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– Esto no es bueno -dijo Geoffrey, buscando de dónde cogerse y mirando a Nell.

Todos miraron la variedad de objetos de Hender, que ahora bailaban colgados del techo del fuselaje.

– Las sacudidas son cada vez más intensas -señaló Andy-. Los hendros están alterados por estos movimientos de tierra.

– ¿Hendros? -preguntó Thatcher.

– Yo los llamo hendros -dijo él-. Es una forma abreviada de hendrópodos.

Nell miró su reloj.

– Será mejor que Cane no se retrase demasiado, Thatcher. Teniendo en cuenta todo lo que debemos hacer para trasladar fuera de la isla sanos y salvos a los hendros, no tenemos mucho tiempo.

– Debería ser suficiente -dijo Geoffrey para tranquilizarla, y a continuación miró duramente a Thatcher.

19.54 horas

Veinte minutos después, Andy preguntó por enésima vez:

– ¿Dónde está nuestro conductor, Thatcher?

Hender y él jugaban a lanzarse mutuamente una pelota de plástico azul; Andy estaba sentado en el suelo delante de él mientras todos esperaban a que Cane regresara.

– ¿Cómo voy a saberlo? -repitió Thatcher, mirando nuevamente su reloj.

– Tal vez están organizando un convoy o algo por el estilo.

Geoffrey había estado contemplando maravillado cómo la criatura jugaba a la pelota con Andy, estudiando cómo se movían los brazos y se flexionaban las articulaciones, y observando la psicología y la cultura en su inteligencia, su humor y la alegre interacción con Andy.

– Este lugar muy pronto estará lleno de militares -dijo Zero.

– ¿Podéis imaginaros cómo habrá caído la noticia en la base? -preguntó Nell.

Zero dejó escapar una risita socarrona.

– Sí, debe de haber hecho saltar por los aires sus frágiles mentes de cascara de huevo.

– Tenemos que pensar en alguna forma segura de transportarlos. Andy, tú tendrías que viajar con Hender -dijo Nell.

– Asegúrate de que el ejército lo sabe, Nell -repuso él, devolviéndole la pelota a Hender-. A mí la gente no me escucha.

– Será mejor que lleguen pronto -dijo Geoffrey.

– Todo cuanto podemos hacer es esperar -dijo Zero encogiéndose de hombros.

– Pero no podemos esperar demasiado -replicó Nell.

A pesar de las torpes devoluciones y los fallos de Andy, Hender utilizaba cuatro manos, incluso la quinta y la sexta cuando era necesario, para devolver la pelota en un juego hipnótico. Copepod corría entre ambos, jadeando de excitación.

Cuando se estiraba con todos los miembros extendidos, Hender tenía la apariencia de una araña. Sin embargo, cuando estaba sentado, mostraba una barriga entre el anillo pélvico y el anillo medio, y tendía a apoyar los antebrazos superiores encima de la misma. Ahora, sentado frente a Andy con los brazos superiores plegados contra su largo cuello como si de hombros se tratara, parecía una mezcla de Buda y Vishnú, con amplios anillos de luz esmeraldas y rosados que emanaban de su pelaje blanco.

Nell y Geoffrey se sorprendieron el uno al otro contemplando el juego. Ambos se echaron a reír compartiendo su asombro y bajaron para sentarse en el suelo junto a Andy.

– ¿Sabéis? Creo que alguna especie podría haber salido ya de la isla Henders -especuló Geoffrey.

– Deja que adivine -dijo Andy, golpeando la pelota azul-. ¿Estomatópodos? -No consiguió cogerla de vuelta y Hender salvó la pelota.

– Exacto. ¡La esquila de agua! ¿Tú pensaste lo mismo?

– ¿Qué crees que fue lo que atacó el vehículo explorador de la NASA? De ese lago salieron unas esquilas de agua de diez metros de largo.

– ¡Vaya! -exclamó Geoffrey-. ¡Ángel tendría que estar aquí!

– ¿Ángel? -dijo Nell.

