– No es necesario -protestó la chica.
– Claro que lo es -replicó él. Farran se dio cuenta de que no se quejaba de que la casa estuviera sucia, sino de que le pagaba por hacer ese trabajo.
Al recordar el cheque que le dio, se preguntó si también pagaría el salario de la afanadora. ¿Acaso él pagaba todas las cuentas? Pero no era una pregunta que le podía hacer. En ese momento, todos sus pensamientos acerca de Nona y sus necesidades desaparecieron al oír la voz de Stallard.
– ¿Sería impertinente preguntarte si tu amigo Watson ha venido a comer recientemente?
A Farran le pareció que nunca antes Stallard se preocupó de ser impertinente, pero contuvo cualquier réplica acerba pues no quería romper la armonía que sentía entre ambos.
– Sólo vino una vez… esa vez de la que Nona te informó -contestó-. Quizá no vuelva a ver a Andrew en más de un año.
– ¿Y te molesta eso?
Farran estuvo a punto de preguntarle si no tenía amigas que no fueran más que hermanas para él, pero se percató de que sería una pregunta tonta, pues estaba segura de que no era así. Como no quería romper la armonía existente, le dio una explicación sencilla.
– Considero a Andrew de la misma forma que consideraría a un hermano… si tuviera uno.
Hubo una breve pausa.
– ¿Eres hija única? -preguntó Stallard.
Durante el tiempo que limpiaron la cocina y lavaron la loza, Stallard le hizo preguntas acerca de ella y su familia y Farran también lo interrogó a su vez. Cuando la cocina estuvo limpia y se reunieron con Nona en la sala de estar, Farran pensó que, no sabía gran cosa además de lo que ya conocía. Si sus cálculos eran correctos, a partir de lo que podía intuir, Stallard tenía treinta y seis años. Su padre se casó de edad madura y tenía cincuenta años cuando Stallard nació, como le reveló este último. Murió hacía seis años, a la edad de ochenta años.
– Debo haberme quedado dormida -sonrió Nona al oírlos regresar a la sala de estar-. ¿En dónde?… Farran, hazme un favor y sube para buscar mi tejido… -se interrumpió al oír el timbre de la puerta principal. Farran se levantó a abrir antes de que nadie pudiera adelantarse.
– ¡Tad! -exclamó al abrir la puerta y ver al médico-. ¡Qué amable de tu parte que hayas venido a ver a la señorita Irvine!
– Nada de amable -sonrió-. Tengo un par de entradas al teatro que ansían ser usadas. ¿No crees que?…
– Por aquí -interrumpió Farran y lo condujo a la sala de estar. Abrió la puerta de la sala cuando él intentó detenerla.
– Farran -suplicó-, ríndete… podríamos cenar después de la obra -sugirió cuando la chica entró en la habitación.
Farran sonrió a Nona y anunció con alegría:
– El doctor Richards ha venido a verla -se hizo a un lado y Tad Richards adoptó su actitud profesional al acercarse.
Farran se imaginó que todos tendrían la vista fija en el doctor, así que le pareció que podía mirar a Stallard sin peligro. Lo hizo de inmediato y se quedó congelada, al percatarse de que Stallard no veía a Tad Richards sino que la observaba a ella con expresión de enorme frialdad. Atónita por el brillo asesino de sus ojos, Farran se percató de que desapareció cualquier armonía que imaginó que existía entre ambos.
Perpleja ante ese cambio brusco de armonía a odio, apartó la mirada. ¿Qué he hecho ahora?, se preguntó.
Capítulo 8
Farran seguía perpleja y no sabía qué hizo para que Stallard quisiera matarla con la mirada. Oyó que Nona le presentaba al médico y que Tad le hacía unas cuantas preguntas a la anciana. Como seguía conmocionada, no pudo hacer otra cosa más que actuar como una observadora distante.
¡Qué tonta fue al pensar que la enemistad entre Stallard y ella había terminado! Qué estúpida fue al imaginar, por un momento siquiera, que sólo porque ese día Stallard se portó como un caballero, así sería para siempre.
Farran tuvo que reprimir sus ilusiones y su dolor cuando Tad estuvo a punto de marcharse.
