Cane cerró rápidamente la puerta detrás de él. Estaba muy pálido y sudaba profusamente. Accionó la palanca de cambios, bajando la cabeza entre los brazos mientras respiraba profundamente varias veces.
Thatcher miró la isla a través de la ventanilla. Enjambres de insectos luminosos vagaban como espectros sobre los campos que se extendían más abajo. El anillo de la selva mostraba un resplandor tenue y rosado mientras un manto de neblina impalpable cubría la depresión alrededor del centro yermo, que sobresalía como una isla en la bruma.
– Bueno, esto es mucho peor de lo que cualquiera podría haber imaginado, sargento. Es una verdadera abominación. -Miró a Cane-. Contra Dios.
Cane cerró los ojos, respirando agitadamente y cogiendo el volante con una mano y el crucifijo con la otra.
– Estos engendros de la naturaleza no deberían coexistir con los seres humanos en la Tierra. -Thatcher volvió a mirar a través de la ventanilla. Él era ateo, pero, dadas las circunstancias, ese enfoque era el mejor, pensó-. ¿Por qué, si no, iban a mantenerlos separados de nosotros desde el principio de los tiempos, sargento? ¡Por Dios! ¿Qué es lo que estamos tratando de hacer? ¡Los científicos de la base querrán salvar a esta especie precisamente porque es inteligente!
Thatcher lo miró y luego desvió la mirada hacia la ventanilla mientras los enjambres de bichos se movían a través de las colinas cientos de metros más abajo.
– Supongo que después de que obtienes algunos de los premios más prestigiosos de la ciencia tus colegas simplemente dejan de prestarte atención.
– Cualquiera pensaría que le prestarían más atención -musitó Cane.
Thatcher profirió una carcajada y miró en dirección a la base militar, que se encontraba a un kilómetro y medio de distancia. Ese descubrimiento anularía por completo la tesis de su libro justo cuando su carrera comenzaba a despegar. El hecho de que él estuviera allí cuando se descubrió vida inteligente en el ecosistema sustentable más antiguo del planeta causaría sensación, y sería una humillación profesional después de que su Principio Redmond predijera que la vida inteligente debe destruir su medioambiente. Su Premio Tetteridge perdería de inmediato su valor, incluso sería ridiculizado. Hasta podría ser revocado. Los demás premios jamás se materializarían. Pero había algo más, algo irracional que lo impulsaba, una tentación primitiva, una oportunidad reconocida por un impulso, una oportunidad que agudizaba una compulsión a la que se había enfrentado muchas veces, una creencia en su suerte, algo que lo colocaba en oposición natural al mundo. Nunca había podido resistir la tentación de apostar contra la banca.
Thatcher suspiró.
– Me gustaría no haber ganado esos premios, sargento. Tal vez mis colegas me escucharían ahora si nunca los hubiese ganado. Tal vez me escucharían.
La voz de Cane sonó baja y seria:
– ¡Yo lo escucho, señor!
Thatcher meneó la cabeza sin mirar a Cane.
– Esas cosas pasarán a formar parte de nuestra sociedad, sargento, si abandonan esta isla. Compartirán nuestros vecindarios, nuestros trabajos, nuestras escuelas, incluso nuestros hospitales y nuestros cementerios. ¿Cómo les va a explicar eso a sus hijos? Esas criaturas son claramente superiores a nosotros física y mentalmente. Es probable que se reproduzcan más de prisa que nosotros. Les estaríamos cediendo nuestro mundo. ¿Podría repetirme cuáles son sus órdenes, sargento? Quiero decir, no quiero inmiscuirme en cuestiones militares, por supuesto, pero ¿qué haría si descubriera que alguien está tratando de sacar de forma clandestina especies vivas de la isla?…
– ¡Tengo órdenes de dispararle a cualquier persona que intente sacar de forma clandestina especies vivas de la isla, señor!