– Mi colega en el laboratorio, Ángel Echevarría. Un apasionado de los estomatópodos. Detectó el parecido con la esquila de agua en el último episodio de «SeaLife». Hender también guarda un vago parecido con ellas, especialmente en la forma en que pliega sus miembros superiores. Y los ojos.

– ¿Crees que la esquila de agua podría haber evolucionado aquí? -preguntó Nell.

– Los estomatópodos evolucionaron hace sólo doscientos millones de años -señaló Andy-. Este lugar ha permanecido aislado durante mucho más tiempo.

– Correcto, Andy -dijo Geoffrey-, pero el Pacífico Sur está considerado el centro de la irradiación adaptativa de la esquila de agua. La isla Henders estaba justo aquí, en el medio. Los atributos superiores de la esquila de agua podrían explicarse por este ecosistema hipercompetitivo, y continúan propagándose por todo el mundo a una velocidad asombrosa. Es posible que se trate de la única especie que escapó de la isla.

– Sí, tal vez -dijo Andy, fallando otra vez al tratar de coger la pelota.

– ¿De modo que están diciendo que esta criatura evolucionó de una esquila de agua? -Thatcher había permanecido todo el tiempo en silencio, mirando ocasionalmente el reloj.

– No, por supuesto que no -repuso Geoffrey-. No más de lo que nosotros evolucionamos de un mono araña, pero es posible que tengamos un ancestro común.

– Él no se parece en nada a un crustáceo -dijo Thatcher.

– Pero podría, si los crustáceos hubiesen seguido evolucionando en la misma dirección que lo hicieron finalmente los lagartos y los mamíferos -respondió Geoffrey-. Si los hubiesen dejado solos, ¿habrían seguido un camino similar al de los mamíferos? ¿Sus exoesqueletos se habrían encogido para sumergirse luego debajo de una epidermis impermeable y queratinosa para repeler la deshidratación, como los reptiles, los pájaros y los humanos?

– La sepia tuvo una vez un caparazón similar al del nautilo que absorbió a lo largo de millones de años -señaló Andy.

– Tal vez los mismos genes que llevaron a la exhibición de color de la sepia condujeron también a esa rama evolutiva.

– Me gusta tu manera de pensar, doctor Binswanger -dijo Nell.

Geoffrey sonrió.

Hender palmeó con impaciencia la rodilla de Andy y éste cogió la pelota y se la lanzó a la criatura.

– Eso es completamente absurdo -replicó Thatcher, negando con la cabeza-. Las langostas son más primitivas que los estomatópodos, y se cree que fueron sus ancestros. ¡Eso significaría que todos los artrópodos evolucionaron en la isla Henders!

– ¡Ja! -exclamó Andy-. Los estomatópodos y las esquilas de agua forman parte de la misma familia de artrópodos, Malacostraca, por supuesto, pero pertenecen a subclases completamente distintas. Sólo Schram pensaba que podían ser descendientes del mismo ancestro Eumalacostraca primitivo, pero la mayoría de los carcinólogos lo rechazaron como un árbol genealógico innecesariamente complicado, ¡doctor beca Genius! Y nadie, absolutamente nadie, diría que los estomatópodos descienden de las langostas. ¡ Joder!

– De acuerdo, puede que mi clasificación de los crustáceos esté un tanto oxidada -concedió Thatcher, intensamente sonrojado-. ¡La cuestión es que todos los artrópodos no pueden haber evolucionado aquí!

– No sólo pienso que no es necesario que todos los artrópodos hayan evolucionado en la isla Henders para que la esquila de agua se haya originado en este lugar -dijo Geoffrey-, sino que también creo que es posible que todos los artrópodos evolucionaran realmente aquí, doctor Redmond. En la época en que este fragmento de tierra formaba parte del supercontinente Pannotia.

– La isla Henders debió de ser mucho más grande durante la mayor parte de su historia -confirmó Nell-. Dios, entonces podría haber existido toda una civilización de la clase de Hender. ¿Quién puede saber hasta dónde se remonta su historia?