– ¡Caray, tío! -exclamó Zero con una sonrisa mientras lo grababa todo con sus cámaras. Vio un indicador rojo en su cámara manual-. ¡Mierda! -dijo, y se apresuró a cambiar la tarjeta de memoria.
– ¡Mierda, mierda, mierda! -canturreó Hender.
– No le enseñes a decir esas cosas, Zero -lo reprendió Nell.
– Lo siento -dijo él, enfocando con la cámara recién cargada.
– Aún no entiendo adonde quieren ir a parar -dijo Thatcher mientras volvía a echar un vistazo al reloj.
– La esquila de agua es, con diferencia, el crustáceo más avanzado de este planeta. Es posible que evolucionara de forma independiente en este fragmento de Pannotia antes de escapar de aquí hace doscientos millones de años. Tiene que pensar con una perspectiva más amplia y menos ortodoxa, Thatcher.
Geoffrey le sonrió a Nell.
– La maldición del hombre. -Thatcher frunció los labios debajo de su espeso bigote-. Esa perspectiva dentro de la cual estamos acostumbrados a pensar es el orden natural, doctor Binswanger.
– Esa perspectiva es el pensamiento convencional, doctor Redmond -replicó Geoffrey.
– Aquello que es racional es locura para la naturaleza. Los intentos inocentes de la mente inquisitiva llevan invariablemente a recomponer una sinfonía que ha sido afinada y sincopada durante millones de años.
– La historia de Hender demuestra que está equivocado -contestó Geoffrey.
Thatcher apretó las mandíbulas.
– En este momento, presuntamente, hay sólo un puñado de ellos. ¿Cómo puede prever lo que sucederá cuando haya millones?
– ¿Y usted?
– Esperad un momento, hay algo aquí que me preocupa -interrumpió Nell-. ¿Estáis diciendo que mi plato favorito, la langosta, podría haber evolucionado en la isla Henders?
Geoffrey asintió.
– Bueno, sí, a partir de una primera oleada de emigración, cuando Henders formaba parte del supercontinente.
Nell sonrió.
– ¿Y cómo podría haber aumentado sus expectativas de vida el hecho de vivir aislados? Tú lo mencionaste antes. Por cierto, me encanta cómo funciona tu mente, doctor Binswanger.
El pelo cobrizo de Nell estaba enredado, y su camisa aún estaba húmeda por la llovizna de agua salada. El pulso de Geoffrey se aceleró inesperadamente cuando ella se inclinó hacia adelante, una mano apoyada delante de la otra sobre sus piernas cruzadas, admirando abiertamente una parte de él que la gente raramente notaba mientras Nell lo miraba fijamente a los ojos.
Thatcher volvió a comprobar la hora, mordisqueando nerviosamente los últimos cacahuetes que había deslizado en su bolsillo número cuatro de un paquete del avión.
Andy cogió la pelota y se volvió hacia Geoffrey.
– Oh, sí, casi lo olvido: Hender tiene una colección de fósiles.
– ¿Qué?
Nell, Geoffrey y Thatcher se dieron cuenta de pronto de que los fósiles de la isla Henders eran como fósiles de Marte.
Andy sonrió.
– Así es. Y a mí me parecen biota del precámbrico. Tiene el Anomalocaris más primitivo que he visto nunca.
– Encontraron algunos restos fósiles cuando excavaron la ladera de la colina para instalar la base del ejército, pero nada que resultara identificable -dijo Nell.
– Puesto que nuestro conductor se está tomando su tiempo para regresar, Thatcher, echemos un vistazo.
– Deben de estar organizando una partida de rescate -repuso él.
– Espero que tenga razón -replicó Zero mirándolo con dureza.
– ¿Dónde están esos fósiles? -quiso saber Geoffrey-. ¡Tenemos que asegurarnos de llevarlos con nosotros!
– Hender -dijo Andy-. ¿Fósiles?
Hender asintió, volviéndose y buscando debajo de una encimera hecha con unas planchas de madera atadas entre sí. Con todos sus brazos en movimiento, sacó una pila de cuatro cestas planas y hexagonales que parecían tejidas con una fibra resistente.
