– Estaba a punto de tirar la toalla con respecto a esta isla -dijo Geoffrey-. Pero creo que hemos encontrado la única especie benigna posible aquí: seres inteligentes. ¡Pensad en ello!
– Debemos informar al presidente -dijo Andy-. Tenemos que detenerlos.
– Por supuesto -convino Zero, grabando la escena con ambas cámaras.
– Regresemos al Humvee y llamemos a la base por radio -sugirió Nell.
– Esperad un momento -dijo Thatcher, alzando una mano-. Tenemos órdenes estrictas de los militares en cuanto al transporte de especies fuera de la isla.
Nell lo miró con furia y un claro desafío en los ojos.
– ¿Acaso está sugiriendo que destruyamos a esas criaturas, Thatcher? ¿Es eso lo que está diciendo?
– No estoy diciendo nada; sólo pregunto: ¿qué es lo que hace que esta especie sea más valiosa que los cientos de especies que estamos a punto de incinerar, doctora Duckworth?
– No puedo creer siquiera que esté preguntando eso -replicó Nell, enojada-. Hender piensa. Conoce su pasado y planifica su futuro. Es una persona, como usted y como yo.
– ¡Sin duda alguna, ésa es su peor recomendación! -Thatcher sacudió la cabeza, riendo despectivamente-. Hace que la especie de Hender sea más peligrosa que una plaga de langostas. ¿Es que no lo ven?
– No tienen por qué ser como una plaga de langostas, Thatcher. Pueden elegir -argumentó Nell-. Las langostas no tienen ninguna opción.
– Exactamente -dijo Thatcher-. Y eso nos convierte en seres mucho peores que las langostas. No necesitan muchas de nuestras elecciones para sumar una devastación global a una escala que ninguna otra criatura jamás sería capaz de igualar. No teníamos por qué venir a esta isla, doctora Duckworth, pero lo hicimos. Y, si no lo hubiésemos hecho, ninguna de estas criaturas tendría que morir. ¿O sí?
– Ahórrenos la ironía, Thatcher -dijo Geoffrey-. Ahora estamos aquí y tenemos una obligación moral, maldita sea.
– Antes de que encontrásemos a Hender, usted quería salvar la isla -le recordó Nell a Thatcher.
Thatcher la señaló agresivamente agitando el dedo.
– ¡Y usted quería lanzarle una bomba nuclear! -Miró a los demás en busca de un aliado-. ¿Acaso a ninguno de ustedes se les ha ocurrido que esta criatura es mucho más peligrosa que cualquier otra cosa en esta isla precisamente porque es inteligente? Por Dios, este planeta puede darse por satisfecho si consigue sobrevivir a una especie inteligente, pero ¿a dos? ¿Es que se han vuelto todos locos?
Geoffrey se mofó de él.
– La vida inteligente debe de haber conseguido vivir en esta isla en perfecta armonía con su medioambiente durante millones de años para evolucionar hasta crear a Hender. Afróntelo, Thatcher, esa teoría suya acerca de que la vida inteligente debe destruir su medioambiente es errónea, ¡y estos seres son la prueba de ello! Una de mis propias teorías ya ha sido desmentida por esta isla, si es que eso lo hace sentir mejor. Yo pensaba que un ecosistema con tan escasa cooperación simbiótica ni siquiera podía existir, mucho menos durar más que cualquier otro sistema en la Tierra. Pero yo también estaba equivocado. Acéptelo, Thatcher. Bienvenido al maravilloso mundo de la ciencia.
– Es curioso -dijo Nell-. Yo pensaba que esta isla serviría para demostrar mi teoría de que las plantas polinizadas por insectos exhibirían una variación genética extrema en condiciones de aislamiento. Pero aquí no había ninguna planta que tuviera polen. No hay ninguna planta, excepto este árbol. -Miró a Thatcher con tristeza-. Pero, en cambio, lo que hemos encontrado aquí es… ¡un milagro, Thatcher!
Él la miró con una sonrisa de desdén.
– Yo también tenía la teoría -terció Zero- de que, si eras capaz de encontrar la isla más remota del planeta, darías con el paraíso. Supongo que mi teoría ha saltado asimismo por los aires.
– La isla Henders… -dijo Andy-. El lugar adonde vienen a morir las teorías. ¿Verdad, Thatcher?
