– No veo cómo habría podido ser enfermero nocturno de no ser así -replicó, pero, para alegrar a Farran, no hubo sarcasmo en su voz.
– De todas formas, ¿planeas quedarte, ahora que… bueno, que ya no son necesarios tus servicios como enfermero? -inquirió la joven, esperanzada.
– ¿Echarías a un hombre en una noche como ésta? -la diversión lo hizo sonreír.
Farran no veía nada malo en la noche y también sonrió. Vio que Stallard le miraba la boca y sintió el peligro. Todo lo que él tenía que hacer era alargar una mano y estaría perdida… lo sabía.
– No tiene nada que ver conmigo el que te quedes o te marches -comentó con pudor y aunque quería seguir charlando, se dio la vuelta-. Iré a cerrar y…
– Creo que eso me lo puedes dejar a mí -murmuró Stallard-. De todas maneras he de sacar mi maleta del auto.
– Entonces, buenas noches.
– Buenas noches, Farran -habló con suavidad.
Al llegar arriba, Farran seguía con el corazón acelerado. En ese momento, al oír la voz de Nona, se dio cuenta de que había una tercera persona en la casa.
– ¿Acaso llegó Stallard? -preguntó la anciana.
– Este… sí -replicó Farran y añadió, al darse cuenta de que Nona debía tener una intuición brillante-. Está sacando su maleta del auto y luego subirá. Supongo que vendrá a verla antes de irse a dormir. ¿Necesita algo, Nona?
– Ahora no -contestó-. Buenas noches, querida.
Farran durmió mejor esa noche que lo que había dormido desde hacía dos semanas. Sin embargo, a la mañana siguiente despertó temprano, para bañarse y vestirse con rapidez. Stallard tenía que recorrer largo camino para llegar a Londres y quería verlo antes de que se fuera a su oficina.
Pero al bajar a la cocina se percató de que Stallard despertó aún más temprano. Ya bebía una taza de café y leía el periódico.
– Buenos días -saludó la joven cuando Stallard bajó el periódico para verla.
– Buenos días -volvió a ver el periódico.
Farran se percató de que Stallard había vuelto a llenar la cafetera para ella, y la encendió. Luego, preparó el potaje para Nona y empezó a hacerse un huevo tibio. Se preguntó si debía hacerle el desayuno a Stallard. Lo miró con disimulo y se sobresaltó al darse cuenta de que ya no leía el periódico sino que observaba con detenimiento cada movimiento de ella.
– Este… ¿a qué hora te vas? -preguntó para ocultar su momentánea timidez.
– ¿Intentas deshacerte de mí? -inquirió con sorna y Farran sintió un gran amor por él. Eso era lo último que quería pero, como él no debía saber lo mucho que significaba y que le importaba volverlo a ver, habló con naturalidad.
– No -intentó implicar que no le importaba si se quedaba o no y prosiguió-: Lo que pasa es que, como tienes que atender un negocio…
– Espero que el negocio pueda sobrevivir un par de días sin mí -interrumpió Stallard con suavidad.
El corazón de Farran le dio un vuelco al oír que Stallard insinuaba que se quedaría en Low Monkton un par de días. Tuvo grandes dificultades para mantener su rostro impasible pero, al preparar la bandeja del desayuno de Nona, pensó que lo había logrado. Tomó una flor de las que había en un jarrón en el alféizar de la ventana y la colocó en la bandeja.
Tomó la bandeja y se dirigió a Stallard, quizá porque él ya la había ayudado antes con bandejas.
– Bueno, sé úticlass="underline" llévale esto a Nona.
En ese momento supo que se enfurecería, pues no era un hombre a quien le gustara recibir órdenes. Stallard se acercó a la chica, miró la bandeja y la flor y clavó la vista en los ojos de la joven.
– Qué bonito -comentó con un murmullo y Farran no logró evitar sonrojarse. Se dio cuenta de que Stallard la vio ruborizarse y éste continuó-: Me refería al arreglo de la bandeja.
Farran apartó la bandeja y habló con aspereza.
