Mi padre se rió.
– No me van a matar.
– ¡Confías en la suerte! -dijo mi madre-. ¡Nunca deberías confiar en la suerte!
– Yo siempre confío en la suerte.
– Por favor -dijo ella-, envíanos un mensaje al telégrafo de Charlie.
Noté que lo decía de mala gana y comprendí que no le quedaba más remedio. Pero también percibí que seguía asustada.
Esa misma noche, más tarde, se oyó un estrépito sordo procedente de algún lugar en la parte delantera de la casa. Me quedé petrificada pero a la escucha, figurándome que quizá me había quedado dormida y lo había soñado. Volvió a oírse lo mismo. Salí corriendo de mi cuarto, en pijama, y me lancé escaleras abajo. Crucé el patio y me asomé entre las puertas. Desde aquella posición estratégica veía toda la calle. Me quedé de una pieza, deslumbrada por aquella estampa nocturna. La luna reverberaba en el muro enjalbegado de la casa. La calle estaba oscura, veteada aquí y allá de pálidos guijarros espejeantes. El mundo flotaba a mi alrededor, tenebroso e incitante, con la brisa bañando mis mejillas y la quietud tentándome.
Oí la voz de un hombre gritando. Pasados unos segundos, oí gritos más breves, la estridencia de un silbato, y dos golpes muy seguidos, tan cortos que apenas si tuve tiempo de entender lo que había oído. Y luego, maldiciones. Unos pasos golpearon la tierra; se oyó un resuello acelerado. Alguien dobló la esquina de la casa, muy cerca, tanto que me llegó el olor a ajo de su aliento.
El hombre se detuvo, jadeando ruidosamente, y miró por encima del hombro para localizar a su perseguidor. Corría a buen ritmo y llevaba ropa oscura; aún podría darles esquinazo. Entonces echó a correr. Esperé a que volviese. Me había dado la impresión de que no tenía ni idea de adónde ir. No tardé en oírlo acercarse a tranco ligero, firme y constante, volviendo sobre sus pasos. Ahí estaba. Sin pensarlo, abrí la puerta.
El hombre giró el torso con crispada y aparatosa energía. Su cuerpo, doblado el hombro, suspendida la pierna en pleno paso, parecía la viva imagen de la sorpresa.
Traté de verle la cara bajo la sombra de la visera pero apenas capté el leve reflejo de las gafas.
– ¡Métete en casa! -me dijo entre dientes.
Obedecí a esa voz. Pasó de largo, por delante de mí y de la casa.
Lo vi desaparecer calle abajo. Entonces me quedé a la espera, dominada por la curiosidad. De la otra punta de la calle llegaba un repiqueteo: los perseguidores. Al cabo de varios minutos, el repiqueteo se convirtió en un ruido de botas pesadas que se acercaban. Pom-pom-pom, rítmicamente.
Los instantes siguientes transcurrieron tan rápido que casi no me dio tiempo a ver lo que sucedía, y mucho menos a dejarme llevar por el pánico. Esta vez alcancé a ver fugazmente a alguien que corría: un hombre menudo, vestido con un uniforme verdusco y una gorra en la que destacaba el sol japonés. Más pasos raudos, a un ritmo seco e implacable. Surgieron de sopetón otros dos hombres. No hablaban. Se entregaban a su labor de búsqueda con dinámica eficacia. Fueron hasta la esquina de la casa y miraron por el callejón. Aguzaron el oído. Me apoyé en la puerta y cerré los ojos. ¿Ya se iban? Sí, se desvaneció el eco de sus pisadas. Se habían marchado.
Me quedé donde estaba. Algo frío se me escurría por debajo de los brazos. No me atreví a abrir los ojos, pero contra el telón de fondo de mis párpados cerrados seguía viendo el disco rojo. No conseguía olvidarme del ritmo de sus pisotones. Nunca antes había visto un soldado japonés. En ese momento experimenté por primera vez uno de esos miedos que no nos abandonan.
Pasados varios minutos, hice acopio de todas mis fuerzas y volví a mi cuarto.
Lenta y silenciosamente subí las escaleras. En un momento dado reconocí aquella voz apremiante y familiar. El fugitivo era mi tío. No volvería a verlo hasta pasados muchos años.
