Acababa de meter las manos en el agua caliente y jabonosa cuando oyó que el timbre sonaba. Se secó las manos y fue a ver quién era.
– Sabía que no debería haberme despertado esta mañana -gruñó y abrió la puerta. Frente a ella se hallaba Stallard Beauchamp, quien la miraba con desdén. Él era lo único que le faltaba-. La señorita Irvine está en la sala de estar -comentó con acidez y dejó que cerrara la puerta mientras ella volvía a la cocina.
Para sorpresa y molestia de Farran, se percató de que él la siguió a la cocina.
Cuando Stallard vio que cada lugar disponible estaba cubierto por la sucia vajilla de porcelana, sus ojos reflejaron incredulidad.
– ¡Vaya! -exclamó al ver la pila de platos sucios en el secadero-. Al parecer, no has lavado nada en una semana.
Farran no estaba de humor para explicarle lo que pasó, y menos ahora que la miraba de modo acusatorio y reprobatorio.
– Sin nada de ayuda, lo que es imposible lleva más tiempo -replicó con enojo.
– Maldición, mujer -rugió Stallard-. Nona tiene ochenta años.
Farran no se refirió a la señorita Irvine, sino a la señora Lunn, la mujer de la limpieza a quien la señorita Irvine despidió y quien, de ser las cosas distintas, quizá habría ido a ayudarla a lavar. Sin embargo, no estaba de humor para explicarle el mal entendido. Pasó una semana desde que vio a Stallard Beauchamp, y al verlo de nuevo, la invadió otra vez el ansia física de desahogarse con él.
De pronto, Farran se percató de que todavía sostenía la toalla con la que se secó las manos. Sin pensarlo dos veces, se la lanzó a Stallard con furia.
– Puesto que te importa tanto la limpieza de una casa -explotó al dirigirse hacia la puerta de la cocina-. Tú lava.
– Así es como piensas ganarte tu herencia, ¿verdad? -gruñó antes de que la chica pudiera salir de la cocina.
– Vete al demonio -exclamó Farran y salió corriendo, sin importarle la herencia, ni otra cosa, un comino.
Capítulo 5
Farran se tranquilizó poco a poco. Estaba tan enojada con Stallard Beauchamp que la herencia no le importó nada. Pero cuando se enfrió su furia, se dio cuenta de que no podía decirle a ese detestable hombre que se fuera al demonio, pues no sólo se trataba de sí misma.
Tuvo que aceptar que estaba allí por el bien de Georgia y del tío Henry y que debía sacrificar su enojo y su orgullo.
Sin embargo, Farran seguía enojada con Stallard Beauchamp cuando de nuevo bajó sin entusiasmo alguno a la cocina. Oyó murmullos al pasar por la sala de estar y esperó que Stallard hiciera una visita aún más corta que la de la vez pasada. Con el desastre de la cocina, serían necesarias dos horas para limpiarla; con suerte, se habría ido antes de que ella terminara, y no tendría que verlo.
Estaba a punto de empezar a lavar, cuando la puerta se abrió y las picadas masculinas la hicieron decidir que ese no era su día de suerte.
Resolvió ignorarlo y empezó a lavar los platos del café.
Al poner uno en el escurridero, descubrió que Stallard no era un hombre al que se podía ignorar. Se volvió para verlo, al oírlo decir con indiscutible claridad:
– Te debo una disculpa.
– ¡Te estás disculpando! -exclamó. Su orgullo no estaba tan enterrado para no emitir algo de sarcasmo en su comentario.
– Me equivoqué -explicó con el aire de hombre que siempre se disculpa cuando comete un error.
– Debe ser la primera vez que te sucede -de nuevo halló otro comentario sarcástico y frío.
– ¿Siempre eres tan poco caritativa? -gruñó.
– Podrías hincarte de rodillas -sugirió Farran. Se percató de que iba a sonreír, divertido, y que contenía la risa, y eso hizo que ya no estuviera tan enfadada con él-. ¿Qué fue lo que te hizo cambiar de opinión? -preguntó al volver a lavar. Su respuesta la dejó atónita.
– Acabo de oír las alabanzas que hace Nona de ti -le aclaró al acercar se al fregadero.