Hender giró como si fuera una grúa y, con los cuatro brazos, colocó la pesada pila en el suelo. Luego abrió la tapa de la cesta que había encima.
Geoffrey y Nell se arrodillaron en el suelo casi sin aliento.
Thatcher no pudo resistir la tentación y se levantó para echar un vistazo por encima de sus hombros.
– Son fósiles de cuerpo blando -susurró Geoffrey.
– Dios mío, el detalle es exquisito -murmuró Nell mientras observaba un gusano rojizo en forma de pluma con ojos de caracol perfilados como en una instantánea.
– Parecen más antiguos que los especímenes de Burgess -señaló Geoffrey-. Incluso más próximos al inicio de la explosión cámbrica…
– ¡Mirad! Hay una versión primitiva de Wiwaxia, y… ¿eso podría ser Hallucigenia?
Nell señaló un camafeo rojo de un animal semiesférico con pequeñas púas en su lomo curvo. Un diminuto gusano claveteado estaba incrustado en el trozo de pizarra de color oliváceo.
– Podrían ser sólo crías -dijo Thatcher.
Nell levantó el trozo de pizarra para revelar otra hoja de piedra que mostraba animales fantásticos atrapados en mitad de un salto mortal, medio planeo y media pirueta por una súbita avalancha de lodo hacía seiscientos millones de años.
– Más grandes -dijo ella-. Pero, aun así, más primitivos.
– Los otros podrían ser crías -dijo Geoffrey-. Pero estos adultos siguen siendo más primitivos que cualesquiera fósiles del Cámbrico que yo haya visto. ¡Observad la simetría radial en estos artrópodos!
– ¡Mirad esta alga acolchada! ¡Dios mío, podrían ser los eslabones perdidos entre la vida ediacarana y cámbrica! -exclamó Nell.
– ¡Ésta podría ser la página ausente, el momento previo a la explosión cámbrica, antes de que la vida se ramificara hacia nuestro mundo y éste!
Zero lo estaba grabando todo en vídeo.
– No entiendo nada, chicos. ¡Pero no os preocupéis por mí!
– Fósiles -dijo Hender con orgullo.
– Sí, Hender -asintió Nell extendiendo la mano hacia él.
La criatura la cogió con cuidado entre sus cuatro suaves manos, con los ojos muy abiertos y las seis «pupilas» fijas en ella.
– Está bien, Nell -canturreó Hender.
– Sí -dijo ella mientras asentía y se echaba a reír-. ¡Está muy bien!
– Será mejor que guardemos todo esto para llevarlo con nosotros -sugirió Andy-. Hender tiene más fósiles en cestas más pequeñas por todas partes.
– ¡Oh, basta! -dijo Nell echándose a reír.
– ¡Joder! -exclamó Zero, y miró al cielo con un solo ojo-. Con este material me puedo retirar a las Fiji. -Se echó a reír-. Aunque no es que quiera hacerlo.
– ¿No? ¿Qué harás, Zero? -Nell le quitó la cámara manual, girando alrededor de él y enfocándolo con ella.
– Bueno -sonrió Zero, poco acostumbrado a encontrarse del otro lado del objetivo, con el rostro iluminado-. Probablemente navegue alrededor del mundo para grabar algunos documentales. ¡Quizá hasta escriba un libro!
– ¡Genial!
– Supongo que todos podemos escribir un libro después de esta aventura. -Geoffrey soltó una carcajada mientras Nell giraba la cámara hacia él.
– Y probablemente todos ganemos Premios Tetteridge -dijo Andy-. ¿Verdad, Thatcher?
Nell tomó un primer plano de Thatcher en el momento en que el zoólogo sonreía con expresión afectada.
Geoffrey sonrió a su vez.
– Me pregunto quién interpretará mi papel en la película -dijo.
– Tom Cruise, sin duda -murmuró Thatcher.
– Sí, eso sería divertido. Porque soy negro y Tom Cruise es blanco y todo eso, sí.
– Imaginad el libro que escribirá Hender. -Nell volvió la cámara hacia él.