Zero miró a sus compañeros con la boca abierta. Luego echó a correr detrás de Andy.
Geoffrey dudó apenas un segundo y luego los siguió, tirando de Nell, quien parecía hallarse en estado de choque.
Andy señaló la voraz pila de criaturas que se retorcían junto a la entrada de la cueva mientras ellos corrían en dirección al Humvee.
– Muy pronto habrán acabado de alimentarse. Entonces se multiplicarán. Podéis creerme, no querréis estar cerca de esos bebés. -Miró a Geoffrey y a Nell-. ¡Vamos!
Miraron por encima de los hombros la carnicería que se desarrollaba a sus espaldas mientras las hormigas-disco comenzaban a rodar en lilas blancas sobre la cornisa hacia la explosión de sangre coagulada roja y azul.
El sargento Cane se quedó paralizado cuando la criatura pasó por encima del árbol caído, con el perro saltando junto a sus patas. La criatura se elevó con dos manos apoyadas sobre el capó del Hummer y miró directamente a Cane y a Thatcher a través del parabrisas. Cane podría haber jurado que le estaba sonriendo.
18.52 horas
– Aquí Azul Uno. Hemos encontrado al superviviente. Repito, hemos encontrado al superviviente. ¿Me recibís? -La voz de Cane temblaba. A través de la radio oyó las exclamaciones de júbilo ante sus palabras.
Andy abrió la puerta del acompañante y la criatura, ante el asombro de Cane, se metió en el Hummer. Copepod y Andy saltaron dentro inmediatamente después, mientras el resto se acomodaba en el asiento trasero, apretando a Thatcher contra la ventanilla. Cane le arrebató la pistola a Nell y apuntó a la criatura.
– ¿El superviviente se encuentra bien, Azul Uno? -llegó una voz a través de la radio.
El sargento Cane, con el micrófono de la radio en una mano y la pistola en la otra, apenas si podía respirar mientras miraba a esa cosa grande que ahora estaba sentada a su lado, que había plegado sus brazos y sus patas multiarticulados y girado su largo cuello para estudiarlo con unos ojos coloridos y giratorios. Su boca se abrió y reveló tres dientes curvos y anchos como hojas de hacha en la mandíbula superior. Cane estaba demasiado asustado como para discernir si la criatura le estaba sonriendo o gruñendo.
– Azul Uno, ¿me recibe? ¿El superviviente se encuentra bien?
– ¡Estoy bien, dígaselo! -lo apremió Andy.
– ¡Eh… afirmativo! Lo… llevaremos… eh… de regreso a la base -consiguió decir Cane.
Thatcher observaba a la criatura desde el asiento trasero, al tiempo que un sudor frío le perlaba la frente.
Las ratas comenzaron a golpear los costados del Hummer como si fuesen pelotas de golf. Los gusanos perforadores aterrizaban en las ventanillas, moviendo sus fauces sobre los cristales a prueba de balas y dejando profundos arañazos en ellos.
– Será mejor que abra ese grifo -dijo Geoffrey desde el asiento trasero.
– ¡Ésas son grandes noticias, Azul Uno! ¡Grandes noticias! En ese caso, tengo a un montón de científicos que quieren recoger algunos especímenes aquí. ¿Recibido?
Cane permaneció paralizado mientras la criatura comenzó a tocar el techo y el volante con sus cuatro manos mientras sus ojos miraban rápidamente en diferentes direcciones.
– Recibido, Azul Dos -musitó Cane en la radio.
– ¡Venga, Cane, accione el rociador! -dijo Nell.
El sargento, visiblemente aturdido, dejó el micrófono de la radio y abrió el grifo del techo, rociando el Hummer con agua salada sin dejar de apuntar a la criatura. Un momento después, los bichos se retiraron y la criatura señaló excitada un gusano perforador del tamaño de una langosta que había quedado pegado al parabrisas. Las tres alas del gusano se habían extendido fuera de los paneles debajo de su cabeza y estaban aplastadas contra el cristal por la presión superficial del agua. El retorcido artrópodo desprendía alguna especie de sustancia química oleosa por el abdomen, lo que creó un brillo irisado cuando el limpiaparabrisas lo lanzó fuera del cristal.