– Señorita Irvine, desearía que algunos de mis pacientes cincuentones tuvieran tan buena condición física como usted -comentó a la paciente después de observarla y de oír las respuestas a sus preguntas y de saber que la anciana no tenía ningún efecto del mareo del día anterior-. Vendré a verla otra vez -prometió al dirigirse hacia la puerta de la sala de estar.
Farran también lo acompañó, obedeciendo al impulso natural de acompañarlo por cortesía. No pudo evitar mirar en dirección de Stallard, pero la mirada de arrogancia helada que éste le dirigió, la hizo bajar la vista.
Deprimida, fue al vestíbulo. ¡Nunca lo imaginó, Stallard sí la odiaba!
– Acerca de las entradas al teatro… -mencionó Tad cuando Farran abrió la puerta.
– Llámame -sin pensarlo, le dio más aliento del que quiso, aun cuando Tad Richards fuera la última persona en quien pensaba.
– De acuerdo -exclamó, y se fue, muy contento.
Farran deseó sentir la misma alegría y se detuvo después de dar dos pasos en dirección de la sala de estar. Sabía que algo molestaba a Stallard y, a pesar de que no la atacaría verbalmente frente a Nona, no tuvo ánimos para sentarse con ellos y recibir las malas vibraciones de él.
Recordó que Nona le pidió su tejido y fue a buscarlo. Sabía que eso le tomaría un par de minutos, pero por lo menos recuperaría la compostura, pues se sentía muy temblorosa.
Encontró el tejido y justo cuando Farran salía del cuarto, oyó la puerta de la sala de estar que se cerraba. Se detuvo, segura de oír las pisadas de Stallard. Como no deseaba encontrarse con él, se metió en su propio cuarto.
Estaba a punto de cerrar la puerta del dormitorio, cuando lo oyó subir por la escalera. Como no quería que oyera que cerraba la puerta y que supiera en donde estaba, se alejó de la puerta.
Se encontraba en el otro extremo de la habitación cuando oyó que Stallard se detenía. Ella dejó de respirar. Aunque no sabía qué demonios tenía, contuvo el aliento mientras esperaba a que Stallard fuera a su propio dormitorio.
Tenía la vista fija en la puerta cuando la vio abrirse de pronto. Con la boca abierta, observó como Stallard entraba de un par de zancadas, furioso. Se detuvo aun metro y medio de la chica.
Habló con aspereza, sin esperar a que ella pronunciara palabra.
– Así que aquí es donde estás refunfuñando.
Farran tragó saliva, pero sintió que la adrenalina le corría por las venas.
– ¿Refunfuñando? -retó y habló también con sarcasmo-. Corrígeme si me equivoco, pero creo que tengo, más derecho de estar en mi cuarto que tú… sobre todo sin que nadie te haya invitado.
– Asumo que invitas con más frecuencia a Richards -replicó Stallard y le hizo perder el aliento. ¿Cómo había mezclado a Tad Richards en el asunto?
– Algunos hombres son más agradables que otros -gruñó, llena de enojo. Ya no se retractaría, no ahora.
– Ya lo noté -cortó Stallard y entrecerró los ojos, revelando desagrado por las respuestas de Farran. A ésta tampoco le gustó el siguiente comentario de Stallard-. Quizá no te hayas dado cuenta, por tu avaricia, pero estás aquí para ser una compañía y una ayuda para la señorita Irvine, no para llamar a su médico a cualquier hora del día o de la noche para no aburrirte.
– Para no… -Farran se quedó sin palabra durante un instante al oírlo-. ¿Cómo te atreves a decir eso? -exclamó-. Sabes muy bien que sólo llamé a Tad porque… -se interrumpió cuando Stallard dio un paso amenazador hacia ella.
– ¿Con qué lo llamas Tad?
– Así es.
– Pues qué bonito -se enojó antes de dejarla proseguir-. Mientras que cualquier cosa podría sucederle a Nona, tú y Tad hacen de tórtolos en el vestíbulo.
– No es verdad -gritó Farran, pero no sirvió de nada porque Stallard la tomó de los antebrazos con fuerza.
– ¿Cuántas veces has salido con él? -exigió saber. Mientras Farran se daba cuenta de que el motivo de la furia de Stallard era que pensaba que dejaba sola a Nona todas las noches, él prosiguió-: ¿Acaso has olvidado para qué estás aquí?