No sabía si su confusión era obvia para él. Pero Stallard siguió mirándola a los ojos cuando retrocedió un paso y exclamó:
– ¡Dios! -habló como si no pudiera creerlo, y como si de todos modos sintiera que era cierto-. ¿Tú… no… nunca…?
Farran tragó saliva al percatarse de lo que quería decir.
– Nun… nunca -replicó con voz temblorosa y trató de sonreír-. Me estoy reservando.
Stallard no le devolvió la sonrisa y retrocedió un poco más. Pareció recobrarse de la sorpresa causada por la virginidad de Farran y comentó con suavidad:
– Espero que el hombre afortunado con quien te cases, sepa apreciarlo.
Farran volvió a tragar saliva y huyó del cuarto.
Capítulo 7
Después de irse Stallard, Farran quedó muy ansiosa. Nunca antes sintió una emoción tan fuerte, tanta pasión, como cuando estuvo en brazos de él. Así, no fue de extrañarse que pensara en Stallard durante el resto del domingo y todo el lunes. El martes, cuando despertó pensando en él, creyó que quizá ya no era normal que el recuerdo de sus besos estuviera aún tan vivo.
– ¿A quién le toca este martes? -inquirió Nona en el desayuno.
– Creo que a Lydia Collier -respondió Farran; sintonizó su frecuencia con la de Nona, pero de nuevo su mente se centró en Stallard. Después de dejar esa tarde a Nona en casa de Lydia Collier, mientras esperaba en casa a que la anciana la llamara para que la fuera a buscar, Farran recordó otra vez a Stallard.
Al entrar en la casa, seguía preguntándose por qué no podía dejar de pensar en él cuando de pronto de detuvo. Se aferró al respaldo de una silla y palideció. Se dejó caer en la silla y trató de ver qué fue lo que pasó, pues, una vez sola en la casa silenciosa, de pronto supo lo que era verdad en sus sentimientos.
Recordó sus palabras al hacer referencia al "hombre afortunado con quien te cases", y sin duda alguna estuvo segura de que quería que fuera él el hombre con quien se casara.
Media hora después, Farran todavía intentaba acostumbrarse a esa revelación. Pensó que no podía ser cierto, que aún amaba a Russell Ottley, pero al comparar lo que sintió por él con lo que sentía por Stallard, no tuvo dudas acerca de que nunca amó a Russell.
Además, sabía que lo que le provocaba Stallard no era tan sólo un simple enamoramiento. Tampoco era algo físico, nacido de la urgencia que ambos sintieron al besarse; era algo que se venía gestando hacía algún tiempo.
El tiempo transcurrió y Farran también reconoció que nada bueno podría salir de su amor por Stallard. ¿Cómo podría ser de otra forma? Aparte de los rumores acerca de que era un hombre que no parecía querer sentar cabeza, ella ni siquiera le agradaba, mucho menos la amaba. Quizá la besó y la deseó, pero seguía estando convencido de que era una mujer muy materialista… y nada de lo que Farran pudiera decir o hacer alteraría ese hecho. Farran estaba pensando que su dignidad le impedía suplicarle que él cambiara esa opinión de ella, cuando el teléfono sonó.
– ¿Puedes venir a recogerme, Farran? -pidió Nona.
– Salgo para allá -Farran miró su reloj y se percató de que durante horas sólo pensó en su amor por Stallard y nada más. Pero el descubrir que amaba a un hombre a quien creyó odiar no alteró la rutina del miércoles ni del jueves. Cierto, ahora Nona estaba de mejor humor, pero había días en que Farran no paraba de subir y bajar por la escalera para traerle cosas que la anciana creía necesitar.
– Necesito más lana para tejer. Iremos a ver tiendas -anunció Nona el viernes. Farran pensó que quizá su artritis ya no la molestaba tanto, puesto que durante los dos últimos días no se interesó en su tejido.
