Nell, Geoffrey y Zero corrieron hacia Andy, penetrando en el incierto santuario de la fisura que cortaba la roca en diagonal.
Zero se volvió y se apoyó en una rodilla. Golpeó el cañón de su rifle contra la roca, liberando así los cristales salinos, y apretó el gatillo. Al conseguir finalmente que saliera una fina lluvia de agua salada, dirigió el chorro a través de la entrada contra el enjambre que llegaba.
La pared de avispas se replegó en medio de una ola de feromonas de advertencia, pero una de ellas consiguió penetrar a través de la grieta.
La avispa zumbó por encima de ellos, rebotó contra las rocas y cayó finalmente delante de Copepod. El perro la cogió entre las mandíbulas con un gruñido, la masticó y luego la escupió, ladrando vigorosamente ante los restos del animal.
El doctor Cato, que observaba la escena desde el Hummer, aferró el salpicadero con ambas manos, tratando de ver algo en la penumbra de la cueva que se abría en la curva más alejada de la cornisa.
– ¡Están atrapados! -gritó.
– ¡Sabía que pasaría esto! -dijo Cane con furia.
Thatcher observaba fascinado por encima del hombro de Cato.
Geoffrey y Nell dispararon a su vez contra la entrada de la cueva y una niebla de agua salada cubrió la abertura entre ellos y el enjambre.
Del otro lado de la cortina de aerosol, una masa de criaturas voraces continuaban volando y saltando desde el acantilado para congregarse delante de la cueva. La multitud giraba con un movimiento constante y vertiginoso, los bichos voladores describían círculos y ochos mientras avanzaban y retrocedían. Cualquier criatura que se detuviera demasiado tiempo entre ellas perdía altura y era hecha pedazos por las demás. El enjambre se retiraba y volvía a avanzar con cada chorro de los rifles de agua.
– Muy bien -dijo Geoffrey-. Estoy dispuesto a conceder que no hay especies benignas en esta isla, de modo que larguémonos de aquí de una puñetera vez.
Nell se limitó a quedarse boquiabierta, cosa que no tranquilizó a Geoffrey.
Como si surgiera de la fusión de la luz y la niebla y la jungla que había detrás de ella, una forma arácnida apareció colgando en la entrada de la cueva ante ellos. Su pelaje denso y plateado parecía reflejar los colores del cielo y la jungla. Lo que aparentaba ser una cara se hizo visible en la parte inferior del cuerpo, una amplia boca que se abría lentamente encima de dos grandes ojos ovalados, que miraban fijamente a los cuatro humanos. Su cuerpo en forma de violonchelo pendía de un delgado hilo mientras desplegaba seis largos miembros a ambos lados de la cueva y los enjaulaba.
Desde el interior del Hummer, Cane y Thatcher vieron la aparición súbita del enorme animal, colgando sobre la cara del acantilado entre el enjambre de criaturas que avanzaba hacia la cueva y la entrada de la misma.
El sargento maldijo y cogió su rifle de agua.
– ¡Les dije que no debían ir allí!
– ¡Espere! -Thatcher observó a través del parabrisas al extraño animal que parecía aparecer y desaparecer entre las sombras.
– Oh, Dios mío, Nell… -musitó Cato.
– ¡Es una trampa! -susurró Zero, agazapándose en el interior de la fisura-. ¡Andy era el cebo!
Nell luchó contra la sensación de pánico que amenazaba con paralizarla al tiempo que contemplaba el rostro sonriente de la criatura que bloqueaba la entrada de la cueva. Cogió la Beretta y apuntó.
La cabeza del monstruo emitió un sonido estridente como un gorjeo:
– ¡Es el DÍAAAA-UVEEEEEEEEEE!
Nell, Geoffrey y Zero se quedaron paralizados, sin saber muy bien si su captor había hablado o simplemente emitido sonidos que se parecían misteriosamente a palabras.
Zero recordó al animal que había oído repitiendo su propia voz en la jungla. Se volvió hacia Nell.
– ¡Dispara!
En el interior del Hummer, la fascinación de Thatcher se convirtió en alarma al oír la penetrante voz.
