Capítulo 6
El domingo fue un día frío que estuvo de acuerdo con el humor de Farran. La chica suspiró al levantarse de la cama. Estaba a punto de bañarse, cuando se le ocurrió que quizá el motivo de su depresión era que no pudo intercambiar palabras amables con Stallard antes de que éste se marchara hacia Londres.
Farran reprimió el raro deseo de que Stallard Beauchamp no hubiera regresado ayer a Londres, y se concentró en sus gárgaras. Quizá el convivir con la señorita Irvine la estaba desequilibrando, se dijo con humor.
Para alegrarla, Georgia la llamó por teléfono después del desayuno, para disculparse por no haber podido charlar con ella el día anterior.
– No esperaba que lo hicieras -sonrió Farran-. Sólo hablé para saludarte. ¿Cómo van las alteraciones de la verdulería?
– Si no fuera por ese amor de arquitecto, ya me habría suicidado -exclamó Georgia.
– Dijiste que trabajarías con él para realizarlas -recordó Farran.
– Él… se… está interesando mucho por lo que hago -comentó Georgia, pero parecía dudar y no estar tan segura de sí misma como acostumbraba, Farran intuyó que quizá estaba enamorada del arquitecto.
– ¿Todavía… sales con él? -preguntó al recordar la cita anterior con el hombre. ¿Cómo se llamaba?… Sí, Idris Vaughan.
– Sí -era claro que prefería no hablar del asunto y cambió de tema-. Hablando de vida social, ¿qué haces allá para divertirte?
– Traté de jugar al bridge el viernes. Y Andrew Watson me llamó ayer.
– Vino al salón. ¿Estuvo bien darle tu número?
– Muy bien.
– ¿Y de veras estás bien allá?
– Claro -contestó Farran.
– ¿La querida anciana no es tan desagradable como pensaste?
– De hecho, me empieza a agradar -replicó Farran; después se arrepintió de ese comentario. Apenas colgó, la señorita Irvine salió de la cocina y se quejó mucho de que la había dejado sola limpiando los restos del desayuno.
Desde entonces, hasta el martes, pareció que Farran no pudo hacer nada bien para ella. Además, el martes fue el turno de la señorita Irvine para que el juego de cartas se realizara en su casa, pero ni el juego evitó que hiciera comentarios acres de cuando en cuando.
Para alivio de Farran, la señorita Irvine decidió acostarse temprano. Aun así, fueron las diez y media cuando Farran le subió su vaso de agua, su bolso y varios objetos más a la habitación.
Piensa en Georgia y en el tío Henry, se dijo Farran, al tener que bajar dos veces más por un libro y para cerrar con llave la puerta principal. Fue a revisar la puerta trasera y a apagar las luces. En ese momento sonó el teléfono.
Recordó que Andrew Watson la llamaría esa semana y también que tenía que pedirle a la señorita Irvine algo de tiempo libre, de estar la anciana de mejor humor.
– Bueno -sintió algo raro en el estómago al percatarse de que no llamaba Andrew sino Stallard Beauchamp.
– ¿Cómo está todo? -preguntó con sequedad.
– ¿Cómo esperarías que estuviera? -replicó Farran. Lo último que necesitaba era oírlo de mal humor ese día.
– ¿Cómo van las cosas entre Nona y tú? -rehízo la pregunta.
– No considerarías ponerla en un asilo, ¿verdad?
Hubo una pausa y el tono de voz fue menos duro, como si entendiera que Nona Irvine podría ser muy fastidiosa si se lo proponía.
– ¿Tan mal está la situación?
– No tanto -Farran se avergonzó de inmediato-. ¿Querías hablar con ella?
– En realidad, no -respondió Stallard y, para sorpresa de la chica, colgó. Farran se quedó perpleja, dándose cuenta de que Stallard no habló para charlar con la anciana.
Sonrió, porque entonces eso significaba que habló sólo para comunicarse con ella. Lo cual tal vez significaba que quizá no le desagradaba tanto como ella creyó. Apagó la luz y se fue a dormir.