– ¿A qué otra cosa podrías referirte? -se hubiera marchado de no ser porque Stallard la hizo levantar la barbilla con un dedo.
– Sin embargo, si hablara de ti, mi querida Farran -los ojos grises miraron los cafés temerosos de la joven-, habría usado la palabra "hermosa".
El corazón de la chica le dio otro vuelco y ésta pensó que ya nunca más le latiría con normalidad. Nunca supo cómo logró aparentar frialdad.
– De todos modos, te prepararás tú mismo el desayuno.
Su corazón siguió inundado de alegría cuando Farran lo oyó reír y le llevó el desayuno a Nona. Estaba feliz por estar bajo el mismo techo que él y eso la alegró en todo lo que hizo durante las horas siguientes. Estuvo consciente de que Stallard hizo unas llamadas de negocios mientras ella iba a ver cómo seguía Nona.
– Estoy fresca como una lechuga -declaró Nona y amenazó-: Creo que voy a levantarme.
Después de prometer que le haría su pollo favorito para la comida, Farran logró que la señorita se quedara en cama y ella volvió abajo.
Contenta, limpió la sala de estar y empezó a escribir una lista para ir de compras. Estaba inmersa en los ingredientes del pollo, cuando Stallard se le acercó por detrás para ver qué hacía, emocionándola mucho.
– ¿Todo eso es para hoy?
– Sólo son unos cuantos víveres -comentó la chica.
– Yo iré de compras, si quieres -se ofreció, pero Farran pensó que no sería una buena idea, ya que no parecía haber ido al mercado nunca, y le sonrió.
– Estoy segura de que Nona preferiría que la acompañaras -comentó con tacto y, al ver su maravillosa sonrisa, se dio cuenta de que no lo engañaba ni un momento.
Farran tardó un poco más de tiempo con las compras, debido a que ese día había un invitado muy especial en casa. Una vez que acabó, se apresuró a llegar a casa, pero tuvo que reconocer que el motivo no era Nona.
Como de costumbre después de ir de compras, descargó las bolsas en la puerta principal. Y esta vez, gracias al ansia que la invadía de entrar en la casa, no metió el auto en la cochera sino que lo estacionó junto al de Stallard.
Sin embargo, se olvidó del auto por completo una vez que entró en la casa y oyó voces provenientes de la sala de estar. Nona, a riesgo de perder una suculenta comida, se había levantado de la cama.
Farran dejó las bolsas de la compra en la cocina y fue a la sala de estar. Consciente de que Stallard estaba sentado frente a Nona, le habló con dureza fingida a esta última.
– ¿Acaso sirve de algo decirle que descansará mejor en su cama que aquí?
– Stallard ya me dijo todo eso -sonrió Nona y no mostró ningún arrepentimiento al preguntar-: ¿Acaso comeré sólo pan y agua?
Farran se rió y al regresar a la cocina, oyó cómo Nona le explicaba a Stallard que había intentado mantenerla en cama valiéndose de un soborno alimenticio.
La comida fue espléndida y muy alegre. Nona comió muy bien y la conversación se mantuvo viva y animada. A veces, mientras Nona se dirigía a ella, Farran se percataba de que Stallard la miraba y tuvo que hacer un esfuerzo para limitar el número de veces que lo observó.
Cuando Nona fue a su silla favorita en la sala de estar, Farran sintió que su felicidad se desbordaba cuando Stallard empezó a limpiar la mesa.
– Puedo hacerlo sola -le pareció que era cortés protestar, pero se dio cuenta de que Stallard también podía ser muy considerado cuando lo oyó comentar.
– ¿Adónde más puedo ir para no molestar a Nona mientras duerme su siesta?
Farran estuvo en el quinto cielo cuando Stallard la ayudó a lavar los platos. Estaba tan enamorada de él que no logró hallar un tema de conversación. Por fortuna, Stallard le anunció que, como al parecer ni ella ni Nona hacían nada para encontrar ayuda doméstica, él habló esa mañana por teléfono a un anuncio del periódico local.