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– Siento llamarlo el domingo por la tarde -se disculpó la joven y le contó lo sucedido.

– Iré a verla -contestó con naturalidad-. Llegaré en cinco minutos.

En efecto, estuvo en la casa en cinco minutos. Farran ya lo esperaba con la puerta abierta, para que Nona no pensara que se trataba de Stallard si el médico tocaba el timbre.

– No le he dicho a la señorita Irvine que le pedí que viniera -le advirtió al hacerlo pasar.

Nona estaba despierta cuando entraron en su habitación y Farran descubrió que Tad dio un excelente pretexto para justificar su presencia en la casa un domingo por la tarde.

– ¿Qué es lo que me hace? -bromeó al acercarse a la cama-. Aquí vengo, dispuesto a pedirle a la encantadora Farran que venga a cenar conmigo, y me dice que mi otra amiga favorita no se siente bien.

– No tengo nada malo -protestó Nona, pero no se opuso a que el médico la revisara.

– Perfecto -concluyó Richards al revisarle el corazón-. Pero como no suele tener mareos, creo que su cuerpo le pide un poco de descanso. ¿Va a complacerme y quedarse en la cama durante unos cuantos días?

– Puede… que sí -replicó y cerró los ojos.

– ¿De veras está tan bien como le dijo? -inquirió Farran al despedir al médico en la puerta.

– Vivirá muchos años todavía, aunque, igual que todos nosotros, puede haber días en que no se sienta del todo bien. Me parece que está demasiado cansada, así que la cama es el mejor lugar para ella. Ahora -adoptó su aire mundano-, ¿me harás ver como un mentiroso o vendrás a cenar conmigo?

– ¿Cómo podría, Tad? -sonrió Farran-. No puedo dejar sola a la señorita Irvine mientras está indispuesta.

– ¿Qué es lo que he hecho? -se llevó una mano a la frente.

Farran dejó de sonreír al subir la escalera. Todavía le preocupaba la salud de Nona.

– No estoy dormida -Nona abrió un ojo cuándo Farran asomó la cabeza.

– ¿Cómo se siente?

– Si vas a armar un alboroto, me levantaré -amenazó la señorita, aunque no tenía la misma voz de enojo que de costumbre.

– Entonces dejaré de armar un alboroto -sonrió Farran-. ¿Quiere dormir, hablar o le traigo un té con galletas?

– Hablando de comida, ¿vas a cenar con el doctor Richards hoy por la noche?

Farran se dio cuenta de que si le daba la misma razón a Nona que al doctor Richards, la anciana se levantaría de la cama.

– No -negó con la cabeza y se sinceró-: Hace poco que tuve una decepción amorosa con un hombre. Por ahora, no me interesa mucho el otro sexo -aunque eso ya no fue tan sincero.

– El amor puede ser una atadura -comentó Nona, como si hablara por experiencia. Cerró los ojos y se durmió.

Farran bajó y trató de no alarmarse por ella. Pero aunque Nona no parecía estar enferma, tampoco tenía al ánimo de costumbre. Volvió a preocuparse cuando, al subir de nuevo, Farran se dio cuenta de que la señora estaba despierta. Le preguntó si quería charlar un rato, a lo cual la anciana se negó… ¡Algo rarísimo en ella! Más tarde, le llevó la cena a Nona. Aunque ésta solía tener un apetito fenomenal, apenas tocó la comida… eso sí que preocupó a la joven.

Durante media hora se preguntó qué debía hacer. Sabía que tenía que llamar a Stallard; pero no deseaba hacerlo. Entonces, ¿llamar a Tad? Pero, ¿para qué? La condición de Nona no había cambiado; sin embargo, no cenó casi nada y eso sí que era extraño.

Después de media hora, Farran no dudó de que no debía llamar a Tad Richards sino a Stallard, aun cuando no quisiera hacerlo, puesto que éste la empleaba para cuidar de la anciana.

¡Diablos! Sin vacilar más, fue hacia el teléfono y lo llamó.

– Beauchamp -contestó una voz conocida.

– Habla… Farran -logró decir, después de una pausa en que sintió las entrañas como de gelatina.