Al día siguiente, las cosas mejoraron pues la señorita Irvine parecía estar de mejor humor.
Estuvieron tan bien que Farran le contó acerca de la llamada de Andrew del sábado pasado.
– ¿Es tu novio? -inquirió la señorita Irvine.
– No -replicó Farran-. Fuimos a la escuela juntos y como vivíamos muy cerca nos hicimos amigos. Como por ahora no trabaja, creo que podría venir cualquier día a Monkton -ya antes había mencionado que a Andrew le gustaría mucho verla.
– ¿Y te gustaría a ti verlo? -la señorita Irvine fue cordial.
– Creo que sí -sonrió la chica… y apenas dio crédito a lo que oyó.
– ¿Por qué no lo invitas a comer? -sugirió la anciana con amabilidad.
– Yo… -gimió Farran. Andrew no había pensado en comer con ella y con la octogenaria señorita Irvine, al decir que le gustaría ver a Farran. Pero la chica no quiso alterar el buen humor de la señora, así que recobró el habla-. ¿A usted no le importaría?
– En lo absoluto. Me encanta la compañía -sonrió la anciana-. ¿Te llamó tu amigo Andrew ayer por la noche? Creí oír el timbre justo después de ir a acostarme.
– Así es -asintió Farran-, pero no se trataba de Andrew, sino de Stallard…
– ¿Stallard? -interrumpió la anciana. Era claro que estaba triste por no haber hablado con él; sin embargo no mostró aspereza en la voz-. Deberías haberme llamado. Me habría puesto una bata para bajar.
– Lo siento.
– No importa. ¿Dejó algún mensaje?
– No habló mucho tiempo… sólo quería preguntar por usted -Farran pensó que era preferible contarle una mentira blanca y no que Stallard preguntó cómo iban las cosas entre ella y la señorita Irvine. No la sorprendió la sonrisa de la señora, pero sí su comentario-: Es un hombre muy amable, muy parecido a su querido padre.
Impresionada por el tono amable, casi reverente, de la voz de la anciana, Farran lo comparó con el odio y la rudeza de la señorita Irvine cuando ésta se refirió a la madre de Stallard al decir: "Esa mujer nunca fue amiga mía".
– ¿Usted… es amiga del padre de Stallard? -Farran sintió que no era una pregunta impertinente. La respuesta la impresionó.
– Murdoch Beauchamp murió -suspiró y añadió con ternura-. Él y yo éramos más que amigos -implicaba que estuvo enamorada del padre de Stallard.
Antes de que la joven lograra captar que quizá fueron amantes, el teléfono sonó. La señorita Irvine fue a contestar.
– Es para ti -le dijo a Farran y suspiró con voz baja-: Es tu amigo Andrew. Invítalo a comer.
– Tengo todo el día de mañana a tu disposición -anunció Andrew.
– Ven a comer -Farran le susurró a la anfitriona, que esperaba a un lado-: Vendrá mañana, señorita Irvine. ¿Es eso conveniente para usted?
– Perfecto -declaró la anciana-. Iremos de compras -se dirigió a ponerse el sombrero y el abrigo, pero hizo una pausa-. A propósito, llámame Nona… "Señorita Irvine" me hace sentir vieja.
Fue bueno ver de nuevo a Andrew. Era una persona muy agradable y natural. Como la señorita Irvine mantuvo el mismo buen humor del día anterior, la comida fue excelente.
– Debes venir a visitarnos de nuevo, Andrew -comentó Nona Irvine cuando éste se despedía de la anciana y de Farran.
– Gracias, sería agradable repetir esto -aceptó él y se alejó en su auto.
Pero el hecho de que Nona Irvine no se había transformado en un manso corderillo fue evidente cuando, el viernes, Farran la sacó a dar una vuelta en el auto. Después de media hora, ya estaba harta. El paseo duró una hora y el respeto de la chica por Stallard aumentó mucho. Él había dado un paseo a Nona el sábado anterior… y eso duró dos horas.
De regreso en casa, Farran preparó café y mientras lo tomaba en la sala de estar junto con Nona, el timbre de la casa sonó.