– Eso podría ser lo mejor que jamás le haya sucedido a este planeta -murmuró el zoólogo.
Geoffrey gruñó y el doctor Cato meneó la cabeza.
– ¿Qué es lo que ha dicho? -preguntó Nell, fulminando a Thatcher con la mirada.
– El Apocalipsis podría salvar al mundo de la humanidad. -Thatcher se volvió para mirar a Nell con una sonrisa irónica-. Sólo estoy bromeando, por supuesto, doctora Duckworth. Pero si lo que hemos oído hasta ahora es verdad, ninguna forma de vida inteligente podría evolucionar en este medioambiente. No me extraña que este ecosistema haya durado tanto tiempo, evolucionando sin interrupciones desde la explosión cámbrica. Es posible que hayamos descubierto el ecosistema perfecto.
Los ojos de Thatcher brillaban, pero Nell apartó la vista con una expresión de disgusto.
Zero se volvió de la ventanilla donde estaba filmando y miró con dureza a Thatcher.
– Creo que lo que usted necesita es pasar un poco de tiempo de calidad con la vida salvaje local, profesor.
18.16 horas
El Hummer ascendió por esa carretera natural hasta alcanzar el borde nororiental de la isla. Cuando coronaron la cima del risco, el sargento Cane señaló a través de la ventanilla derecha.
– ¡Eche un vistazo a esos bichos, doctor Redmond!
Thatcher se inclinó sobre Nell para mirar.
Sobre el mismo acantilado del borde de la isla, extendidos y enmarañados, unos zarcillos secos se enroscaban hasta formar lo que parecían nidos, ocupados por centenares de huevos y pichones. Geoffrey vio que algunos se amamantaban de unos apéndices que se elevaban de esa masa confusa, vainas bulbosas conformadas de forma inquietante como cabezas de aves.
– ¿Qué cono…?
– Criaderos -le dijo el doctor Cato, atisbando a través de la ventanilla con una expresión de espanto.
Thatcher dejó escapar un gruñido al tiempo que prácticamente se echaba sobre el regazo de Nell para mirar a través de la ventanilla.
– ¿De verdad?
– ¿Podría explicar eso? -dijo Geoffrey.
– Algunas aves marinas emigran hasta aquí para reproducirse -contestó Cato.
– Las plantas se comen a los padres y las crías rompen el cascarón y dejan su marca en sus nuevas madres -añadió Nell-. Más tarde regresan aquí ya como adultos para anidar, poner sus huevos y ser comidos por las plantas. El círculo de la vida.
Nell sonrió sombríamente a Geoffrey, quien volvió a mirar a través de la ventanilla sin poder articular palabra.
– Incluso hemos descubierto subespecies de fragatas que han adaptado su pico infantil para que se ajustara a los pezones de esas cosas -dijo el doctor Cato-. De modo que, aparentemente, esas criaturas han sido unas madres excelentes durante mucho tiempo.
– ¡Dios mío! -musitó Geoffrey-. ¿Una relación depredador-presa en la que la presa evoluciona para aprovechar las posibilidades del depredador? Creo que me estoy mareando. Esas cosas han secuestrado la selección natural de la fragata. ¡Están criando su propia comida!
– Exactamente igual que hacemos nosotros -dijo Thatcher arrastrando las palabras-. ¿Acaso no han visto un pollo? La diferencia es que esa criatura ha evolucionado en tándem con su presa para preservar sólo lo que necesita para sobrevivir y no expandirse más allá de sus recursos. Uno podría dedicar toda la vida a estudiar cualquiera de los organismos de esta isla.
– Una vida corta -musitó Zero.
El sargento Cane sonrió amargamente mientras pasaban junto a los ruidosos criaderos que bordeaban el risco.
Zero lo estaba grabando todo atentamente. Cuando un chorro de jugo espeso roció la ventanilla, y oscureció la toma, soltó una maldición.
El sargento Cane se echó a reír.
