Forzó la vista para enfocar la página y se sentó muy erguida, moviéndose únicamente para volver a guardar un libro en su sitio o coger otro. El sillón de su padre era de gran tamaño, pero ella era tan alta como él. Repasó lenta y cuidadosamente una página entera de anotaciones. Dedujo que era el detalle de los gastos y los ingresos de su almacén de algodón. Conocía la escritura descuidada y, en ocasiones, inexacta de su padre, pero nunca se había molestado en descifrar sus números: nítidos, apretados y extrañamente barrocos, con nudosas fiorituras en los doses y treses, y primorosas comas. Era como aprender a leer en un idioma nuevo. La primera página la dejó exhausta, pero insistió, cifra tras cifra, y la segunda ya le resultó algo más fácil, y la tercera más fácil aún, hasta que pudo recorrer una página con la mirada y entender lo que veía.
La luz pálida del sol, filtrada por las hojas de la morera, dibujaba una telaraña de encaje sobre el papel que se fue desplazando por el escritorio hasta terminar desapareciendo por completo. Mientras leía, casi le parecía oír el rítmico repiqueteo de las fichas de paigao. Había vencido el plazo para abonar unos intereses y había que amortizarlos. Los gastos de la casa estaban comiéndose lo que quedaba de rentas. Su padre había ido vendiendo terrenos sin parar hasta quedarse solamente con el almacén repleto de algodón que confiscaron los japoneses.
En la caja de caudales lo único que encontró fue una bolsa llena de calderilla en divisas, que en su día habían sido plenamente aceptadas pero que ahora carecían prácticamente de valor. Había monedas de plata de finales de la Dinastía Qing, con la forma abombada de tantos golpes como les habrían dado con su sello de acero los comerciantes para endosarlas. Había dólares mexicanos, con el grabado del águila y la serpiente. Taeles de plata de muchos años de antigüedad, tanto de los normales, de Shanghai, como de los defectuosos liangs, de Filipinas. Revuelto con todo esto había un sinfín de piezas cuadradas con un agujero en el medio, las viejas monedas imperiales.
En el fondo de la caja había una pila de fichas garabateadas con nombres de acreedores y el dinero que se les debía. Eran deudas enormes, escandalosas, que sólo podían haberse contraído jugando. Por último, una hoja suelta de papel, una de las dos copias de un pagaré más formal firmado ante notario: «La escritura de la casa le será entregada a Li Ang cuando se case con mi hija Junan. La propiedad será transferida a la familia Li y a sus herederos varones. Si mi hija no diese a luz a un varón, la casa pasará a ser propiedad de Charlie Kong». El documento, con fecha de 1930, estaba rubricado con sus dos sellos.
Durante la cena no logró articular palabra. La imagen fantasmal de una página, moteada con las radiantes cifras apretujadas de su padre, flotaba ante sus ojos. Su hermana y los criados la dejaron a solas. Se dio cuenta de que la suponían abrumada por la pena. No hizo por desengañarlos sino que se quedó sentada ante la silenciosa mesa, dándole vueltas al asunto. No tenían dinero. No tenían casa. Estaba sola. Tras la máscara blanca de su rostro, se puso a elucubrar. ¿Estaba Li Ang al corriente de todo? Lo dudaba. Su marido no era lo bastante astuto como para ocultarle algo así. Pensó que más le valía no decir nada. Se apretaría el cinturón. Iría a ver a los amigos de su padre y les pediría algo a cambio de sus pagarés. Esa misma noche le pidió a Gu Taitai que le llevase la caldera de latón más grande de la cocina. Colocó una pila de libros de contabilidad en el fondo de la caldera, enrolló una hoja de papel fino, encendió una cerilla y aplicó cuidadosamente la llama al borde de un volumen.
