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– Seguid con la misión hasta que nos ordenen regresar a la base -dijo Azul Tres.

– Recibido -dijo Cane-. Cambio y corto.

Luego se volvió hacia los demás.

– ¡No estoy seguro de lo que hacemos viajando con una de las cosas que se supone que debemos eliminar de esta isla con una bomba nuclear, joder!

– ¿Qué? -Andy miró a Nell con expresión de asombro.

– El presidente dio la orden de esterilizar la isla, Andy -le explicó ella.

– Genial -repuso él-. Pero ¿qué pasa con la gente?

El sargento Cane transpiraba profusamente.

– ¿Llama a eso… una persona? -Miró con cautela a la criatura que le estaba examinando-. ¿Está seguro de que no habla nuestro idioma? Quiero decir, ¡lo oímos hablar cuando estaba en la cueva, joder!

Andy miró el uniforme de Cane con suspicacia.

– ¿De modo que es él quien está a cargo ahora? ¿Es usted el tipo de las bombas nucleares, comandante G.I. Joe? ¿Qué más me he perdido?

– Está bien, Andy -dijo Nell-. El presidente también nos pidió que comprobáramos si en la isla había alguna forma de vida que pudiera salvarse.

Geoffrey la miró sorprendido por sus palabras.

– ¿Has cambiado de parecer, Nell? -preguntó.

Ella lo miró mientras las lágrimas le humedecían los ojos.

– Esto es diferente…

– ¡Vamos! -gritó Zero-. ¡Tenemos que echar un vistazo! ¡Esto es asombroso! ¡Vaya a donde él le diga! ¡Vamos! ¡Vamos!

– ¡Tenemos que descubrir qué es lo que tenemos aquí y luego informar al presidente cuanto antes, sargento! -dijo Nell-. ¿De acuerdo?

Cane apretó los dientes. Las manos de la criatura lo comprobaban todo a su alrededor, incluido su casco. Cane cerró los ojos y respiró profundamente.

– De acuerdo. Pero he recibido órdenes estrictas de no permitir que ninguna especie no autorizada abandone la isla con vida.

– ¿Eso nos incluye a nosotros? -quiso saber Andy, visiblemente irritado-. ¿Piensa volarnos en pedazos a nosotros también, comandante Gilipollas?

– No me presione, señor.

– Sí, no lo presiones, Andy -convino Nell.

Geoffrey asintió.

– Tratemos de llevarnos todos bien -dijo.

Cane retrocedió lentamente con el Hummer y luego aceleró para subir por la pendiente.

– ¡Wheeeeee! -exclamó la criatura.

19.03 horas

Los mattracks del Hummer rodaron hasta detenerse junto a un árbol parecido a un baobab en el borde norte de la isla. Aproximadamente una docena de esos árboles gigantes colgaban del borde de la misma. Desde la distancia parecían hongos venenosos con amplias sombrillas de follaje verde y denso.

– ¿Vive ahí? -preguntó Cane.

– Esperen a ver su agujero de hobbit -dijo Andy-. ¡Oh, eh, si vamos a transportarlos fuera de la isla antes de que empiecen a caer los pepinos nucleares, será mejor que busquemos algo para embalar sus cosas!

– ¿Transportarlos? ¿Embalar sus cosas? -dijo Cane.

Andy asintió.

– Podemos utilizar las cajas de los especímenes que tenemos aquí -dijo Nell, mirando a Geoffrey; él asintió y buscó las cajas en el asiento trasero.

Copey ladraba entusiasmado y fue el primero en saltar fuera del Hummer. Allí arriba, cerca del borde de la isla, el aire era considerablemente más fresco, y el sonido de la jungla que se extendía debajo era un ruido agudo y estridente.

Cada uno de los científicos llevaba una caja de aluminio destinada a los especímenes que habían cogido de la parte trasera del Hummer.

Ahora que estaba fuera del vehículo, Cane llevaba su rifle de asalto M-l y no dejaba de examinar con cautela las ramas que se entrecruzaban por encima de su cabeza. Se encontraban muy lejos de la bulliciosa jungla que ocupaba el centro de la isla, pero nadie sabía lo que acechaba en el árbol gigante que se alzaba junto a ellos.

