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– Su suéter está en su dormitorio. Lo colgué en su armario cuando encendí la calefacción, antes de que ustedes regresaran -le explicó con amabilidad.

Estaba apunto de salir con la bandeja, cuando Stallard entró una vez más en la cocina, con la apariencia de echar fuego por las narices en cualquier momento.

– Su tejido está al lado de la silla en donde suele sentarse -comentó Farran antes de que él abriera la boca.

– No quiere té -ignoró a la chica-. Quiere tomar leche -anunció. Se dispuso a irse, pero Farran sintió un impulso humano de venganza.

– Maldición, hombre, tiene ochenta años, sabes -ay, Dios, pensó cuando vio que Stallard se acercaba. Se preguntó si se disponía a golpearla como ella quiso hacer tantas veces. Pero, para alivio suyo, todo lo que hizo fue tomar de sus manos la bandeja pesada.

– Trae la leche -ordenó y la dejó boquiabierta.

Era muy contradictorio, pensó Farran al servir la leche en un vaso. Tenía la seguridad de que estaba harto y furioso, pero de todos modos su sentido innato de la cortesía le ordenó que él llevara la bandeja a la sala de estar en vez de Farran.

Farran se reunió con ellos. Stallard aceptó té y galletas y, viendo que la chica ya esta allí, se ocultó tras el periódico. Farran sonrió. Sabía muy bien que, si la señorita Irvine quería charlar, la barrera de un simple periódico no la detendría, y así fue.

– Estas galletas están deliciosas, Farran -la halagó-. ¿Verdad, Stallard? -se dirigió al periódico.

Farran creyó oírlo exhalar con exasperación y lo vio bajar el periódico. Las miró a ambas pero contestó con furia contenida:

– Están… bastante… ricas -y volvió a levantar el diario.

¡Cerdo! Farran sintió que tuvo ganas de ofenderla y no de halagarla con sus palabras. Casi amó a la señorita Irvine, pues ésta lo hizo bajar tres veces más el periódico antes de que Stallard se diera por vencido en sus intentos de leerlo.

En ese momento, la señorita Irvine halló un tema de discusión con Farran.

– ¿Puedes buscarme un punto? -dejó el vaso en la mesita de al lado-. Sé que al empezar tenía setenta y cinco puntos -le entregó el tejido-, pero, ahora que los conté, sólo hay setenta y cuatro.

Farran se alegró al notar que la señorita Irvine no tenía grandes pretensiones como tejedora. Halló el punto, que estaba como a veinticinco centímetros de la parte superior, y empezó a tejerlo con mucha paciencia, línea por línea.

– Ya esta -le entregó el tejido a la anciana. Se disponía a recoger la bandeja cuando se percató de que Stallard la observaba desde hacía rato.

Farran no tuvo idea de por qué su mirada le provocó un vuelco en el corazón. Pero estaba segura de que no sólo se debía a que parecía estar a punto de sonreírle.

Farran nunca supo si le sonrió o no, porque en ese momento sonó el teléfono que estaba cerca de la señorita Irvine.

– Hola -contestó la solterona. Farran estaba a punto de llevar la bandeja a la cocina cuando oyó que la anciana decía-. ¿Quién le digo que llama? -parecía ser una sirvienta educada.

En ese momento, Farran tuvo la certeza de que la señorita Irvine sí tenía sentido del humor, aunque sólo lo mostrara los sábados. Estaba a punto de irse a la cocina y dejar sólo a Stallard con la señorita, cuando se percató de estar equivocada al asumir que la llamada era para él.

– Te llama un señor Andrew Watson, Farran -la señorita Irvine le entregó el auricular con amabilidad.

Farran seguía sorprendida, pues se dio cuenta de que su viejo amigo Andrew Watson estaba al teléfono. Este había salido de Banford hacía algunos años y de alguna forma se enteró del paradero de Farran.

– ¿Andrew? -se alegró de oír la voz querida de su amigo.

– ¿Qué rayos estás haciendo en Dorset cuando éste es mi primer día de vuelta en Banford? -preguntó una voz con afecto.