Se convirtió en una de tantas mujeres que se desvivían para dar de comer y vestir a su familia bajo la ocupación extranjera, mientras los anaqueles de los tenderos iban quedándose vacíos. Las existencias menguaban hasta el fondo de los tarros; los granos se vendían mezclados con cagarrutas de ratón. Yinan no le servía de ayuda: estaba destrozada por la desaparición de su pollo Guagua; Junan sospechaba que lo habrían robado y vendido de estraperlo. A Charlie Kong, como a la mayoría de tenderos, le prohibieron cerrar la tienda pese a no tener género que despachar. Su barraca la transformaron en centro de distribución de productos de fabricación japonesa. Había una extraña abundancia de unas cosas y escasez de otras; se declaró obligatoria la adquisición de ciertos artículos. Obligaron a todo el mundo a entregar sus radios de onda corta y a comprar transistores japoneses de poco alcance, que sólo sintonizaban las emisoras aprobadas por el nuevo gobierno. Junan y las otras mujeres acaparaban comida y ropa. En cuanto podían se desprendían de los billetes. Se reunían para charlar y gastarse bromas y jugar al mahjong, pero cuando cerraban las puertas de sus casas, parecían gallinas empollando huevos, taciturnas y preocupadas, escondidas en sus alcobas, agarrando las alhajas y las monedas de oro y plata.
Casi todas esas mujeres eran mayores que ella, o por lo menos lo parecían: rechonchas y vulgares, con las cejas depiladas en forma de finísimas medias lunas, o bien esqueléticas, avinagradas y listillas. No se les escapaba nada, ni a las unas ni a las otras. Eran el canal por el que Junan se enteraba de casi todo lo que sabía de su marido. Desde que lo trasladaron, Li Ang había dado escasas señales de vida. Ya debería haberse imaginado que lo de escribir cartas no era lo suyo. Fue charlando con esas mujeres como se enteró de que el gobierno no tardaría en trasladar la capital más al oeste, a Chongking.
Esa tarde jugaron al mahjong. Junan pensó en que debería haberse llevado la familia al oeste, venciendo la oposición de su marido. Éste había mencionado una vez la posibilidad de que lo trasladasen al destacamento de policía fiscal de Sun Li-jen, en Chongking. Tendría que habérselo imaginado.
Las mujeres sentadas a su alrededor comentaban que muchos de los hombres ausentes tenían concubinas. La noticia se había ido propagando paulatinamente, filtrándose como un rumor. Le acababa de suceder a una conocida de Pu Taitai. La esposa legítima había intentado ahorcarse con el cinturón de su batín de seda.
– Es una chica muy joven.
– No ha aprendido.
– Peng.
La luz de la lámpara, que proyectaba un círculo sobre la mesa, apenas les iluminaba la cara. Eran mujeres cuyos hombres ya hacía mucho que habían dejado de desearlas. El enorme lunar verde de Yao Taitai le hacía sombra en la frente cetrina. Wen Taitai, repantigada y embutida en su chipao, con aquellos ojillos parpadeantes y miopes, le recordaba más que nunca a un reptil. Pero a quien no conseguía quitarle el ojo de encima era a la madre de Wen Taitai, con aquella cara hombruna y esas orejotas arrugadas; con la piel parecida a una gasa descolorida y demasiado holgada que le cubría las carnes, caídas y fofas. Se contaba de ella que, en cierta ocasión en la que su marido había pretendido tomar a una mujer por concubina, ella le pegó una paliza. Ahora, ya viuda, su consuelo eran los nietos y el mahjong. Blandió su palito y, dando un sonoro chasquido, se colocó las fichas en línea.
El descubrimiento de que no les quedaba más dinero trajo aparejada cierta libertad: ya no había negocio que atender y la familia podía marcharse. Junan se pasó por la cochambrosa tienda de Charlie Kong. El tío de su marido seguía tan vivaracho como de costumbre, aunque estaba un poco más flaco toda vez que la escasez de vino se estaba dejando notar incluso entre los bebedores más empedernidos. Ahora se sacaba unos pocos yuanes explotando un telégrafo ilegal en la trastienda.
Querido marido. Me llevo la familia a Chongking. Junan.
Él le contestó casi al instante.
Junan. Por el bien de nuestra familia, quédate ahí. Tu marido.
Esa noche se encontró las bragas manchadas de sangre. Respiró hondo. No tendría que haber ajetreado tanto. Debería tener más cuidado.