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Recurriría al general Hsiao. Se preguntaba cómo demonios iba a explicarle el asunto. Estaba claro que sólo aceptaría la verdad, y nada más que la verdad. Se recordó, una vez más, que los comunistas y los nacionalistas oficialmente no estaban enfrentados: tres años antes habían firmado una tregua que seguía en pie. No se consideraría imperdonable tener un hermano comunista. Con todo, tendría que pedirle a Shsiao que no se lo contase a nadie. La mañana siguiente fue corriendo al cuartel general.

– Lamento profundamente tener que molestarle para pedirle un favor -comenzó diciendo.

Se fijó en que Hsiao parpadeó al oír esas palabras. El resto de su cara -huesos redondos y carrillos pálidos y comidos de viruela- estalló en una sonrisa. El general le aseguró que no habría problema en soltar a Li Bing. Ningún problema. En cuanto al favor, estaba seguro de que algún día el mismo Li Ang estaría en condiciones de concederle alguna cosilla que otra. Li Ang recordó la advertencia de Pu, pero sintió un alivio inmediato. Salió animado del despacho.

Esa misma semana recibió un recado de Hsiao Taitai pidiéndole que acompañase a Baoyu, su hija pequeña, y a sus amigas, a la ópera.

El general Hsiao, a quien las niñas le eran indiferentes, había dejado la cuestión de la nominación de todas sus hijas a criterio de su anciana madre, que por haberse criado en el campo tenía debilidad por las flores. Así que fueron Juyu (Crisantemo Jade), Meiyu (Rosa Jade) y Baoyu (Capullo de jade) quienes se ocuparon de peinarle a su abuela el cabello cada vez más ralo y de darle de comer gachas. La anciana, que se había pasado media vida enferma, había sorprendido a todos muriéndose de repente el año pasado; su semblante adusto y apergaminado seguía vigilando a la familia desde un retrato en blanco y negro colocado en la mesa del incienso. En la época en que Li Ang se trasladó a Chongking, las hijas de Hsiao acababan de empezar a vestirse nuevamente de colorines y la casa entera irradiaba un brillo de alivio.

En esa familia, la autoridad estaba en manos de la esposa de Hsiao; Li Ang lo sabía por boca de unas mujeres de la ciudad que, al enterarse de que estaba casado, se habían confiado a él. A pesar de no haber dado a luz ningún varón y a pesar del mal carácter del general, Hsiao Taitai llevaba la voz cantante. Su marido no tenía concubina; se decía que Hsiao Taitai le habría hecho la vida imposible. Hsiao Taitai también movía los hilos de la sociedad capitalina. Había estudiado con los misioneros y hecho amistades cruciales entre las alumnas estadounidenses. Hablaba inglés con soltura y daba frecuentes cenas en su casa, a las que convidaba a sus amigos estadounidenses y a otros extranjeros. Los hombres más ambiciosos ansiaban asistir a esas cenas. La noche en que Li Ang llegó a recoger a Baoyu para llevarla al concierto era la primera vez que entraba en esa casa.

El general Hsiao vivía en la ladera más segura de una colina; en la base estaba excavando un refugio antibombas para uso personal. Li Ang subió los escalones que conducían a un espacioso porche donde lo recibió un portero que le indicó el camino a un salón. Hsiao Taitai le dio la bienvenida. Era una mujer bajita y regordeta de facciones menudas y con el rostro espolvoreado de blanco. Cuando sonrió, los ojos se le agrandaron de alegría y compasión, y Li Ang se dio cuenta de que en su día debía de haber sido bellísima.

– Le pido disculpas, mi hija es muy lenta. Enseguida estará lista.

Hsiao Taitai le presentó a sus dos hijas mayores. Juyu, la primogénita, acababa de prometerse con uno de los favoritos de su padre, el coronel Tang, que había esperado pacientemente durante todo el luto, aunque, a juicio de Li Ang, había contado con un poderoso incentivo. Entre tanto, a Tang lo habían ascendido a general de brigada. Ahora, por fin, iban a casarse. Juyu era bastante alta y, aunque tenía algo de la masculinidad de su padre en su actitud y en las carnosas mejillas, todo el mundo aludía a su belleza.