– Andy, ¿estás seguro de que no corremos peligro junto a esta cosa? -preguntó Zero mientras dirigía la cámara de vídeo hacia la espesura que los cubría.

– Sí, estaremos bien si nos mantenemos cerca del árbol.

Un perímetro de sal parecía haber sido excretado en la tierra alrededor del tronco del árbol. Esta medida aparentemente impedía que el omnipresente trébol de Henders atacara la superficie gris cremosa de su tronco, que era amplio como una casa. Unos escalones conducían por encima del perímetro de sal a la manera de los jardines de rocas japoneses.

Aunque al principio les había parecido a todos una araña con seis patas que se extendían cuatro metros, ahora la criatura tenía una apariencia más compacta, con dos patas plegadas hacia atrás como las de una araña, sus brazos medios actuando a modo de patas delanteras, y sus brazos superiores colocados junto a su largo cuello de tal modo que las primeras articulaciones o «codos» parecían hombros puntiagudos de los que colgaban unos brazos sorprendentemente humanos. Las manos en sus seis miembros tenían tres dedos y dos pulgares oponibles. Los científicos y el camarógrafo observaron los detalles de su anatomía con muda admiración al ver cómo se ponía en movimiento sin aparente esfuerzo delante de ellos.

La cola, larga y elástica, de la que había pendido la criatura encima de la cueva ahora estaba enrollada en el interior del vientre. Un brillo de color jugaba sobre su denso pelaje como la aurora boreal. La cabeza tenía forma de cebolla, con un cuerno sagital en la parte superior. Exhibía una frente amplia sobre una boca grande y graciosa, y no había rastros de ninguna nariz. Cuando los miraba, sus grandes ojos ovalados poseían una mirada astuta, felina, moviéndose de forma independiente en direcciones diferentes. Los ojos parpadeaban debajo de sus párpados velludos siempre que se retraían. Unos lóbulos triangulares inclinados se proyectaban a ambos lados del cuerno sagital de la criatura como arcos superciliares sobre los ojos.

La forma de su amplia boca y los labios mostraban una cordialidad como la de un pato, con comisuras sonrientes y un pico animoso en su ancho labio superior. Su expresión transmitía una elegante seguridad que los humanos encontraban desconcertante. La criatura estiró una de sus manos superiores y tocó el cañón del fusil de asalto de Cane con delicada curiosidad.

Cane apartó el fusil con gesto brusco y apuntó a la cabeza de la criatura.

– ¡No! -gritó Nell.

Copepod comenzó a ladrar frenéticamente.

– ¡Tranquilo, amigo! -dijo Zero, bajando la cámara.

– Puedes confiar en él, Hender -le dijo Andy a la criatura.

– ¿Tiene un nombre? -preguntó Thatcher.

– Todo está bien, Cane. -Geoffrey habló con más seguridad de la que sentía-. Esta cosa acaba de salvarnos la vida, ¿recuerda?

Cane se sintió acorralado y miró a Thatcher, quien asintió discretamente, indicándole que tuviese paciencia. Cane retrocedió y asintió en su dirección.

Todos miraron asombrados a la brillante criatura cuando ésta subió delicadamente los escalones y luego se volvió hacia ellos y les hizo señas de que lo siguieran. Luego abrió una puerta redonda que resultaba casi imperceptible en el abultado tronco del árbol.

En el interior, engullidos por la pulpa del inmenso árbol, se encontraron con otra sorpresa.

– Es el fuselaje de un bombardero de la segunda guerra mundial -murmuró Zero.

Andy asintió.

– Así es.

Sólo el morro del avión sobresalía del tronco, colgando sobre el acantilado en el extremo más alejado. Vieron cómo se ocultaba el sol sobre el mar a través del retorcido marco de la ventana de la cabina, que parecía haber sido cubierta con un trozo de plástico claro.

– La casa que construyó Hender -anunció Andy.

– ¿Hender? -dijo Nell.

– Así es como lo llamo a él. O a ella. O a ambos.