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Nona se lo dijo, encantada, y Stallard le pidió que no hiciera ningún alboroto y que él podría arreglárselas solo.

– Eres mandón, igual que tu padre -señaló Nona-. ¿Qué quieres de cenar? Farran es una cocinera de primera.

– Estoy seguro de ello -aunque habló con naturalidad, pareció que no lo creía en absoluto-. Pero estoy seguro de que ella también merece una noche de descanso. Cenaremos fuera -eso hizo que Farran estuviera segura de que por nada del mundo quería probar su comida, lo cual fue como una doble agresión.

– ¿También Farran? -Nona sorprendió a la chica al hacer la pregunta.

– Yo… -intentó decir que podía comer cualquier cosa en casa.

– Claro, Farran también -interrumpió Stallard-. Es inconcebible que cenemos sin ella -¡cerdo sarcástico!, pensó la chica para sus adentros antes de que él prosiguiera-: Bueno, como necesito una camisa nueva, ¿quieres acompañarme a escoger una, Nona?

Cuando se fueron, Farran tuvo que reconocer que Stallard podía ser muy encantador cuando quería. Era obvio que no necesitaba ningún tipo de ayuda para elegir una camisa, pero Nona quedó fascinada al pensar que él valoraba mucho su opinión.

"Que se los lleve el diablo", pensó la chica al subir por la escalera. Se lavó el pelo y lo cepilló hasta hacer brillar mucho las ondas color castaño oscuro. Decidió que se pondría un traje de dos piezas color crema con una blusa de seda roja.

Todavía estaba en su cuarto cuando oyó que Stallard y Nona regresaban. Pero, en un impulso rebelde, se quedó en su habitación. Sin embargo, al oír que Nona subía con lentitud por la escalera y que entraba en su habitación, recordó que la anciana tenía artritis y le remordió la conciencia. Así que Farran fue a su cuarto para ver si Nona necesitaba ayuda.

– ¡Que bonita estás! -exclamó Nona y le aseguró que podía arreglárselas sola. Farran volvió a su propio dormitorio y se miró en el espejo. Era cierto que su cabello brillaba, pero no estaba maquillad y su blusa tampoco era nueva. De todos modos, el halago inesperado y poco frecuente de Nona la alegró un poco.

La cena no fue un éxito esa noche, desde el punto de vista de Farran. Fueron a un excelente hotel y la comida estuvo muy buena, pero Farran sintió que crecía una enemistad entre ella y Stallard.

Hacía mucho que se dio por vencida para tratar de entender cómo se deterioraron las cosas desde que se saludaron en la cocina, y se dijo a sí misma que no le importaba que Stallard le hablara con más sarcasmo que amabilidad.

Cuando salieron de la casa para ir al restaurante, aunque quiso ser puntual, Stallard y Nona la esperaban y al pie de la escalera. Farran vio que Stallard recorría su silueta con la mirada y lo oyó comentar: "El color rojo te sienta", pero salió de la casa antes de que Farran pudiera contestarle algo. La joven no tenía dudas acerca de lo quiso implicar esa vez. Lejos de decirle que el rojo le quedaba bien, estaba insinuando, gracias a que ella antes le confesó su infortunado amor por un hombre casado, que el rojo, de costumbre asociado con la inmoralidad, le sentaba bien a ella.

¡Cerdo!, se enfureció la chica, pero gracias a su buena educación no riñó con él y pudo participar de cuando en cuando en la charla durante la cena.

Sin embargo, debido al desagrado mutuo entre ella y Stallard, terminaron el primer y segundo platillos sin decirse nada uno a otro. Al llegar el postre, Farran sintió la necesidad de comentar algo, no obstante, pidió pastel de manzana; Stallard, queso y galletas, y Nona un pastel de merengue de limón.

– ¡Qué rico está esto! -exclamó la anciana al tomar un segundo bocado. De pronto mostró una sensibilidad de la que Farran no la habría creído capaz-. Claro, el que tú hiciste cuando vino a comer ese muchacho estuvo tan…

– ¿De qué muchacho se trata?-interrumpió Stallard.

– De Andrew -contestó Nona-. Me pareció una persona amable. Por una vez, pareció que a Stallard no le interesaba lo que Nona pensara. Miró a Farran con frialdad y preguntó:

– ¿Quién lo invitó?

Farran casi perdió la paciencia y sus buenos modales, pero logró tenerse.

