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– Ahí tenemos el Nobel asegurado -dijo Andy.

De pronto, Hender le hizo una seña a Andy y se acercó a la ventanilla de la cabina.

– Quiere un poco de intimidad -tradujo Andy.

Vieron que la criatura miraba hacia el mar, donde raramente había visto los vehículos de los seres humanos pasando en la distancia.

Nell le devolvió la cámara a Zero.

Geoffrey vio un manual de señales de la segunda guerra mundial en el suelo junto a sus pies. Estaba abierto en una página con código morse. Se lo mostró a Nell.

– Andy -preguntó ella.

– ¿Sí?

– ¿Tú sabes utilizar el código morse?

– No. De pequeño no me admitieron en los exploradores.

– De todos modos, no tenemos ninguna forma de hacer señales a la base desde aquí -les recordó Zero.

Nell cogió el libro de manos de Geoffrey.

– ¡Hender debió de deducir la palabra correspondiente a la señal de socorro o emergencia y la hizo coincidir de alguna manera con el SOS del código morse!

– Espera un momento, ¿quieres decir que fue Hender quien envió esa señal? -exclamó Geoffrey.

– Eso es imposible -replicó Thatcher.

– Fue Hender quien activó la EPIRB -susurró Nell.

– Caray -dijo Zero.

– ¡Vaya! -exclamó Andy.

– ¿Qué es una EPIRB? -preguntó Geoffrey.

– La baliza de emergencia que trajo a «SeaLife» a la isla -explicó Nell-. Quizá estaba preocupado por los terremotos. Tal vez pensó que la isla estaba en peligro. Podría haber visto la palabra «Emergencia» en la EPIRB del velero que quedó varado en la playa y dedujo la manera de activar la baliza.

– ¡Sí, tío! -exclamó Zero.

– «Socorro, le dijo la araña a la mosca» -dijo Thatcher.

Una forma apareció en uno de los agujeros oscuros que había en el fuselaje por encima de Nell. Otro ejemplar de la especie de Hender observó con cautela a los atónitos seres humanos. Unos brillantes diseños en azul y verde fluctuaban en la sombra sobre su cuerpo y sus miembros cubiertos de pelo blanco antes de que entrara en la cámara iluminada de verde.

Thatcher contuvo el aliento y retrocedió un paso involuntariamente.

Detrás del primer espécimen apareció otro, y luego otro y otro más, cada uno exhibiendo una paleta de colores completamente diferente. En las manos y las espaldas llevaban bultos, morrales y paquetes que contenían un extraño surtido de objetos: herramientas, juguetes o armas personalizadas fabricadas con materiales autóctonos y hechos por el hombre recogidos en la playa y empleados para usos originales.

Los cuatro recién llegados se inclinaron con elegancia sobre sus patas elásticas y se acercaron a los humanos, desplazándose sobre cuatro o seis miembros con las cabezas gachas, como si se aproximaran a unas deidades.

Hender fue a saludarlos. Le hizo a Andy las mismas señas con las manos que habían intercambiado antes y luego sus compañeros lo siguieron a la cabina del avión en el extremo del fuselaje.

Los humanos trataron de espiarlos sin que resultara demasiado obvio cuando las criaturas se reunieron para celebrar una conferencia musical y susurrada.

Ahora el morro del avión estaba a oscuras. Sólo la luz del cielo estrellado perfilaba las siluetas de las cinco criaturas contra la cabina del B-29 que se proyectaba sobre el océano. Desde lejos, los recién llegados parecían seres ligeramente siniestros cuando volvían sus ojos brillantes hacia el grupo de los humanos.

Hender dejó de hablar y agitó algunos frascos llenos de bichos fosforescentes para iluminar la cabina del avión. Siguiendo su ejemplo, todos saludaron amablemente a los humanos antes de reanudar su discusión.

El corazón de Nell le golpeaba en las costillas. El hecho de estar en presencia de criaturas terrestres que podrían haber precedido a los seres humanos en millones de años hacía que ella también se sintiera extrañamente alienígena. Era una sensación extraordinaria.