Su hermana Meiyu era menuda y estilizada, con exquisitas facciones de alabastro. Había aprendido a leer y escribir poesía inglesa y china clásica. Cantaba en el coro metodista y tocaba el piano. Era la más inteligente y guapa de las tres, y llevaba varios años llamando discretamente la atención de casi todos los subalternos de su padre. Pero a Li Ang se le atravesó en el acto; tenía una manera de fruncir los labios que le resultó sentenciosa y monjil.

Se alegró al descubrir que Baoyu era risueña y lanzada, nada que ver con las hermanas. Hoyuelos en las mejillas, labios rojos y curvos, ojillos vivarachos. El gobierno había decretado inmorales e ilegales las permanentes, pero Baoyu llevaba el pelo rizado como una estrella de cine occidental. Li Ang se preguntaba si al tocarlo estaría tieso. Los pechos y caderas redondeadas insinuaban un placer sensual. Mientras salían al encuentro de sus amigas, Li Ang se volvió hacia ella para decirle algo y captó un intenso y dulzón aroma a flores.

Más tarde le contó a su hermano que, comparada con Junan, Baoyu era una chica más normal y corriente, pero muy simpática, de charla fácil.

– Aléjate de ella -le dijo Li Bing-. Ni siquiera la conozco, pero no entiendo a tu general Hsiao. Sabiendo que estás casado y que eres un forastero, ¿por qué querría relacionarte con su propia hija?

– Es muy atractiva -dijo Li Ang-. Le gusta ir a la ópera y sus amigas son chicas bastante fáciles. Es más seguro que la escolte un hombre casado.

Li Bing meneó la cabeza. Los dos hermanos estaban sentados en un salón de té del barrio, donde los camareros servían el té con unas teteras de pitorro fino y alargado, al estilo de Sichuan, esto es, vertiéndolo desde bien alto como si fuese una sustancia letal. Li Ang estaba de buen humor. La velada con Baoyu y sus jóvenes amigas le había levantado el ánimo, y además estaba feliz de ver a su hermano fuera de la cárcel.

A Li Bing lo habían puesto en libertad inmediatamente a petición del general Hsiao. Aunque Li Ang se había visto obligado a decirle a Hsiao que el preso era su hermano, ahora se sentía incapaz de revelarle a Li Bing su papel de mediador en la liberación. Lo que quería, en cambio, era enterarse de qué había estado haciendo su hermano en ese lugar; de cómo podía haberse involucrado en una acción subversiva. Li Ang era el gege, el hermano responsable, y se las había apañado para que soltasen a Li Bing. Pero ahora tuvo la sospecha de que se había pasado de optimista al suponer que podría mantener una charla distendida con su hermano. Li Bing tenía encogidos los huesudos hombros y comía cacahuetes a dos carrillos con un gesto hosco y distante.

Li Ang abrió fuego.

– ¿Qué hacías exactamente en la residencia de estudiantes?

Al oír la pregunta, Li Bing paró de masticar como si hubiese mordido un cacahuete podrido.

– Obviamente, no estaba trabajando con nadie que te interesase conocer. Nada de matones, americanos ricos, burócratas ni contrabandistas.

– Mmm -murmuró Li Ang-. Bueno -volvió a intentarlo, procurando mantener un tono de voz afable-, ¿y qué tal la familia? ¿Cómo está Junan?

– Y yo qué sé, si hace casi un año que no la veo.

– Más llevo yo fuera de casa.

– Me parece que le iba de maravilla. Se bandeaba estupendamente, teniendo en cuenta las circunstancias. Me duele haberlas dejado. Pero es que, o me largaba, o les buscaba un problema.

A Li Ang le molestó esa alusión a la política. Además, el reciente intercambio de telegramas con Junan lo había herido.

– Hombre, tanto como de maravilla…

– Qué sabrás tú -dijo Li Bing, hurgando en el platillo de cacahuetes.

– Es una mujer muy competente.

Li Bing dejó el plato de cacahuetes en la mesa.

– Y muy valiente. Estoy seguro de que quiere venirse a Chongking.

– Está mejor donde está. Pronto derrotaremos a los japoneses y entonces…