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– No hay paz para los malvados -comentó Nona con sequedad y, mientras iba a abrir, Farran se preguntó si de nuevo evidenciaba su sentido del humor. ¿Acaso estaba consciente de cómo destruyó la paz de la chica en el paseo?

Farran sonrió ante el sentido del humor raro de Nona. Seguía sonriendo cuando abrió la puerta para ver al doctor Richards.

– ¡Qué buena bienvenida! -saludó él.

– Pase -invitó la chica-. La señorita Irvine está en la sala de estar.

– ¿Quién dijo que vengo a ver a la señorita Irvine? -sonrió con descaro.

– No soy yo su paciente, doctor Richards -Farran intentó aparentar estar molesta.

– Qué bueno, Farran; de lo contrario tendría que pensarlo dos veces antes de llevarte a cenar esta noche.

Farran se dirigió a la sala de estar y, sin importarle qué pensara el médico, anunció:

– Aquí está el doctor Richards.

– Usted no era tan atento conmigo antes de que viniera Farran -comentó Nona de inmediato al verlos entrar.

– ¿Cómo puede decir eso? -rió él junto con Nona.

Después, cuando Farran despidió a Tad Richards, se había negado a cenar con él, pero aceptó llamarlo Tad. El resto del día transcurrió con tranquilidad. Nona se fue a dormir a las diez y media y Farran la acompañó para llevarle sus cosas. Volvió a bajar para asegurarse de que las puertas estuvieran bien cerradas. Al acostarse, se sintió rara, como si estuviera incómoda consigo misma y tensa al mismo tiempo.

Sin embargo, cuando Farran despertó el sábado logró saber el motivo de su incomodidad y tensión. ¡Estuvo esperando que Stallard Beauchamp fuera a visitarlas ayer!

Mientras se vestía, Farran intentó saber por qué la molestaba no saber si él las visitaría ese día o no.

Después de la visita del sábado pasado debería estar muy contenta si no volvía a verlo nunca más. Como ahora Nona estaba de mejor humor esos días, ¿acaso sería porque Farran extrañaba tener a alguien con quien discutir y reñir? Se percató de que en realidad nunca había discutido con Nona, así que no veía por qué debía de extrañar una discusión con ella o con Stallard.

Decidió que en general era una persona que amaba la paz y de pronto se le ocurrió que en su relación con Russell Ottley había sido una persona más plácida que pacífica. De pronto, de la nada, cayó en la cuenta de que, a pesar de haber salido de Hong Kong, desesperada, ¡hacía días enteros que no pensaba en Russell Ottley en absoluto! Se percató de que hacía un mes que su mente era ocupada por otro hombre y que ya no se sentía desdichada como antes.

Bajó a preparar el potaje de Nona, todavía incrédula. Aunque, al pensarlo, estaba segura de que conocer a Stallard Beauchamp y su áspera lengua tan pronto después de regresar a Inglaterra, no tenía nada que ver con el hecho de estar olvidando con tanta rapidez a Russell.

– ¿Vamos a la biblioteca a cambiar mis libros? -preguntó Nona Irvine en el desayuno.

– Claro -asintió la chica.

En la biblioteca, mientras Nona tardaba años en escoger otros libros, Farran comenzó a angustiarse por Stallard Beauchamp. Aunque decidió no pensar más en él miró con frecuencia su reloj. Y cada vez se acercó más la hora en que Stallard llegó el sábado anterior.

– ¡Vas muy rápido! -se quejó Nona cuando regresaban a la casa.

– No mucho -replicó Farran, pero pudo ahorrarse el comentario pues Nona ya le hacía otra observación.

– Cuidado con ese auto.

– Sí, ya lo veo.

– Estás demasiado cerca.

Cuando llegaron a la casa, no estaba el auto de Stallard en la puerta.

Farran preparó café y estuvo segura de que Stallard no tenía la intención de ir a Low Monkton ese fin de semana. Así que se dijo que a ella no le importaba, aun cuando a Nona le hubiera agradado verlo.

Farran dejó a Nona con sus libros y empezó a preparar la comida. De nuevo se sintió incómoda al preparar la ensalada. Quizá debí aceptar la invitación de Tad Richards, pensó. No le interesaba el médico, pero quizá salir con él reduciría el tedio de su exilio de tres meses.

