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Cane intentó pasar por encima del tronco, pero era demasiado grueso, demasiado incluso para que los mattracks pudieran superarlo. Parecía más el cuello de Godzilla que el tronco de un árbol.

– Es la cutícula exterior de un artrópodo gigante -explicó el doctor Cato-. Los árboles, de hecho, están relacionados con los bichos voladores de la isla.

– ¡Dios mío! -exclamó Thatcher.

– Parece como si un desprendimiento de rocas lo hubiera traído hasta aquí. -Geoffrey señaló hacia un trozo rocoso que faltaba del risco unos metros más arriba-. ¿Esta isla es muy inestable?

– Sí. Ha habido bastante actividad sísmica -dijo Nell.

Cane apagó el motor y todos oyeron algo tan incongruente que, al principio, no pudieron identificarlo: eran los ladridos de un perro.

– ¿Qué diablos es eso? -dijo Cane.

Un bull terrier apareció en la cornisa desde el otro lado del risco, ladrando salvajemente. Luego se volvió y desapareció detrás del recodo.

– ¡Copey! -gritó Nell.

– ¡No me lo puedo creer! -dijo Zero mientras afirmaba la mano sobre la cámara.

El bull terrier volvió a salir corriendo desde el recodo del risco, ladrando furiosamente, y luego se alejó hasta perderse de vista.

Nell apretó el hombro de Cane.

– Está tratando de que lo sigamos. ¡Vamos!

Cane intentó pasar una vez más por encima del tronco, pero luego detuvo el vehículo meneando la cabeza.

– No podemos pasar por encima de ese árbol con el Hummer. Y de ninguna manera abandonaremos el vehículo. No con la selva tan cerca de nosotros.

– ¡Alguien nos hizo señales y necesita ayuda, sargento! ¡Si Copey pudo sobrevivir aquí, nosotros también podremos hacerlo!

– Imposible. Yo no pienso salir ahí fuera.

– Zero -dijo Nell-, tú conseguiste sobrevivir. ¿Podríamos correr de prisa, echar un vistazo al otro lado del recodo y luego regresar?

Zero frunció el ceño.

– ¿Tenemos armas?

– Superremojadores -respondió Cane. Se produjo un momento de silencio-. Es verdad. Están llenos de agua salada. Y si abandonan el Hummer tendrán que calzarse botas estériles. Están en esos paquetes. Antes de volver a entrar en el Hummer, quítenselas y arrójenlas bien lejos. -El sargento miró a Nell y meneó la cabeza-. Pero este asunto no me gusta nada. Esa selva está demasiado cerca de nosotros.

Señaló hacia el costado de la cornisa, donde los árboles se mecían con el viento.

– Apenas si son unas pocas copas de árboles -dijo Thatcher.

– ¿Superremojadores? -preguntó Nell-. Deme su arma, Cane.

Él la miró fijamente, dudando. Ella lo fulminó con la mirada.

– De acuerdo -dijo el sargento finalmente y le dio su Beretta M9-. Pero no le servirá de mucho ahí fuera -le advirtió mientras le quitaba el seguro.

– ¡Nell! -El doctor Cato se volvió en el asiento delantero y la miró con un gesto de desaprobación-. ¡No puedes salir afuera!

Ella le sonrió con tristeza mientras encajaba la pistola en su cinturón.

– Lo siento, profesor. Pero debo ir.

El anciano profesor meneó la cabeza.

– ¡Es demasiado peligroso!

– ¡Alguien ha sobrevivido ahí fuera! -repuso ella.

Cato le apretó el brazo.

– No quiero que nadie más muera en esta isla -dijo Nell con determinación.

– ¡Eso es exactamente lo que quiero yo también, querida!

– Tendré cuidado -prometió ella.

El doctor Cato cerró los ojos.

Geoffrey ya estaba abriendo uno de los paquetes metalizados que contenían el calzado esterilizado.

– ¡Caray! Zapatos de goma.

– Calcetines de seguridad. -Nell le guiñó un ojo mientras se colocaba una bota de plástico sobre su zapatilla Adidas-. ¿Viene con nosotros, doctor Binswanger?

Geoffrey asintió.

– Aún estoy buscando una especie benigna en esta isla -le recordó.