– No tienes alguna objeción, ¿verdad? -pero no tuvo que hacer ningún comentario sarcástico o irritante, pues Nona se le adelantó.

– Yo invité a Andrew -declaró-. Creí que sería algo agradable para Farran.

Esta le sonrió de modo triunfal a Stallard y esperó que dijera algo. Sin embargo, se llevó una sorpresa al oírlo cambiar de tema, como si el asunto no le interesara.

– ¿Ya encontraste a una nueva señora que ayude con la limpieza?

– En… eso estoy -contestó Farran y comió su pastel de manzana.

Se alegró de llegar a casa y acompañó a Nona a su habitación. Bajó a cerrar con llave, pero una voz la detuvo.

– Yo cerraré -gruñó Stallard a su espalda. La chica se volvió y lo vio parado en el umbral de la sala de estar.

– Siempre y cuando no pienses que desatiendo mis deberes -comentó con acidez antes de ir a acostarse.

El desagrado mutuo prosiguió la mañana siguiente. Cuando Farran le preguntó si se quedaría a comer, Stallard le dijo que podía dejar de cruzar los dedos, puesto que no comería allí. Farran deseó golpearlo y se alegró de que llevara a Nona a dar un paseó en auto. Cuando volvieron, hacia el mediodía, Farran acompañó a Nona a la sala de estar.

– Stallard ya se va -comentó la anciana, pero, justo en ese momento, su ojo derecho empezó a llorarle. Como no tenía pañuelo, Farran se ofreció a ir por uno, pues ya sabía donde los guardaba Nona. Subió con rapidez al cuarto de la señora, sacó un pañuelo del cajón de la cómoda y, al salir corriendo de la habitación, chocó contra el cuerpo musculoso y alto de Stallard, quien se dirigía a su propio cuarto.

– ¿Por qué demonios no ves por dónde caminas? -rugió al tomarla de los brazos para evitar que Farran cayera.

– ¿Por qué demonios no…? -empezó a protestar la joven, pero al sentir sus manos en los brazos, olvidó por completo lo que quería espetarle-. ¿Por… qué… no…? -intentó decirlo de nuevo, pero su furia desapareció y de pronto perdió el aliento otra vez… y eso no tenía nada que ver con el choque recibido.

Entre sueños, pensó que algo también transformaba a Stallard. Su expresión ya no era de dureza y le preguntó con suavidad:

– ¿Por qué no… qué, Farran? -entonces, mientras la atraía hacia sí, ya no hubo necesidad de palabras. De pronto estuvieron uno en brazos del otro. Con un ansia desesperada se besaron con furia y pasión.

Farran nunca experimentó una sensación como la que la inundó al sentir la boca cálida y exploradora de Stallard sobre la suya. Al separarse, sólo logró mirarlo con perplejidad.

Al ver los cálidos ojos grises, no supo qué era lo que los suyos reflejaron. De lo único que estuvo segura fue de alegrarse de que Stallard no necesitara alientos para besarla de nuevo.

Farran sintió más placer cuando Stallard, necesitando más que un beso, empezó a acariciarle los hombros y la espalda. La apretó más y ella se acercó a su cuerpo. Siguió besándola y Farran tuvo la sensación de que se movían, pero, como estaba en trance, sólo le importaba sentir la boca de él sobre la suya. Sin embargo, recibió una impresión algo fuerte cuando Stallard empezó a besarle el cuello y Farran abrió los ojos… ¡para descubrir que estaban en la habitación de Stallard!

– Stallard -murmuró con voz ronca cuando él le besó el cuello, apartando un poco el suéter.

– Farran -contestó, y esta vez se acercaron más a la cama.

La campana de advertencia se apagó en el cerebro de Farran cuando Stallard la besó de nuevo y le acarició un seno con la mano.

Al sentir la cama detrás de sus piernas, de pronto Farran tuvo un pensamiento lúcido al que se aferró para no perder el controclass="underline" en ese momento, apretó la mano y se dio cuenta de que tenía allí el pañuelo de Nona. En ese instante, actuó. Estaba demasiado confundida para saber si era el miedo de que Nona, desesperada por encontrar un pañuelo, subiera para hallarlos juntos, o si el motivo fue el último resabio de fuerza de voluntad que le quedaba. Tampoco pudo saber si se alegraba de separarse de Stallard o si se entristecía al hacerlo. De cualquier forma, lo empujó y Stallard se tensó de pronto, la miró a los ojos y dejó caer los brazos.