Nona insistió por una vez en ayudar a secar los platos y Farran se avergonzó un poco por considerarla como la fuente de su tedio. Después, Nona volvió a su novela policiaca.

Como pensó que pronto dormiría una siesta, Farran se quedó en la cocina para no molestarla. Pensó en la armonía con la que Stallard y ella lavaron los platos el sábado pasado… ¡Maldita sea!, se dijo con enojo al percatarse de que una vez más pensaba en él. ¡Como si le importara! ¡No le importaba! No le importaba si nunca volvía a tomarse la molestia de visitar a una pobre anciana, dulce… En ese punto, Farran se detuvo. Nona Irvine era una anciana, pero no podría ser descrita como pobre ni dulce. Eso causó que Farran pensara que también el resto de sus pensamientos no era verdadero.

Decidió que tan sólo tenía un mal día. Para ser franca, no le importaba un comino si no volvía a ver a Stallard Beauchamp en su vida.

Así que la sorprendió mucho el que su corazón se acelerara el ver el conocido auto detenerse afuera. Vio la alta figura decidida de Stallard bajar del auto.

– ¡Qué bien! -exclamó Nona-. Iré a recibirlo, mientras tú preparas el té.

Farran preparó la bandeja y la tetera y oyó el murmullo de voces. Esperó a que él agua hirviera y de pronto la invadió cierta timidez de volver a verlo. Eso era raro, pues no era una chica tímida. Justo cuando se disponía a llevar la bandeja y se dijo que se dejara de ridiculeces, perdió el aliento al ver entrar a Stallard en la cocina.

– Hola -lo saludó con voz baja, de nuevo tímida.

– ¿Cómo está tu mundo? -inquirió con una sonrisa a medias que le agradó mucho a Farran.

– No me puedo quejar -devolvió la media sonrisa-. ¿Cómo está tu mundo? -preguntó a su vez con una sonrisa total. Vio cómo él le miraba la boca antes de fijar la vista en sus ojos.

– No necesita mejorías -murmuró y la hizo perder el aliento porque, aun cuando Farran no estaba del todo segura, tuvo la impresión de que no se refería a "su mundo" sino… a ella. Pero Stallard destruyó la ilusión al añadir-: ¿Está lista la bandeja?

– Puedo llevarla -pero supo que perdía el tiempo, pues Stallard ya la tomaba en sus manos.

– Pasa primero -instruyó.

Farran pasó primero y Nona sirvió el té con galletas. Farran los oyó entablar conversación y eso le dio tiempo para recobrar la compostura.

¿Qué rayos le pasaba para inquietarse tanto al verlo frente a ella? No había duda de que él no le agradaba; la mayoría de las veces se portaba como un cerdo con ella. Entonces, ¿por qué debía gustarle él?

Farran recordó a Russell Ottley y lo tonta que se portó con él. Decidió que no repetiría la experiencia… sobre todo con un hombre que tenía reputación de mujeriego. Por lo menos, de acuerdo con Georgia y con los rumores, Stallard Beauchamp era un hombre a quien le agradaban las mujeres bonitas.

– Lo siento -se disculpó al darse cuenta de que Nona la llamaba-. Me temo que…

– No te hablaba a ti, sino de ti -sonrió Nona-. Le he pedido a Stallard que se quede y le he recordado lo mucho que trabajaste el sábado pasado, mientras paseábamos nosotros, para tenerle el cuarto listo.

Farran no sabía que Nona se hubiera percatado de ese detalle, pero decidió que Stallard no la atraía y que no le importaba si se quedaba allí ese fin de semana.

– Bueno, está bien que de cuando en cuando se limpie esa habitación -fue un comentario nada comprometedor.

– ¿Preferirías que no me quedara? -inquirió Stallard de modo directo, pero sin parecer dispuesto a hacer nada que no le gusta hacer.

– ¿Cómo podría no querer que te quedaras? -sonrió Farran y dejó que él averiguara si era un comentario sarcástico o si ella, de todos modos, no tenía voz ni voto en una casa que no le pertenecía.

– Cierto, ¿cómo? -Farran se percató de que interpretó su pregunta como un reto. Stallard la ignoró, para preguntar-: ¿Qué cuarto es el mío, Nona?