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Detrás de la bestia roja, dos spigers más pequeños, del tamaño de osos polares, los dos miembros de su manada, también subían la colina.

La baba lubricaba sus mandíbulas verticales y sus ojos se movían de prisa sobre los delgados pedúnculos, escudriñando en detalles vividos y vibrantes la colina que los rodeaba. El ejército de parásitos, desde hormigas-disco carroñeras hasta gusanos centípedos, recorría el pelo de la bestia gigante como si fuesen monstruos marinos luchando contra los bichos atacantes y protegiendo sus heridas para que pudieran sanar.

El spiger alfa tenía una gran cicatriz en un costado de la cara donde un rival del tamaño de un lobo había conseguido hacerle un corte antes de que la bestia partiera en dos a su joven enemigo. Los otros miembros de la manada se habían encargado de comer la otra mitad.

El spiger alia descubrió el Humvee cuando el vehículo detenía su marcha en la ladera encima de él, y redobló la velocidad.

21.04 horas

Nell y Andy llenaron las cajas de aluminio hasta los topes con los morrales de los hendros y comenzaron a guardar la mayor cantidad posible de fósiles en los espacios que quedaban, deslizando algunos incluso dentro de sus bolsillos, reacios a dejar nada detrás.

– Nell -dijo Andy-. Gracias.

– ¿Por qué?

– Por volver a buscarme.

– ¡Oh! Está todo bien, cielo -dijo ella, echándose a reír y envolviéndolo en uno de sus característicos abrazos.

– Pensé que estaba muerto -añadió él al borde de las lágrimas-. No podía creer que me hubieran salvado. Hender y los demás me acogieron, Nell, realmente lo hicieron. Teniendo en cuenta lo que piensan hacer con esta isla… -Hizo una pausa con los ojos cerrados. Finalmente suspiró y los abrió para encontrarse con los de ella-. Gracias de todos modos -dijo.

– Gracias a ti por haberlos encontrado a ellos, Andy. -Nell se apartó y le apretó el hombro-. Tu nombre entrará en la historia de la ciencia como la persona que salvó a los hendrópodos de la extinción. Venga, no tenemos mucho tiempo, salgamos de aquí.

Cada uno de ellos llevó dos cajas llenas por la escalera de caracol, dejando la quinta caja para un segundo viaje.

21.04 horas

La catarata de la Vía Láctea se filtraba a través de la pantalla de hojas de la copa del árbol. Una pesada rama se proyectaba sobre el acantilado, desde la que surgía una fila de ramas más pequeña, como si fuese una de esas estructuras en las que juegan los niños en los parques.

Ambos observaron cómo los hendros comenzaban a balancearse en la enorme rama y, con ayuda de sus cuatro patas, se estiraban y se asían a las ramas laterales más pequeñas. Se balancearon a través de ellas, girando con un miembro tras otro.

Cuando los hendrópodos llegaron a una polea que colgaba del extremo inferior de la rama, saltaron por el grueso cable de fibra vegetal hasta caer dentro de la gran cesta.

– Hum. No lo sé -dijo Andy, evaluando su ruta de escape-. Eh, ¿dónde se ha metido Thatcher?

Los demás miraron hacia atrás.

– Yo no pienso quedarme a esperarlo -anunció Zero. Saltó para aferrarse a la primera de las ramas y luego fue pasando de rama en rama sobre el abismo de doscientos metros.

Geoffrey lo siguió. Ambos hicieron que la tarea no pareciera demasiado difícil.

– Parece sencillo, chicos -dijo Nell mientras ambos se deslizaban por el cable hasta la cesta.

– ¿Cómo vamos a hacer para llevar todo esto hasta ahí? -dijo Andy, señalando las cajas de aluminio.

– No lo sé -dijo Nell-. Hend…

Cuando Nell comenzaba a llamarlos, los hendrópodos volvieron a ascender por el cable vegetal y se repartieron rápidamente por las ramas laterales formando una cadena que llegaba a la rama principal. A medida que Nell les alcanzaba las cajas de aluminio, ellos las iban pasando de unos a otros hasta que llegaron a manos de Zero y Geoffrey en la gran cesta del ascensor.

– Es tu turno, Andy -dijo Nell.

– No puedo hacerlo.

– ¡Venga, Andy! -gritó Zero-. ¡No mires hacia abajo!

– No sabía que tuvieses miedo a las alturas -apuntó Nell.

– ¿Quién no tiene miedo a las alturas?

– ¡No está tan lejos, vamos! -lo apremió ella.

Andy saltó lanzando un grito de terror y se aferró a la primera rama.

– ¡Una mano después de la otra! -gritó Zero.

Andy miró hacia la pared del acantilado y comenzó a agitar las piernas violentamente.

Hender estaba junto a Nell en la rama principal. Los otros cuatro hendros colgaban de las demás ramas delante de Andy.

– ¡Venga, Andy! -dijo Hender.

Andy extendió la mano hacia la siguiente rama y la agarró, pero cuando se balanceaba para coger la siguiente, no consiguió hacerlo y cayó.

Hender saltó y cogió el tobillo de Andy con su largo brazo mientras otros dos hendrópodos saltaban desde sus respectivos peldaños.

Como si fueran monos, un hendro estiró la mano para coger la cola de Hender al tiempo que enlazaba su cola con el que estaba detrás, quien a su vez cogió la cola del cuarto, que estaba aferrado a la escalera de ramas con sus seis manos.

Cuando Andy se precipitó al vacío junto a la pared del acantilado, las colas de los hendros se tensaron hasta el límite y, luego, al contraerse, tiraron de él hacia arriba como si de una cinta elástica se tratara.

Cuando Andy llegó a lo alto, Hender se lo pasó al cuarto hendro en la parte superior de la cadena, quien rápidamente se lo entregó a un quinto hendro que colgaba de la polea.

El quinto hendro dejó caer a Andy, quien no había dejado de gritar en ningún momento, dentro de la cesta.

Zero y Geoffrey lo recibieron con asombradas felicitaciones mientras él levantaba la cabeza, mudo de asombro.

21.05 horas

Thatcher se deslizó en el asiento del acompañante del Hummer, con la respiración agitada a causa de la carrera.

– No tienen ningún medio de ponerse en contacto con la base -dijo, cerrando la puerta.

– ¿Está seguro de que no tienen uno de estos aparatos?

– ¿Qué es eso? -preguntó Thatcher entre jadeos.

– Un teléfono vía satélite.

– No, no. Si lo tuvieran, lo habrían utilizado para comunicarse con la base.

– Los científicos creen que la isla se está hundiendo -susurró Cane-. Piensan destruirla antes de lo previsto, dentro de doce horas, dicen, si es que para entonces queda algo por destruir. Están evacuando el laboratorio y congelando los últimos especímenes para su transporte. Podríamos marcharnos ahora, señor, no hay ningún problema.

– Tenemos un problema. Esos científicos están tratando de escapar con cuatro más de esas criaturas, sargento. Están planeando utilizar para ello el ascensor que construyó esa criatura y han conseguido que venga a recogerlos ese barco del programa de televisión.

Cane metió la mano debajo del asiento con expresión grave y sacó su fusil y algunos cargadores.

– Usted conoce mis órdenes, señor. Mis órdenes son claras.

– ¿No pensará… -Thatcher abrió unos ojos como platos- dispararles?

El sargento Cane quitó el seguro del arma.

– Aun a mi pesar, señor.

– Quiero decir… a los humanos…

– Los humanos fueron advertidos de las consecuencias. No son mejores que terroristas que trataran de introducir armas de destrucción masiva en un país.