– ¿Nona? -gimió-. ¿La misma señorita Irvine, quien…? -se interrumpió y pensó que no valía la pena decirle que la anciana se portó con mucha rudeza y exigencia durante la semana.
– La misma. Me temo que a veces Nona es algo olvidadiza y se le olvidó decirme la semana pasada que había despedido a la señora de la limpieza.
– Bueno… debe ser difícil recordarlo todo -murmuró Farran, aunque la noche anterior fue testigo de la increíble memoria de la anciana, que recordó todas las cartas en el juego de bridge. Pensó que los olvidos de la señorita sólo se referían al hecho de que dos personas se marcharon de su casa por ser tan molesta.
– Nona me dijo que, además de acompañarla, hiciste la limpieza durante toda la semana y que ayer preparaste una espléndida cena para sus invitadas.
– No quisiera que pensaras que me pagas por no hacer nada -murmuró Farran. Todavía no sabía si cambiaría el cheque en el banco para tener dinero en efectivo.
– Creo que no debo preocuparme por eso, puesto que estás haciendo el trabajo de tres personas -señaló.
El ácido de Farran se disolvió por completo; cuando se lo proponía, Stallard podía ser muy encantador.
– ¿Quieres café? -no entendió por qué su pulso se aceleró al ver que sonreía y que tomaba la toalla.
– Cuando terminemos con esto.
– Tuve intenciones de hacerlo anoche -explicó Farran al volver a lavar-. Pero…
– La señorita Jessop olvidó sus anteojos y tuviste que suplirla -parecía que la señorita Irvine le contó todo a Stallard-. Le dije a Nona que buscara otra limpiadora. Recuérdaselo si lo olvida -añadió Stallard con naturalidad.
– Tú… no deberías hacer esto -le dijo Farran momentos después.
– ¿Por qué no?
– ¿No deberías charlar con la señorita Irvine? No es justo para ella que planees pasar la mitad de tu visita en la cocina.
– No pienso hacerlo.
– ¿No?
– Una hora o más no constituye la mitad de un fin de semana, ¿verdad? -añadió Stallard, mirándola con fijeza.
– ¿Te quedarás este fin de semana?
– Si no tienes objeción.
– Claro que no -comentó Farran y él se rió. Disfrutó oírlo reír y descubrió, con cierto azoro, que ya no le importaba que se quedara unos días bajo el mismo techo que ella.
Esa no fue la única vez que Stallard la ayudó con las labores domésticas. Pronto fue la hora de la comida, así que Farran preparó algo sencillo pues decidió que irían a cenar a un restaurante. La comida fue muy agradable y la señorita Irvine charló dé modo amable.
– Te ayudaré a lavar la loza -se ofreció Stallard cuando él y Nona Irvine ayudaron a levantar los platos.
– No es necesario, pero ya que insistes… -sonrió Farran mientras la señorita Irvine iba a dormir una siesta.
Le pareció increíble que ese hombre encantador y considerado fuera el mismo al que llamó cerdo y reptil no hacía mucho tiempo.
– ¿En dónde aprendiste a cocinar? -inquirió Stallard mientras secaba platos.
– Preparar jamón y ensalada no es muy difícil -contestó la chica, de buen humor.
– ¿Y los esfuerzos de anoche?
– La señora Fenner, nuestra ama de llaves, me enseñó algunos de sus secretos culinarios cuando fui adolescente -se sintió halagada.
– ¿Cocinabas mucho en Hong Kong? -preguntó él después de una pausa, y el buen humor de Farran desapareció al recordar a Russell Ottley y la actitud que adoptaba Stallard cada vez que hablaban de Hong Kong.
– A veces -contestó con brevedad, con el deseo de dar por terminado el tema, pero no fue así.
– ¿Por qué te viniste de Hong Kong con tanta precipitación, Farran?
Farran no logró hablar; por la impresión, durante medio minuto se percató de que la observaba con fijeza y bajó la vista. Esa era la primera vez que Stallard insinuaba que quizá no habría vuelto a casa para recibir su herencia, pero tampoco deseaba que se inmiscuyera en su vida privada.