Nell le tocó suavemente la rodilla y lo miró a los ojos.

– Pero no busques demasiado tiempo, ¿de acuerdo? ¿Qué dice usted, Thatcher?

– Yo me quedaré observando desde el coche -contestó el zoólogo.

– Mojaos con agua salada -les dijo Zero, rociándose con uno de los «superremojadores».

– ¡Eh, no aquí dentro! -protestó Cane.

– Lo siento -dijo Nell, rociando a Geoffrey-. ¡Aquí! Puede que no sea de gran ayuda, pero debería hacer que un bicho expulsara repelente si aterriza sobre nosotros.

– El agua ya lleva repelente de bichos -dijo Cane-. Lo hemos cogido del foso que rodea la base.

– Eso está bien -dijo Zero-. Más tarde podrá limpiar la tapicería, sargento. Mójame la espalda, Nell.

– ¿Algún consejo de cómo debemos movernos allí fuera? -preguntó Nell, rociando a Zero con agua salada mientras Geoffrey hacía lo propio con ella.

Thatcher se encogió al inhalar el olor a almizcle mezclado con el agua salada.

– No corráis en línea recta -dijo Zero-. En zigzag. Y no os detengáis por ningún motivo, ni siquiera un segundo.

– ¿Zigzag? -Cane meneó la cabeza-. Ustedes, los científicos, están todos locos. Buena suerte, muchacho. Yo no tengo absolutamente ninguna responsabilidad en esto.

– Sí, buena suerte -dijo Thatcher.

Cato apretó la mano de Nell.

– ¡Ten cuidado, jovencita!

Zero miró a Nell y a Geoffrey.

– ¿Preparados?

Empapados y armados con sus rifles de agua salada, Nell, Zero y Geoffrey saltaron del Hummer y pasaron por encima del tronco del árbol.

Geoffrey percibió de inmediato olor a azufre y una pestilencia dulce y cadavérica que surgía de la vegetación que había debajo del risco. El aire era húmedo. La hierba que cubría el terreno era sorprendentemente fina y se desgarraba bajo sus pies. La intensidad del ruido producido por los insectos que llegaba desde la jungla que se extendía debajo de la cornisa lo impresionó; era un sonido compacto de silbidos, zumbidos, chillidos y chasquidos.

Zero accionó la cámara de la NASA que llevaba sujeta a la cabeza cuando saltaron en dirección a la cornisa.

Copepod se alejó corriendo y ladrando hasta desaparecer alrededor de la pared curva del risco.

– No os detengáis -susurró Zero.

Los hombres que estaban en el Humvee observaron cómo los tres corrían detrás de Copepod. El perro se perdió de vista, luego reapareció cuando la cornisa volvía a describir una curva un poco más adelante. Finalmente, Copey desapareció a través de una grieta en el risco.

Mientras contemplaba la escena desde el Hummer, el sargento murmuró:

– No entren allí… Vamos… No lo hagan… Oh, no.

Zero, Nell y Geoffrey se detuvieron asombrados frente a la fisura que se abría en la pared del acantilado.

18.22 horas

Unos tres metros dentro de la sombría grieta vieron una figura flaca y huesuda con una brillante camiseta teñida. Tenía un ojo morado y sus gafas rotas habían sido reparadas toscamente. Su mata de pelo rubio estaba sucia y enmarañada.

– ¡Largaos de aquí! ¡Atrás! -gritó.

Nell, atónita, lo miraba boquiabierta.

– Oh, Dios mío…

Zero se echó a reír.

– Eh, ¿cómo cono has…?

– ¡Atrás! ¡Ya llegan!

A los pies de Andy Beasley, Copepod se agachó y comenzó a gruñir. Andy señaló hacia el borde.

Zero se volvió inmediatamente, accionando su rifle de agua salada. Pero el cañón estaba atascado con cristales de sal y sólo lanzó un chorro raquítico.

El ruido procedente de la jungla rugía como un huracán mientras una horda de criaturas invadía desde abajo el saliente rocoso iluminado por el sol. La marea de depredadores se dirigió hacia la pequeña cueva, un auténtico tsunami de formas y colores que saltaban, volaban, corrían, zumbaban y giraban en el aire.