Como decían que la simiente de un hombre fecundaría a una mujer rolliza y complaciente, a Junan le dio por devorar cuencos rebosantes de gachas dulces y comerse la piel crujiente de los patos asados. Se atiborraba de grasa de puerco y de tiernos panecillos blancos; se encerraba en su cuarto a leer novelas y trataba de no preocuparse de si Weiwei y Gu Taitai llevaban o no a cabo las tareas que les había impuesto. Intentaba distraerse jugando al mahjong, siempre abandonando las partidas antes de que se hiciera tarde, hasta que las otras mujeres empezaron a sonreírle en plan cómplice y a decirle que les debía de estar ocultando alguna buena noticia. Pero el tiempo transcurría sin resultado alguno y se hartó de comilonas, de morderse la lengua y de fingir que no se enteraba de lo que hacía el servicio.
Su marido estaba descontento con ella. Esta sospecha reptaba bajo su aparente calma. Sabía que seguía siendo tan hermosa e inteligente como siempre. Pero ahora sospechaba que eso ya no tenía importancia. No servía para nada; a él le habría hecho igual de feliz una mujer más fea, menos competente, y más fértil. Las noches más sombrías y deprimentes se preguntaba si no tendría razón su marido: si de veras no serían infértiles las mujeres de su familia. Su madre, en cuya muerte no se permitía pensar. Su hermana, que brujuleaba por la casa como un alma perdida con las alas rotas. A ver si es que ella también tenía algo raro… Junan se prohibió pensar en eso.
Corría el mes de diciembre de 1937. Él no tardaría en dejarla para correr en pos de la guerra. Como todo soldado, buscaba territorios sin conquistar. Hangzhou, una vez ocupada, ya no le importaba. Puede que no lograse volver a entrar en la ciudad; las tropas niponas le impedirían reunirse con ella. Un gobierno títere y sus espías se conjurarían para mantenerlo alejado de ella. ¿O acaso sería él mismo, sus propios deseos, quienes lo apartasen de ella?
Una semana antes de partir Junan le dijo:
– Pu Taitai va a trasladar a su familia a Hankow.
Él asintió con la cabeza. A su amigo Pu Sijian también lo habían ascendido y ya había partido hacia el oeste.
– También podríamos marcharnos nosotros.
– No es buena idea -dijo él. Junan notó que tenía la mente en otra parte-. No sé adónde me van a destinar, y además Hankow podría ser objeto de intensos bombardeos.
Junan se esforzó por modular la voz y que le saliese lo más dulce y melodiosa posible.
– Aquí también se corre peligro. Hay más familias que se marchan.
Hubo un largo silencio.
– Mira -dijo él-, tú no te preocupes.
No le contestó.
Él se puso a hablar. Le explicó que aunque bombardeasen los aeródromos, la ciudad de Hangzhou se libraría de los peores ataques puesto que recibiría la protección de su base aérea. En el oeste las condiciones serían durísimas. Insalubre, abarrotada y, desde luego, muy poco indicada para las niñas salvo que no quedase más remedio.
– Como madre que eres supongo que te harás cargo -dijo.
– Soy la madre de tu hija y quiero darte un hijo.
– Pero sé que nunca lo pondrías en peligro.
El aire se espesó de mutua incredulidad. Junan echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos.
– Vendré a veros -dijo él.
– No podrás; sabes que no puedes cruzar territorio ocupado. Ni siquiera debo decir que sé dónde estás. ¿Es que no lo ves? ¿Es que no ves que esto va a terminar mal? -dijo con voz temblorosa.
– Olvídate, ¿de acuerdo? No te preocupes de eso por ahora.
Su marido seguía tan alegre como siempre.
Ella no respondió: prefirió ahorrarse el bochorno de las lágrimas.
Le quedaba poco tiempo y algo tenía que hacer. Una mañana se levantó sigilosamente de la cama mientras él seguía durmiendo y se puso la ropa más discreta que tenía. Salió de casa en silencio, pasando casi de puntillas por delante del portero y, ya en la calle, cogió una calesa y le pidió al hombre que tiraba de ella que la llevase al barrio comercial de la ciudad. Una vez allí, vaciló antes de entrar en una tienda engalanada de estandartes rojos y blancos.