijo-. ¡Si ella no lleva traje, yo tampoco!

Una oleada de cremalleras que se bajaban siguió a la exclamación de sir Nigel cuando los demás se quitaron los trajes aislantes.

Un grupo se apiñó dentro de la cámara de aire de la escotilla. Geoffrey quedó aprisionado contra la espalda de Nell a medida que se reunía más gente detrás de él.

– ¿Todavía estás aquí? -preguntó Nell mientras la escotilla se cerraba.

Su tono helado lo hizo estremecerse.

– Todo lo que conozco acerca de los ecosistemas exitosos sugiere que evolucionan hacia la cooperación y se alejan de las conductas depredadoras -dijo Geoffrey a su nuca.

– No puedes ser vegetariano si no hay plantas.

Thatcher alcanzó a oír su diálogo desde la parte posterior de la cámara de aire, tras haberse deslizado en su interior en el último segundo.

– Pero esa hierba que hay en los campos… -dijo Geoffrey-. ¡Alguna cosa debe de comer eso!

– Todas las cosas comen eso y eso come de todo. Todos comen a todos en esa isla, Geoffrey.

– ¡Eso es imposible!

– Me temo que en la isla Henders debes pensar desde una perspectiva no ortodoxa, doctor Binswanger -dijo Nell en tono cortante mientras la otra escotilla se abría-. O eso, o te quedas cómodamente instalado en tu lugar y rezas para que nada pueda entrar.

Nell salió al camino exterior sin volver la cabeza para ver si Geoffrey la seguía.

18.01

El personal del ejército había sido movilizado dentro del perímetro de la base, reuniendo un convoy de búsqueda y rescate para investigar esa señal de socorro que aún titilaba regularmente en la ladera norte de la isla.

El desafío consistía en llegar con un vehículo terrestre hasta el superviviente. Dos helicópteros buscaban en la colina escarpada y frondosa, pero hasta el momento sus tripulantes no habían sido capaces de localizar el origen de la misteriosa señal. Y, además, a los helicópteros les estaba terminantemente prohibido aterrizar, permitir que alguien saltara a tierra o recoger a nadie. Colgar de una cuerda sobre la isla Henders había demostrado ser un error fatal.

Bajo la llovizna de agua salada de las fuentes, los científicos y soldados se preparaban para una última y apresurada recogida de especímenes, cargando los tanques y los cañones de agua salada, las trampas de aluminio de los especímenes y la mayor cantidad posible de vídeos y equipo científico que pudieran apiñar en los Humvee restantes. Todos corrían agazapados, protegiendo el material y sus ojos de la lluvia de agua salada, mientras llenaban los depósitos de combustible y cargaban la caravana de vehículos.