La criatura sentada en el asiento delantero asintió mirando a Cane e hizo un gesto parecido al de alzar los pulgares en dirección a Andy utilizando los pulgares de las cuatro manos. Luego giró la cabeza sobre su contorsionado torso y le sonrió a Cane, asintiendo varias veces. Su pelo erizado y transparente brillaba con rayas y colores de luz coloreada.
– ¡Azul Uno! ¿Me recibe?
– ¡Respóndales, Cane! -dijo Geoffrey.
El sargento volvió a coger el micrófono de la radio.
– Eh…, bien…, nosotros también… Eh…, podríamos recoger algunos especímenes. Azul Uno, corto.
– ¡Diríjase hacia donde le está indicando! -gritó Andy.
– ¿Qué coño está ocurriendo aquí? -gritó Cane a su vez.
La criatura pareció canturrear mientras sus manos de seis dedos trazaban el contorno del salpicadero, golpeando las palabras en los controles y los indicadores.
– ¡Esto no me gusta nada! -exclamó Cane.
La criatura se apartó ligeramente de él. Luego cogió su muñeca con dos manos y le quitó la pistola de los dedos con las otras dos con tal velocidad y fuerza que el sargento quedó desarmado antes de que pudiera pensar siquiera en apretar el gatillo. Con un ojo protuberante, la criatura miró con curiosidad a través del cañón de la pistola.
– ¡No, Henderl Venga, dame eso, ¿de acuerdo? -dijo Andy-. ¡Muy mal!
La criatura volvió su cabeza hacia él y luego le entregó la pistola, que Andy cogió nerviosamente.
– ¡Oh, Dios mío! -musitó Nell-. ¿Nos entiende?
– ¡Devuélvame la pistola! -gritó Cane mientras la ira encendía la adrenalina en su torrente sanguíneo.
– ¡No se preocupe! -dijo Andy, entregándole el arma.
La criatura profirió un sonido como el de una cítara desde la pequeña cresta sagital en su cabeza mientras acariciaba los píxeles marrones, tostados y verdes del uniforme de camuflaje de Cane. Por un instante, el dibujo pareció proyectarse sobre el pelaje brillante de la criatura.
– ¡Vamos, chicos, tenéis que ver dónde vive!
– ¿Esa cosa… habla nuestro idioma? -preguntó Thatcher con un susurro ronco.
– ¡No, no habla nuestro idioma! -Andy puso los ojos en blanco y sonrió burlonamente al rubicundo científico-. ¡Esto no es un episodio de «Star Trek», colega! Él me salvó la vida, eso es todo lo que sé. Y también salvó a Copey. Y, además, prepara un chile que está para morirse.
– Imposible. -Zero se echó a reír mientras lo registraba todo con su videocámara desde el asiento trasero-. ¡Sir Nigel Holscombe, muérete de envidia, tío!
El sargento no dejada de apuntar a la criatura, que producía unos ruidos musicales mientras investigaba todo lo que la rodeaba sin dejar de mirar a Cane con un ojo inmóvil con tres rayas.
– Este animal -Thatcher habló con un tono de urgencia lento y calmo- es más peligroso que cualquier otra cosa en esta isla.
Geoffrey, que ahora comenzaba a sacudirse la conmoción que le había producido haber escapado por los pelos de la cueva, observó a la criatura, que acariciaba la cabeza del perro.
– Hace poco decía que sería una atrocidad destruir la vida en esta isla, Thatcher. ¿Ha cambiado de idea?
– Esto es diferente.
El Hummer se meció suavemente cuando un poderoso seísmo sacudió la isla.
– Vamos, salgamos de aquí -dijo Zero-. ¡No deberíamos permanecer mucho tiempo en el mismo lugar!
La criatura se llevó las cuatro manos a la cabeza y sus ojos se replegaron debajo de unos párpados velludos.
– Muchachos, ¿habéis notado eso? -La voz del conductor de Azi Tres crujió en la radio.
– Sí, ha sido muy fuerte -contestó el conductor de Azul Dos-. ¡Vaya! ¡Mirad eso!
Un trozo de pared de roca en la parte meridional de la isla se derrumbó, dejando un colmillo de cielo azul en el borde.
– Podríamos tener menos tiempo del que pensábamos -dijo el conductor de Azul Dos.