– ¿Quién dice que salí de Hong Kong con precipitación? -contestó la pregunta con otra pregunta.
– Tú fuiste -afirmó.
– No es cierto -cortó Farran sin lograr recordar con exactitud qué fue lo que le dijo antes, y esperó que Stallard tuviera el mismo problema.
– Lo implicaste -replicó, revelando que era un hombre que no se perdía de ningún detalle-. Lo insinuaste al aclamar la forma como renunciaste a tu empleo y volviste a casa.
Farran lo miró con fastidio y siguió lavando con brío la loza.
– Fue debido a un hombre, por supuesto -añadió con frialdad Stallard.
– ¿Por qué "por supuesto"? -inquirió Farran, preguntándose a sí misma cuándo se le pudo ocurrir que Stallard Beauchamp no era un cerdo.
– Tengo la certeza de que sueles trabajar duro -no era un halago pues su voz no fue cálida-. Si te dedicas un ciento por ciento a un empleo de dama de compañía que no te gusta, no me imagino que te hayan despedido de un puesto de secretaria, que sin duda te agradó mucho más que esto.
– Bueno, es lógico que me esfuerce aquí, ¿no? -intentó no darle una respuesta-. La recompensa por este trabajo promete…
– Lo cual me hace suponer -cortó para fastidio de la chica-, que saliste de Hong Kong con tanta prisa porque estabas teniendo una aventura que…
– No tuve una aventura -explotó Farran sin pensarlo-. Me fui porque no quise tener una aventura -se detuvo y se arrepintió de haber perdido la calma.
– No debió ser porque eres frígida -comentó con frialdad, observando la mirada centelleante de la chica.
Farran tuvo enormes deseos de irse de la cocina, pero sintió una oleada de obstinación que la hizo mantener su posición.
– Me fui porque… porque… -de nuevo lo odió, pero de hecho le explicó-: Para ahorrarte el hacer deducciones, te diré que estaba casado -habló con sarcasmo.
– ¿Tienes la costumbre de tener aventuras con hombres casados? -de nuevo, su voz era helada.
– No -rugió con enfado-. ¿Qué no te acabo de decir que me fui porque…?
– Entonces, ¿qué tenía éste de especial? -gruñó.
– Me enamoré de él. Eso fue lo que tenía de especial.
– Claro que él quiso tener un romance contigo.
– Lo que él quiso -de pronto sintió náuseas en su interior-, fue tener una aventura, sórdida a espaldas de su esposa.
– ¿Habrías preferido que su esposa lo supiera? -inquirió Stallard con sarcasmo y dureza.
– Creí que se estaban divorciando -explicó Farran; sin embargo se percató de que no tenía que explicarle nada-. Está bien, yo me equivoqué pero no me di cuenta… no me di cuenta… -de pronto se enojó consigo misma, tanto como con Stallard, y terminó la conversación con sequedad-. Como no estaba disponible para tener ninguna aventura temporal… regresé a casa.
Siguieron lavando los platos en silencio. Stallard dio por terminado el asunto sólo porque obtuvo toda la información que deseaba saber, pensó la joven con enojo.
Pero estaba segura de que no la creía. Estaba convencida de que él, después de extraerle sus secretos más íntimos, estaba seguro de que el motivo de su regreso a Inglaterra fue la muerte de la señorita Newbold.
Farran terminó de lavar y empezó a limpiar el fregadero, mientras Stallard colgaba la toalla.
– Iré con Nona a dar un paseo en auto… ¿quieres venir?
– No, no quiero ir. Aun a los esclavos se les otorga algo de tiempo libre.
No la sorprendió que, después de mirarla con profundo desagrado, Stallard se fuera de la cocina. Quizá le molestó mi comentario, pensó la chica. Pero, ¿a quién demonios le importa? ¡A mí no! Stallard Beauchamp podría irse al demonio si quería, de preferencia para no volver.
Inspeccionaba la cocina con ojo crítico cuando oyó que la puerta se abría y se asombró mucho al oír la voz de la señorita Irvine.
– Farran -la chica se volvió y vio que la anciana tenía puesto su abrigo y otro de sus horrendos sombreros-, Stallard y yo nos vamos ya. Querida, ¿podrías, por favor, hacerle la cama en el cuarto de huéspedes mientras estamos fuera?