– Ah, sí. Eso es. Dígame, sargento, sólo hipotéticamente, si se encontrara usted en la extraordinaria posición, si fuera lo bastante afortunado como para encontrarse en el lugar preciso en el momento adecuado para salvar la vida de la Tierra, aunque ello significara desobedecer sus órdenes, ¿es usted la clase de persona que lo haría? ¿O es usted la clase de persona que obedecería las órdenes recibidas no importa cuáles pudieran ser las consecuencias para la raza humana?
– ¿Hipotéticamente cómo, señor? -preguntó Cane.
– ¿Qué pasaría si llamara por radio y dijera a la base que estamos recogiendo especímenes pero sin mencionar lo que realmente hemos encontrado? Ahora son las siete y media de la tarde. ¿Podría reunirse conmigo a las nueve, allí, sin que nos vean?
Thatcher señaló una ligera elevación en el terreno situada a unos treinta metros colina abajo de la casa de Hender; probablemente se trataba de una de las alas desmoronadas del B-29, hacía ya mucho tiempo desintegrada y engullida por el extraño trébol.
Cane miró duramente a Thatcher.
– ¿Y luego qué, señor?
– Luego podríamos largarnos simplemente de aquí, sargento.
– ¿Señor?
Thatcher se encogió de hombros.
– Ellos no tienen otro medio de transporte. Y mientras usted esté fuera puedo asegurarme de que no tengan ningún medio de comunicarse con la base.
– Eso sería un asesinato, señor.
– Llevarse a esas criaturas de la isla sería un genocidio, sargento. De toda la raza humana.
Después de un momento de silencio, Cane dijo:
– ¿Adonde podría ir?
– A cualquier parte. Hasta las nueve.
– ¿Y qué diríamos?
– Podríamos decir que nos atacaron mientras estábamos recogiendo especímenes y que los demás no consiguieron ponerse a salvo, sargento. Ellos insistieron neciamente en abandonar el vehículo y nosotros, sabiamente, permanecimos protegidos en el interior. Eso ha sido prácticamente lo que ha ocurrido hoy, ¿verdad? Usted no comunicó a la base lo que le pasó al doctor Cato. Diremos que todos murieron con él y en menos de cuarenta y ocho horas toda esta isla será el blanco de una bomba nuclear. ¿Podría ser más sencillo?
Cane miró al frente a través del parabrisas durante varios segundos. Luego puso en marcha el Hummer.
– Reunión a las veintiuna horas, señor -dijo, aunque se negó a mirar a Thatcher.
El zoólogo salió del vehículo y cerró la puerta del Hummer. Observó cuando Cane se alejaba.
En ese momento se percató de que el enjambre que brillaba tenuemente en la distancia cambiaba de dirección y ascendía la colina hacia él.
Thatcher se volvió y echó a correr.
19.33 horas
Thatcher irrumpió en el fuselaje y cerró rápidamente la puerta a su espalda.
Copepod le gruñó, mostrándole los dientes.
– No bueno, Thatcher -dijo Hender, provocándole un sobresalto.
– Estoy de acuerdo con él -dijo Nell-. ¿Qué han dicho, Thatcher?
– ¡Por favor, llamen a ese perro! -dijo Thatcher.
Hender silbó y Copey corrió a su lado. Hender acarició la cabeza del perro con sus dos manos derechas y Thatcher lo estudió durante un momento.
– ¿Qué fue lo que dijeron en la base, Thatcher? -preguntó Geoffrey.
– La actividad sísmica debe de estar interfiriendo la recepción de las comunicaciones -contestó él-. Cane dijo que tenía que acercarse más para transmitir el mensaje.
– ¡Joder, ese tío estaba cagado de miedo! -señaló Zero.
– Tendría que haber ido con él para asegurarse de que al presidente le llegaba el mensaje correcto -dijo Nell, pasándose la mano por el pelo en un gesto de frustración.
– Le anoté todo lo que tenía que decirles -replicó Thatcher-. ¡Cane ha dicho que regresaría pronto!
Un fuerte seísmo sacudió el fuselaje.
– Aye-yai-yai-yeesh -exclamó Hender.