«Había una vez una pobre viuda que vivía en una cabaña. Tenía dos rosales en su jardín, uno blanco y uno rojo. Y dos hijas que eran como los rosales, por lo que una se llamaba Blancanieves y la otra Rosarroja. Eran unas niñas buenas y felices, laboriosas y alegres, aunque Blancanieves era más dulce y más callada que Rosarroja. A Rosarroja le gustaba jugar al aire libre, coger flores y cazar mariposas; Blancanieves, por el contrario, se quedaba dentro de casa haciéndole compañía a su madre y ayudándola en las tareas del hogar.»
Al llegar aquí se detuvo y colocó la mano en la página con aire pensativo.
– Sigue, Ayi -le rogué.
«Blancanieves y Rosarroja se querían tanto que en cuanto salían de la casa se cogían de la mano. Blancanieves decía: "Nunca nos separaremos", y Rosarroja respondía: "No, mientras vivamos". A lo cual su madre añadía: "Todo lo que tengáis, debéis de compartirlo la una con la otra".»
Yinan tenía algo especial. Conocía hasta el más ridículo de mis miedos y la más egoísta de mis fantasías, y todos ellos le encantaban. En esas veladas me sentía más cercana a ella que a nadie en el mundo. Cuando terminó de leer ya era casi de noche. Nos quedamos sentadas, las dos juntas, al amparo de nuestra tienda de luz amarilla.
Oímos las pisadas de mi madre en las escaleras antes de que entrase en la habitación, alta y severa.
– Xiao Hong -dijo, frunciendo el ceño-. Pequeña Hong, ¿todavía estás despierta?
Yinan sonrió.
– No se duerme ni aunque le lea los sutras.
En aquella época, Yinan y yo siempre tratábamos de hacer reír a mi madre. Yo había aprendido a hacerle gracia con mis comentarios acerca de los criados y de mi amiguito Pu Li, cuyo padre, el teniente Pu Sijian, era el mejor amigo del mío. Pu Li era un niño muy simpático con una mentalidad un tanto monótona que a todos nos resultaba muy divertido. Yinan me azuzaba.
– ¿Qué ha hecho hoy Pu Li? -me preguntó-. ¿Ha tenido que volver a atarse un cordel al dedo para recordar con qué mano se cogen los palillos?
Después de sonreímos todos, mi madre comentó:
– Siempre estás burlándote de Pu Li. ¿Por qué no te metes con Hu Ran?
Decía que le parecía cómico que Ran me llamase «señorita» cuando nos pasábamos todo el día jugando y peleándonos como hermano y hermana. Pero me daba la impresión de que mi madre, en el fondo, consideraba apropiada tal formalidad. Una vez me dijo que Hu Ran tenía un cutis de campesino.
– A ver si es que está enamorada de él -dijo, mirando de reojo a mi tía.
– ¡No te burles de mí! -grité.
Entonces mi madre sí que se rió. Echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada que le salió del alma. A pesar de haberme picado, obtuve el placer que tanto esperaba, la visión de su garganta blanca y de sus hermosos dientes perfectamente alineados: el placer de constatar que era la mujer más guapa del mundo. Yinan pensaba lo mismo: se lo vi en los ojos. Luego nos quedamos calladas, escuchando la noche.
– No te enfades, Xiao Hong -dijo mi madre-. Justo antes de dormir, no, que es malo para la digestión.
Me arroparon bien y me cantaron una nana.
Entonces mi tía me dio un beso y mi madre otro, y me dejaron sola. Pero no me dormí. Ya había empezado a pasarme las noches en vela. Me llegaban ruidos sordos del piso de abajo: el leve cloqueo del pollo Guagua, la voz de mi madre hablando, el disco de piano que había puesto mi tía. Yo no sabía qué música era aquélla, pero muchos años después, en unos grandes almacenes de otro continente, solía oír la misma melodía y la reconocía, recordaba el eco de esas mismas notas en una noche de verano, brotando de un disco rayado y diluyéndose en tristeza. Me venían a la memoria las voces apagadas de los criados chismorreando en el patio y, si escuchaba muy atentamente, los chasquidos de las pipas de sandía saladas que partían con los dientes. Recordaba esas noches de mi niñez, confinada en una familia y en un mundo que parecía absolutamente seguro.
Como todo niño, nací en mitad de una historia que me era desconocida, y me criaron para que no supiera nada, tranquila en el centro de todo. Pero mis ojos captaban vislumbres de esa historia. Una noche, cuando todos ya se habían acostado, me pareció oír pasos bajo mi ventana. Me incorporé y eché un vistazo. Pero no vi nada. El patio estaba oscuro y en silencio. Entonces alcancé a ver fugazmente el aleteo blanco de su camisón escabulléndose escaleras arriba en dirección al ala de la casa donde nada había cambiado desde hacía doce años, los aposentos que pertenecieran a mi abuela Chanyi.
La mañana siguiente vi a mi madre zurcirle a mi padre el siete que se había hecho en la manga de la chaqueta. Los fines de semana le hacía traer a casa toda la ropa que se hubiese roto o descosido para remendársela personalmente y que pudiese llevársela de vuelta a la semana siguiente. Era como si la pila de ropa zurcida que lo esperaba fuese la garantía de que habría de volver sano y salvo. Mi madre no dejaba que nadie más le arreglase sus cosas. Ahora se aplicaba a su labor con meticuloso esmero, metiendo y sacando la aguja de la bocamanga de la chaqueta con tanta precisión que las puntadas se entreveraban imperceptibles en la trama de la tela. Tenía varias bobinas de repuesto, de seda y de algodón, exactamente del mismo tono marrón saltamontes de su uniforme.
– Anoche vi a Ayi fuera, en camisón -dije-. Subió al cuarto cerrado.
La aguja de mi madre se detuvo casi imperceptiblemente.
– No importa, Hong.
– Pero es que la vi -insistí-. Parecía triste.
Mi madre sacudió la cabeza con gesto impaciente.
– Xiao Hong -dijo-, voy a darte una clave para ser feliz en la vida: no te tomes en serio todo lo que veas.
Al agachar la cabeza para hacerle un nudo al hilo, percibí una mueca de preocupación en su rostro.
Según me contó Hu Mudan, había sido mi abuelo quien pidió posponer la pedida de mano de Yinan. Quería guardar el debido luto a Mma. Propuso el aplazamiento al poco de nacer yo, durante una visita del novio. Mao Gao era un hombre fornido de estatura media, cuyas mejillas sonrosadas y ojillos penetrantes lo hacían parecer más joven de sus cincuenta y siete años. Rezumaba una energía salvaje, tan montaraz como un olor, que quedaba de manifiesto en cualquiera de sus actos. Devoró en un instante un plato enorme de bolas de cangrejo hervidas. Mientras esperaba a que le trajesen más comida, en lugar de quedarse quieto, se puso a escudriñar la habitación entera con ojos raudos; a Yinan la miraba con idéntico y brusco interés. Hu Mudan sentía una íntima curiosidad: le parecía rarísimo que un hombre con semejante energía no se hubiese vuelto a casar. Pegando la oreja, se enteró del porqué. Mao Gao le contó a mi abuelo que tras la muerte de su esposa se había dedicado a expandir sus negocios, consagrando todas sus horas de vigilia a la financiación, diseño y construcción de nuevas fábricas. Quería que su familia se hiciese con la hegemonía del ramo. Ahora sólo le quedaba engendrar hijos varones.