Farran se percató de la gentileza con la que le hizo el pedido. ¡De qué buen humor estamos hoy!, pensó la chica con cinismo. Supo que si no lo hacía, la viejecita de ochenta años le haría la cama a ese bruto, así que tuvo que acceder.
– Claro que sí -se preguntó en dónde, en Dorset en un sábado por la tarde, se podría comprar una cama de clavos-. Que se divierta -le deseó a la anciana y fue a hacer la cama, mientras murmuraba con rebeldía que Stallard Beauchamp era ya bastante mayor para hacerse la cama él mismo.
Farran se aseguró de que todo estuviera en orden antes de bajar a la cocina, para hacer unas galletas.
Disfrutó de ese momento a solas y, al terminar de hacer las galletas, se sintió incómoda. Se preguntó si no necesitaría hablar con alguien a quien le importara y se acercó al teléfono. Se dio cuenta de que no tenía caso llamar a casa: la señora Fenner siempre visitaba a su hermana el sábado por la tarde y el tío Henry, ocupado en el taller, no oiría el teléfono. Farran se arriesgó a llamar a Georgia al salón.
– ¿Todo está bien? -inquirió Georgia al contestar.
– Sí -Farran fingió alegría-. ¿Cómo va todo contigo?
– No podría estar mejor -Georgia pareció estar tan contenta que Farran se alegró de poder ayudar a su hermanastra, a pesar de Stallard Beauchamp-. Debo irme -añadió Georgia-. Dame tu número de teléfono y te llamaré cuanto tenga más tiempo.
Farran así lo hizo. Al colgar, se nuevo se sintió incómoda. Como no tenía otra cosa que hacer, decidió ir a bañarse y cambiarse de ropa.
Ya bajaba por la escalera cuando Stallard y la señorita Irvine regresaron. Observó que él recorría con la mirada su delgado cuerpo, pero parecía tan taciturno como cuando se fue.
– Has estado cocinando -observó la anciana al oler el aire.
– Sólo unas cuantas galletas -murmuró Farran-. ¿Le gustó el paseo?
– Stallard conduce muy bien -contestó la señorita Irvine mientras se quitaba el sombrero y el abrigo y charlaba de cada detalle sin importancia del paseo.
– Supongo que necesita una taza de té -mientras Farran iba a la cocina, después de guardar el sombrero y abrigo de la señora, se alegró muchísimo. Al parecer, por los comentarios de la señorita Irvine y la actitud sombría de Stallard, la viejecita adoptó su actitud más fastidiosa de pasajero, en el auto.
Mientras ponía agua a calentar, le costó trabajo contener la risa al imaginarse la escena. Tenía la certeza de que la señorita Irvine charló durante todo el trayecto y de que molestó a Stallard, tanto como la molestó a ella misma, ordenando que tomara en sentido contrario las calles, dando instrucciones inesperadas y esperando que el conductor viera lo mismo que veía ella por la ventana.
En ese momento, Farran casi sintió agrado por la señorita Irvine. Estaba a punto de poner mantequilla en las galletas cuando Stallard entró en la cocina.
– Nona quiere sus anteojos -anunció con brusquedad.
Farran cortó una galleta por la mitad con gran serenidad.
– Suele suceder -y lo oyó exhalar con impaciencia.
– ¿Los has visto?-se impacientó.
Farran lo miró con irritación.
– Busca en el bolsillo de su abrigo… está colgado en el vestidor -le dijo, pensando que quizá la anciana los habría metido allí antes de salir.
Gracias, muy amable, pensó Farran con furia al verlo salir de la cocina hacia el vestidor. Acababa de colocar el té y galletas en la bandeja cuando de nuevo regresó.
– Nona quiere su suéter -Farran lo miró con ojos inocentes-. No recuerda en dónde lo dejó -añadió Stallard, y la chica se percató de que le costaba trabajo no perder los estribos.
Como había pasado una semana en compañía de la señorita Irvine y suponiendo que esa vez era la primera que Stallard pasaba más tiempo con la anciana, Farran se percató de que no sabía cuan exigente podía ser ella. Así que le sonrió con dulzura.