Farran también se sintió mejor ese día, más viva. La semana transcurrió con enorme lentitud, pero por fin mañana sería sábado. ¿Acaso Stallard las visitaría?
Stallard no fue a verlas ese sábado, y cuando fue a acostarse, Farran tenía los nervios deshechos de tanto estar esperando oír un auto acercarse y luego alejarse.
El domingo decidió que no sufriría el mismo tormento mental ese día.
– ¿Quiere ir a dar un paseo? -le preguntó a Nona durante el desayuno.
– Stallard puede venir mientras estamos fuera -señaló Nona, así que Farran tuvo que quedarse en casa… y estaba tensa al acostarse, pues ese día tampoco vieron a Stallard.
Logró dejar de pensar en el hombre a quien amaba cuando, al día siguiente, el doctor Richards llegó a la casa.
– Como es lunes, pensé que estaría ocupado atendiendo enfermedades de lunes por la mañana -comentó Nona tan pronto como vio al médico entrar en la sala de estar.
– Este fin de semana tuve que estar de guardia, así que el lunes al mediodía me dejan salir del hospital -sonrió el aludido.
– ¿Así que ésta no es una visita de rutina? -Nona estaba tan alerta como siempre.
– El venir a verla nunca es una rutina, señorita Irvine -replicó-. ¿Cómo está usted hoy?
– Me sentiría mejor se viniera a visitarme el hijo de un viejo amigo mío -contestó.
Diez minutos después, Farran acompañó al médico a la puerta, con la sensación de que también ella se animaría si Stallard fuera a verlas.
– Tengo dos entradas para una obra de teatro espléndida -le comentó Tad Richards en el vestíbulo.
– Quizá podría acompañarlo, pero, como la señorita Irvine no se siente muy animada hoy, creo que mejor me quedaré a acompañarla -Farran hizo uso del pretexto ofrecido por Nona, sin remordimiento alguno.
– Ni siquiera te he dicho para cuándo son las entradas -exclamó con molestia.
– Será otro día -abrió la puerta para no comprometerse más.
– No me daré por vencido -sonrió-. Me verás el próximo lunes… y el lunes dentro de quince días.
Pero Farran lo vio antes del lunes siguiente. Aunque, para empezar, la semana comenzó como de costumbre y esa vez la sesión de bridge tuvo lugar en casa de Celia Ellams.
Sin embargo, al llegar el viernes, Farran se animó de nuevo. Le pareció lógico que, como no fue la semana pasada, Stallard de seguro iría a Low Monkton ese fin de semana.
Pero el sábado, para su gran decepción, éste no apareció. El domingo por la mañana, estaba muerta de angustia por esperarlo. Al llegar la hora de la comida, Nona mostró desilusión y pareció pensar que tendrían que esperar otra semana, para ver si el próximo sábado Stallard iba a la casa.
– Creo que iré a acostarme un rato -anunció Nona de pronto.
– ¿Se siente usted bien? -Farran no se alarmó porque a veces Nona prefería dormir la siesta en su cama y no en la silla.
– Muy bien -le aseguró.
– Iré a buscar mi libro y la acompañaré -dijo Farran y las dos subieron por la escalera.
Farran entró en su cuarto y tomó el libro, pero se preguntó cómo podría entender algo puesto que seguía pensando en Stallard. Resolvió intentarlo y salió al pasillo cuando le pareció oír un gemido.
Corrió al cuarto de Nona y vio a la anciana aferrada a la cómoda de cajones.
– Tuve un mareo -comentó tan pronto como Farran entró.
– ¿Cómo se siente ahora? -Farran ocultó su preocupación.
– Muy bien -declaró Nona, pero dejó que la chica la ayudara a sentarse en la cama.
– ¿Le duele algo?
– No -sonrió Nona, pero alarmó a Farran al añadir-: Pero creo que me meteré en la cama en vez de quedarme encima.
Un cuarto de hora después, ya que hubo ayudado a la anciana a meterse en la cama, Farran bajó. Como seguía preocupada, llamó a Tad Richards.