– Una especie inteligente -susurró.

– Parece como si cada uno de ellos estuviera hablando en una lengua diferente -susurró Geoffrey a su vez.

Nell asintió.

– Quizá por eso Hender es tan bueno con los idiomas.

– Estas criaturas son un poco más inteligentes de lo que usted pensaba, ¿verdad, Thatcher? -dijo Andy.

El zoólogo no mostró expresión alguna.

– Oh, sí.

– ¿Por qué hablarán lenguas diferentes?

– Tal vez son muy, muy viejos -sugirió Nell.

– Tendrás que explicarme eso -dijo Geoffrey.

– Bueno, quizá cada uno de ellos es el último ejemplar de un grupo étnico o cultural independiente. La coloración del pelo es notablemente distinta.

– Tal vez -convino Geoffrey-. Pero en ese caso tendrían que ser increíblemente viejos, Nell, para mostrar semejante variación genética y cultural.

– Como ya he dicho, creo que estos seres son increíblemente viejos -insistió Andy.

Geoffrey consideró su propio principio relativo a la expectativa de vida mientras observaba las siluetas de las criaturas perfiladas contra la ventanilla, iluminada por la luz de la luna de ese avión caído en la isla hacía más de sesenta años.

– Es posible que realmente no tengan una duración máxima de vida.

– ¿Cómo? -preguntó Nell-. Tendrás que explicarme eso.

– Lo haré -asintió Geoffrey.

– Los hendros tienen túneles que probablemente sean estructuras de raíces fosilizadas que conectan estos árboles gigantes alrededor del borde de la isla -dijo Andy.

– ¿Cuántos árboles hay? -preguntó Geoffrey.

– Seis o siete, creo, y estas criaturas viven todas solas en árboles separados. Ese tío multicolor es pintor. El que tiene el pelo de rayas negras y azules aparentemente inventa armas y trampas y algunas otras cosas. El anaranjado es músico y creo que el verde y azul es médico.

Nell se percató de que las combinaciones de colores se volvían más intensas a medida que Andy los señalaba.

– ¿Cómo sabes lo que hace cada uno de ellos, Andy?

– Asistí a una cena organizada en el árbol del médico. Después de comer intercambiaron algunos objetos. Hender les cambió algunas cosas que había recogido en la playa.

– ¡Eso es genial! -dijo Zero.

– Creo que los hendros han tomado una decisión -observó Thatcher.

La discusión parecía haber acabado y ahora las criaturas regresaban a donde estaban los humanos. Hender se adelantó a los demás y extendió dos brazos.

– Hender comer humanos ahora -dijo.

Thatcher palideció.

Hender alzó un dedo.

– Broma -añadió.

– Yo le enseñé esa palabra -dijo Andy echándose a reír-. ¡No se asuste, Thatcher!

– Broma, Thatcher -asintió Hender.

– Este tío sin duda tiene futuro en «The Tonight Show» -dijo Geoffrey.

Los otros hendros observaron cómo se reían los humanos y se miraron entre ellos asombrados.

20.42 horas

A pesar de su apariencia alienígena, los parientes de Hender poseían una belleza extraña, con miembros elegantes que expresaban diferentes estilos al moverse. Con capacidad para moverse con dos, cuatro o seis miembros, ya fuese colgando del techo o caminando por el suelo, cada uno de esos seres se movía de maneras desconcertantemente diferentes de los demás. Era como si cinco antílopes hubieran descubierto cinco formas completamente diferentes de andar utilizando las cuatro patas. Su pelaje también variaba de forma notable, no tanto a la manera de diferentes razas de gatos, sino como personas que usaran ropa distinta. Al observarlos, sólo se podía llegar a la conclusión de que cada uno poseía un estilo original y, en ese sentido, eran esencialmente humanos. Sólo los seres humanos que caminaban, gateaban, nadaban o se lanzaban en paracaídas en caída libre mostraban una elección individual tan notable.