– Las enredaderas que rodean los nidos lanzan un jugo de sal concentrado a los ojos. Pueden alcanzar avispas en pleno vuelo a cinco metros de distancia.
Geoffrey observó que un pájaro adolescente volaba fuera de uno de los nidos. Cada vez que intentaba regresar, una planta provista de una suerte de muelle se lo impedía.
Thatcher estaba extasiado.
– ¡Fantástico! -canturreó, tendiéndose sobre Nell para poder mirar a través de la ventanilla.
– Muy bien, ya es suficiente -dijo ella, empujando a Thatcher de nuevo hacia su asiento.
La rampa de estratos expuestos descendía desde el borde de la isla mientras continuaba rodeándola. Cane avivó la marcha y los tres Humvee aceleraron por la rampa natural.
Geoffrey se aferró al respaldo del asiento de Zero y miró a Nell, quien mantenía la mirada fija a través del parabrisas mientras la sombra que proyectaba el borde de la isla llegaba a las colinas y extinguía la señal de luz.
Finalmente llegaron a estrato inferior llano. Continuaron rodeando la concavidad en dirección norte, dejando huellas marrones en los tréboles, que gradualmente recuperaban su coloración verde detrás de ellos.
Los escalones de las laderas más elevadas estaban fundidos por la erosión como las terrazas escalonadas de los Andes peruanos, salpicados de tréboles verdes, dorados y púrpuras.
Delante de ellos, los segmentos de jungla coronaban la sucesión de salientes rocosos que surgían de la ladera.
– ¿Ven esa cornisa allí arriba? -dijo Cane, señalando a través del parabrisas.
– Sí, allí es donde pude refugiarme -dijo Zero.
– Bien, en esa cornisa no hay selva. -Cane habló por la radio-: Azul Dos y Tres, empezaremos por la terraza más elevada. Chicos, sugiero que vosotros busquéis al superviviente en las dos inferiores. Cambio.
– Aquí Azul Dos, recibido, Azul Uno.
– Aquí Azul Tres, suena bien.
– Parece que tenemos un enjambre, muchachos -dijo la primera voz.
– Recibido, gracias.
Cane hizo girar la manija de un válvula empotrada en el techo de la cabina mientras un enjambre de avispas atacaba la caravana de Humvee.
Desde el interior del vehículo pudieron oír el chirrido y el siseo de los surtidores que comenzaban a lanzar chorros de agua salada.
Las cabezas de los aspersores se elevaron a modo de telescopios en los techos de los Humvee y una fina sombrilla de agua cayó sobre cada vehículo.
El sargento Cane sonrió.
– A esos cabrones no les gusta el agua salada.
Zero se volvió y miró a Nell con expresión impasible.
– Veo que ya nos hemos adaptado a este medioambiente -dijo Thatcher irónicamente-, y lo hemos dominado con nuestras defensas tecnológicas.
Cane hizo una mueca.
– Como dicen los marines, hay que «improvisar, adaptarse, vencer».
– Exactamente -se burló Thatcher.
Cane cerró los rociadores del Hummer cuando las avispas se retiraron y Azul Uno afirmó sus cuatro mattracks, ascendiendo la pendiente junto a los gigantescos escalones.
El resto de los Humvee lo seguían a corta distancia, cada uno de ellos examinando la cornisa asignada. Azul Uno avanzó poderosamente, ascendiendo otros veinte metros hasta alcanzar la cornisa más alta, un estrato de rocas curvo que sobresalía de la escarpada ladera.
El Hummer giró hacia el reborde de roca plano. A la izquierda se mecían las copas de los árboles similares a palmeras que se elevaban desde el estrato inferior. A la derecha se alzaba una pared de piedra que la cornisa abrazaba, curvándose al llegar a un recodo y perdiéndose de vista más adelante. Por encima de ese acantilado de unos diez metros, los campos verdes se elevaban sin solución de continuidad hasta el reborde de la isla.
Un árbol caído les impedía continuar avanzando por la cornisa.