Después de otra pausa, Farran intentó recobrar la compostura mientras Stallard le preguntó con dureza, como si no recordara haberla besado con pasión jamás:

– ¿Qué quieres?

– Para mí… nada -habló con frialdad. Se sintió herida al darse cuenta de que, mientras ella pensó en él durante dos semanas, parecía que no le importó a él ni un comino-. Sólo te llama para avisarte que Nona no se siente bien.

– Creo que sería mejor que llamaras a un médico -replicó Stallard, cortante.

– Ya vino el médico -rugió Farran herida por su tono frío e impersonal, después de la calidez que compartieron.

– ¿Qué le pasa?

– Está muy fatigada y necesita estar en reposo en cama -Farran consideró que eso era suficiente y colgó el auricular de golpe. ¡Cerdo! se enfureció. Al pasársele el enojo, se preguntó a sí misma qué fue lo que deseó de él. Era un hombre de mundo y era probable que estuviera acostumbrado a besar a mujeres sin pensar mucho en ellas después… mucho menos a recordar esos momentos íntimos y cálidos.

Farran subió a su cuarto con la certeza de que Stallard nunca la amaría. Triste, al percatarse de que ella pensaba todo el tiempo en Stallard y que no debía pasarle lo mismo a él, fue al cuarto de Nona.

– Bueno, ¿quiere que la acompañe un rato? -sonrió a la anciana.

Cuando Farran se fue a dormir, su preocupación por la señorita disminuyó mucho. Le pareció que había recobrado su ánimo de costumbre, pues antes de que Farran se acostara, la señorita Irvine le pidió que le subiera una docena de cosas que estaban en el piso de abajo y que prefería tener a la mano.

Cansada, Farran por fin dejó a Nona acostada para dormir. Fue a su propio cuarto con la intención de leer. Pero durante media hora no logró sumergirse en la trama, pues una parte de sí misma insistía en pensar en Stallard y en que, después de besarse así, de seguro él hubiera podido ser menos frío por teléfono.

¡Maldito sea! Farran apartó el libro y, segura de que no podría leer esa noche, trató de dormir. Estaba alargando la mano para apagar la lámpara de noche cuando se detuvo al oír que algo golpeaba el cristal de la ventana. Miró con fijeza el vidrio y el sonido se repitió.

Farran trató de no hacer caso a su acelerado corazón y pensó que no podría tratarse de Stallard. Mas cuando se levantó de la cama para investigar, no la sorprendió que él fuera la primera persona en quien pensó… de todos modos estaba en su mente todo el tiempo.

– Se puso una bata rosa y miró por la ventana. Su corazón latió desaforado al ver con alegría al hombre alto, afuera.

Se apartó de la ventana y, ejerciendo un gran control sobre sí misma, bajó de puntillas por la escalera. Al abrir la puerta, su corazón estaba rebosante de alegría, aun cuando habló con dureza:

– Espero que tengas buenos motivos para hacer que la gente decente salga de su cama -saludó a Stallard cuando él entró en el vestíbulo.

– ¡Qué primor! -murmuró él al mirarla a la luz del vestíbulo.

Farran se alejó con rapidez y, como no quería que el sonido de sus voces despertara a Nona, se metió en la cocina. Todavía intentaba saber si Stallard quiso decir que su saludo fue un primor o si fue el verla sin una gota de maquillaje lo que era primoroso, cuando se dio cuenta de que él la siguió a la cocina.

– Supongo que no esperas que te prepare la cena -su tono siguió siendo duro, pero la sorprendió la réplica de Stallard.

– No me atrevería -mientras Farran ponía agua para hacer café, prosiguió-: Se me ocurrió que como has estado cuidando de Nona durante todo el día, era justo que yo viniera a hacer el turno de noche. Mañana conseguiré a una enfermera -ya no hablaba con burla.

– No hará falta una enfermera.

– ¿No?

Farran le contó todo lo sucedido y la visita del médico.

– No quise alarmarte cuando hablé por teléfono -aclaró al percatarse de que logró preocupar a Stallard lo bastante para que fuera a Low Monkton esa noche. Le dio una taza de café y se le ocurrió algo-. ¿Tenías la intención de pasar la noche aquí? -intentó aparentar que eso no le importaba, pero en su interior ansiaba saborear todos los momentos posibles a su lado.