– Lo que le estamos haciendo a esta isla no hace más que subrayar el peligro que entraña hacer cualquier excepción con estas especies -replicó Thatcher bruscamente.
– Esto no es un capítulo de su libro, Thatcher -gruñó Zero-. Aquí no hay que ganar ninguna discusión. ¡Venga, tenemos que salvar a estos chicos!
– ¡Son personas, Thatcher! -dijo Andy.
– ¡No, no lo son! -farfulló Cane, y luego se quedó en silencio cuando vio que Hender lo miraba desde el otro extremo del fuselaje.
– ¡Sí, lo son! -gritó Andy.
Cane aferró con más fuerza la culata del rifle de asalto.
– Relájese, amigo -le dijo Zero.
– Mire, Thatcher -prosiguió Nell-, no hay ninguna duda de que sin nuestra inteligencia esta isla jamás habría sido encontrada y nada de esto sería necesario. En nombre de la vida, lamento que cualquier cosa aquí sea destruida. Pero sería un asesinato matar a sabiendas a otros seres inteligentes, del mismo modo que sería un asesinato si permitiéramos que otras especies que habitan en esta isla llegaran al continente. Y sería un asesinato porque, a diferencia de todo lo demás en esta isla, Hender y los seres como él pueden obviamente elegir no ser unos monstruos. Y nosotros también podemos hacerlo. Estoy segura de que lo entiende, ¿verdad?
Thatcher la estudió con desprecio.
– Esa elección genera santos y pecadores, doctora Duckworth. Pacifistas y terroristas. Ángeles y demonios. Y no existe ninguna forma de prever cuál de ellos. Llevar a esta criatura y a otros seres como él al continente podría exponer muy bien al resto del mundo a un peligro que no sería capaz de resistir.
– Muy bien, ¿quién está de acuerdo en que los salvemos? -preguntó Zero, fulminando a Thatcher con la mirada al tiempo que levantaba la mano.
Nell, Geoffrey y Andy alzaron las manos.
– ¡Sí!
Cane miró a través de la ventana mientras la oscuridad iba cubriendo el cielo.
Luego todos miraron a Thatcher, esperando su respuesta.
Detrás de sus ojos, el mecanismo giraba volviendo a calcular las posibilidades en contra.
De pronto, el zoólogo suspiró, aparentemente resignado.
– Muy bien -asintió al tiempo que alzaba la mano-. Por supuesto, respetaré la decisión del grupo, ya que parece que todo el mundo está de acuerdo. -Entonces se volvió hacia Cane-. Sargento, ¿se encuentra bien? Debería acompañarlo al coche. Vamos. -Cogió a Cane de un brazo y lo hizo girar en dirección a la puerta-. Necesitamos comunicarnos con la base por radio para decirles lo que hemos encontrado.
– Disponemos de veintidós horas y media antes de evacuar la isla -dijo Geoffrey mirando su reloj-. Será mejor que les digan que tenemos que empezar a hacer los arreglos necesarios de inmediato para el transporte de estas criaturas.
Andy los siguió hasta la puerta mientras Hender se apartaba para dejarles paso.
Apenas Thatcher hubo abierto la puerta, Cane vomitó fuera del fuselaje.
– ¡Ajjj! -exclamó Andy, cerró la puerta tras de sí y volvió a reunirse con los demás.
– ¡Ajjj! -repitió Hender.
19.29 horas
Thatcher palmeó la espalda de Cane, mirando hacia los campos grisáceos que se extendían debajo mientras las ruedas giraban en su cabeza como los engranajes de una máquina tragaperras. Vio que unas formas extrañas surgían del campo púrpura que rodeaba el árbol, atrayendo pequeñas nubes de bichos brillantes.
– No sé qué se les ha metido en la cabeza -dijo el zoólogo-. Esto es exactamente contrario a lo que nos advirtió el presidente, tratar de sacar especies vivas de la isla. ¿Cómo se siente, sargento?
– ¡Me siento bien, señor! -mintió Cane.
Thatcher lo ayudó a superar los escalones que llevaban hasta el Humvee. Subió primero al vehículo y se inclinó para ayudar al soldado, pero éste rechazó su ayuda, se cogió del marco de la puerta y se instaló en el asiento del conductor.