– Estás en Banford…

– Estoy en casa de mis padres, pero sólo hasta que halle otro empleo -luego le explicó que, al ir a visitar a Farran a su casa, Henry le sugirió que se comunicara con Georgia-. Sabía que pasaría por cualquier cosa para encontrarte, Farran, pero no me pidas que alguna vez regrese a un salón de belleza para mujeres -dijo para hacerla reír.

– Bien, te lo prometo -rió y Andrew aclaró el motivo de su llamada.

– Georgia me dijo que tu trabajo implicaba que vivieras allí mismo, pero quería saber si la semana que viene podríamos vernos en tu día libre.

– Claro que sí -se alegró Farran y recordó que no tenía un día "libre". Miró a la señorita Irvine con la intención de preguntarle si podía ir a pasear unas cuantas horas la siguiente semana; pero se percató de que Stallard la miraba con ojos de asesino. Empezó a tartamudear y añadió con rapidez-: ¿Puedes llamarme la próxima semana? -sugirió.

– Por supuesto -Andrew colgó, después de despedirse, y Farran todavía intentaba saber qué significaba la mirada asesina de Stallard Beauchamp.

Decidió que lo ignoraría y se dispuso a llevar la bandeja a la cocina. Stallard se le adelantó. Se puso de pie y tomó la bandeja de manos de la joven.

– Permíteme -ofreció con amabilidad y Farran sintió que deseaba hablar a solas con ella, así qué lo siguió a la cocina.

– Gracias -agradeció al estar solos.

– ¿Acaso Watson es tu amante casado de Hong Kong? -preguntó Stallard Beauchamp sin preámbulos.

– No, no lo es -se enojó de inmediato al notar su descaro-. Por lo que sé, Russell Ottley sigue en Hong Kong y nunca fue mi…

– ¿Ha venido este Watson aquí a verte? -la interrumpió sin miramientos.

– No -rugió ella.

– ¿Y qué hay cerca de otros hombres? -insistió-. Te recuerdo que estás aquí para hacer un trabajo.

¡Qué injusto!

– Demonios -explotó Farran-. No he parado de trabajar desde que entré por esa puerta. En cuanto a otros hombres -eso la dejaba perpleja, pues ese mismo día fue cuando le contó de su amor por Russell-, he vivido la vida de un monja desde que llegué.

– El cambio no te perjudicará -gruñó y se fue antes de que Farran pudiera abofetearlo.

Farran añadió más adjetivos a la lista que ya le tenía reservada al odioso de Stallard y lavó todo con enojo. Por fortuna, nada salió dañado.

Después de estar media hora en la cocina, sintió que su furia había disminuido lo suficiente para entrar en la sala de estar y preguntarle a la señorita Irvine lo que deseaba cenar. Se alegró al notar que Stallard estaba a punto de marcharse.

– No te levantes, Nona -decía cuando Farran entró-, no es necesario que me acompañes a la puerta.

– Stallard ya se va -gimió Nona Irvine a Farran al verla-. Acaba de recordar que tiene que regresar de inmediato a Londres a resolver un asunto.

Farran decidió que no sería cortés mostrar su alegría frente a la anciana.

– Ay, Dios -murmuró y se enfrentó a un par de ojos grises que la observaban con dureza-. Qué triste -y sonrió con dulzura.

Se percató de que él sabía muy bien que ansiaba que se marchara cuanto antes. Tuvo la horrible sensación, a pesar de la frialdad de los ojos grises, de que sólo por el placer de borrar la sonrisa de su rostro, Stallard estuvo a punto de cambiar de idea acerca de la urgencia de regresar a Londres.

Pero no cambió de opinión. Mucho después de que se fue, Farran todavía se preguntaba el motivo de su partida. Su pretexto de tener un asunto pendiente en Londres era sólo eso: un pretexto. ¿Qué lo hizo cambiar de idea acerca de pasar el fin de semana en la casa? Aunque la señorita Irvine fue muy exigente ese día, Farran dudaba de que la anciana hubiera agotado de tal manera su energía que Stallard prefiriera marcharse.

Así que Farran dedujo que ella misma debía ser la culpable. A pesar de su alegría anterior, eso la fastidió y le desagradó. Estaba muy bien odiar a Stallard Beauchamp, pero el tener la certeza de que ella le resultaba tan desagradable que él ni siquiera podía pasar unas cuantas horas en la misma casa, era algo que la desconcertó mucho.