– ¡Oh, no, no, no…! -murmuró Cato.
La boca de Cane se abrió en una mueca de sorpresa mientras aferraba con fuerza su rifle de agua.
La puerta se abrió de repente y Cane y Thatcher vieron que el doctor Cato saltaba fuera del vehículo.
– ¡Mierda! -dijo el sargento.
Cato cerró la puerta y saltó por encima del tronco.
Thatcher observó con asombro al pequeño y delgado científico que corría por el recodo del acantilado gritando «¡Eh! ¡Eh! ¡Eh!», al tiempo que agitaba los brazos.
– ¿Qué cono cree que está haciendo? -gritó Cane.
Nell ignoró los gritos del doctor Cato. Mantenía la mirada fija en los ojos de la especie de araña que los había atrapado en el interior de la fisura.
Una segunda oleada de bestias llegó chillando hasta el reborde rocoso desde la jungla, incluidos ahora a dos spigers del tamaño de leones africanos.
Cato apareció de pronto ante ellos, gritando cerca del borde del risco.
Uno de los spigers se volvió hacia el científico.
– ¡Venga! ¡Eh! -gritó Cato y, en un nanosegundo, el spiger que estaba más cerca lo ensartó con una púa de dos metros que atravesó el polo y salió por la espalda del científico.
– ¡Nooooooo! -gritó Nell.
Mientras una oleada de criaturas cubría el cuerpo del doctor Cato, distraídos por un momento de la presencia de los humanos en la cueva, el grito de Nell los hizo retroceder. Como si de una pared de ojos, dientes y garras se tratara, la estampida, encabezada por los spigers, uno de los cuales aún estaba tragando la pierna derecha del doctor Cato, corrió hacia la cueva que se encontraba detrás de la araña.
Nell apuntó la Beretta de Cane con manos temblorosas hacia la cara de la criatura, cerró los ojos y apretó el gatillo.
– ¡No! -gritó Andy, apartándole la mano, pero era demasiado tarde.
La pistola se disparó justo en el momento en que la criatura giraba sobre su cola con un movimiento deslumbrante hacia los animales que atacaban. Con las seis patas lanzó seis discos oscuros a través del aire.
Los discos curvos impactaron uno tras otro en los dos spigers en pleno salto, lanzándolos a tierra con los cerebelos cercenados. Las dos bestias chillaban como sirenas de policía erráticas y se agitaban violentamente, rascando el suelo con sus patas delanteras claveteadas mientras trataban de arrastrarse hacia su atacante arácnido.
Los tejones, las ratas, las avispas y los gusanos perforadores se alejaron de la cueva para cebarse con los spigers heridos.
La criatura colgante se dejó caer al suelo. Enrolló sus cuatro brazos de araña en sus dos patas multiarticuladas mientras la cola se replegaba dentro de una cavidad que había debajo del vientre. Alzándose poco más de dos metros, la criatura lanzó otros cuatro discos y abatió otros tantos animales más pequeños.
Luego, súbitamente, la criatura se agachó, reduciendo su altura a un metro y medio cuando sus «rodillas» se doblaron a ambos lados como si de las patas musculosas de un saltamontes se tratara. Avanzando sobre unas segundas pantorrillas que se extendían donde habrían estado los tobillos de un ser humano, sus «piernas» acababan en manos-pies planos y velludos. El pelaje blanco brillaba con los colores del arco iris sobre la criatura, que Nell pensó de pronto que se parecía a un canguro-cangrejo cruzado con una mantis religiosa.
Copepod corrió junto a la criatura agitando la cola.
Nell dio unos pasos para proteger al perro, pero se detuvo al ver que la criatura palmeaba a Copey con dos manos izquierdas, haciendo girar sus ojos para observar a los humanos en la cueva. Con una mano acopada les hizo un gesto y luego trotó en dirección al Hummer sobre sus dos patas articuladas. Copepod corría junto a él.
– Quiere que lo sigamos. -Andy echó a correr y luego se volvió para mirar a los demás-. Debemos ir con él si queremos seguir con vida.