– Mi té me lo preparo yo, gracias.
– No seas ridículo.
Mary volvió con dos tazas de té. Li Bing torció el gesto pero luego le dio las gracias y se bebió la suya agradecido. Li Ang, en cambio, sólo lograba dar sorbitos, manteniéndose a la espera. Su hermano ya lo había sorprendido una vez y desde entonces Li Ang lo miraba con recelo. Algo tenía ahora en la cara -cierta lividez alrededor de la boca- que puso a Li Ang en guardia.
Finalmente Li Bing habló.
– Tu joven dama fue objeto de un buen escándalo.
– ¿De qué estás hablando?
– He estado haciendo averiguaciones. Dicen que la benjamina de los Hsiao, antes de que aprendiese a hacerse las trenzas, ya estaba liada con hombres. Pero eso no es nada. La verdadera historia, que no todo el mundo conoce, es que hace unos años se quedó embarazada de un soldado raso y tuvo un hijo. Todo eso con la abuela agonizando en su lecho de muerte. Por eso la familia guardó un luto tan prolongado, para poder esconder el embarazo de la chica. Al niño lo están criando en el campo.
– No había oído nunca esa historia.
– ¿Y por qué habría de tener nadie el más remoto interés en contártela, a ti, un extranjero? Además, ya se ocupa la madre de acallar los rumores. Porque otra cosa no será, pero competente, sin duda alguna. Si los generales fuesen la mitad de competentes que ésa, ya tendrían la carretera de Birmania asfaltada y custodiada veinticuatro horas al día.
Li Ang abrió la boca y la cerró.
– Eso es ridículo -dijo finalmente-. ¿Por qué iba a molestarse?
– La Policía Fiscal es una división lucrativa en la que se trabaja poco. Eres un protegido del general Sun, eso lo sabe todo el mundo. Y esta guerra podría prolongarse indefinidamente, hasta que a los Estados Unidos les dé por fin la gana de venir en nuestra ayuda.
– Soy un hombre casado.
Li Ang era consciente, incluso mientras las pronunciaba, de lo engoladas que sonaban sus palabras.
– Para esta gente las bodas no cristianas no cuentan. Mira a Chang Kai-chek.
Li Ang no respondió.
Li Bing cogió el paquete de Lucky Strike. Le quitó el mechero a su hermano y encendió la llama, que relumbró anaranjada entre sus largos dedos.
– Tengo más noticias -dijo-. Zhou En-lai me ha destinado a una aldea del norte. Voy a ayudar a desarrollar el potencial revolucionario de las áreas rurales.
– ¿Qué quieres decir?
– Que me voy de la ciudad -dijo Li Bing-. Lo he pensado bastante y no tengo motivos para no hacerlo. Las cosas están cambiando en este país. La gente está empezando a darse cuenta de que no tiene por qué sufrir acosos ni intimidaciones.
– Así que te vas.
– Sí. Por lo menos hasta el año que viene.
Más tarde, esa misma noche, al volver andando a su apartamento tras la cena en casa del general Hsiao, Li Ang repasó mentalmente la charla con su hermano y se preguntó si podría haberle dicho algo para disuadirlo de su propósito. No lo sabía.
A su alrededor se oían los ruidos humildes y desasosegados de una ciudad nocturna que rebosaba gente a causa de los varios cientos de miles de personas de más que albergaba. El repique de un martillo clavando una estaca en el suelo. El crepitar de miles de pequeños fuegos que escupían miles de pequeñas chispas y calentaban miles de teteras o latas llenas de agua para el té. Un millar de conversaciones silenciosas. Li Bing se marchaba de la ciudad. Li Ang recordó las palabras de su hermano. Había dicho que Hsiao era un matón, otro Sun Chuan-fang. «Tú siempre fuiste más fuerte… nunca tuviste que quedarte mirando… ¿Te acuerdas de aquel chico del barrio, en Hangzhou, al poco de mudarnos, que se llamaba Chang?»
Volvió a recordar aquella cara cuadrada y paliducha, aquellos ojos despiadados. La pelea había tenido lugar tal vez un año después de la muerte de sus padres. Acababan de mandarlos a Hangzhou, a vivir a casa de su tío. Hangzhou estaba a la sazón bajo control del caudillo Sun Chuan-fang, y los matones del barrio lo imitaban.
La tarde de la pelea Chang se presentó con otros dos muchachos. Li Ang se acordaba de la voz asustada de su hermano gritando desde el desván de su tío. «¡Corre, Gege!» Pero Li Ang se enfrentó a los tres. Li Bing bajó a echarle una mano. Naturalmente, no sirvió de nada: mientras chillaba como un condenado, uno de los grandullones lo tenía sujeto de los raquíticos bracitos.
– ¡Ríndete! -lo conminaron con sus voces ásperas-. Ríndete.
Pero Li Ang no se rindió. Sabía que si aguantaba, se ganaría su respeto. Recordó la sensación extraña y distante cuando se magulló la mano, cuando la costilla se le partió en el pecho. Vio cómo su puño bueno se estrellaba contra la dura narizota de Chang. La brillante y triunfal efusión de sangre. El ruido de Chang resollando por la boca. Por último, la honorable liberación de su hermano. Li Bing tenía los ojos como dos puñaladas en un tomate y la cara churretosa de lágrimas y mocos.
– ¡Idiota! ¡Tenías que haber parado! -gritó-. ¡Podían haberte matado!
Li Ang no había pensado en cómo sería visto desde fuera. Ahora, el recuerdo de la voz chillona de Li Bing le vibró en los oídos.
Dobló por su calle, oscura y desierta. La luna proyectaba en la calzada la sombra lóbrega de su edificio. Se había pasado los últimos días elucubrando un futuro como miembro de la familia Hsiao. El poderoso general, su jefe, habría sido su suegro, y Hsiao Taitai su suegra; habría sido como tener una familia completamente nueva. El hecho de que le estuviesen dando gato por liebre, de que, en esencia, todo el mundo lo tomaría por un primo y un idiota, lo cambiaba todo. Pero ya se había acostumbrado a su fantasía. Sin ella, el mundo parecía menos flexible, menos grandioso, y su vida menos segura.
En la penumbra del recibidor, encima de la mesa, había un sobre.
12 de febrero de 1938
Mi querido esposo:
En los últimos meses he estado pensado en cómo debes de estar buscando comida y compañía en las casas de los demás. No querría que pasases sin esas cosas, pero tampoco quiero contrariar tu deseo de que me quede con las niñas en Hangzhou, así que voy a mandar a mi hermana a Chongking para que te lleve la casa. Le he preguntado si tendría la amabilidad de hacerlo en mi ausencia. Siempre me ha obedecido en todo y está más que dispuesta a complacerme; además, creo que, tal y como están las cosas, este lugar es perjudicial para su salud. Creo que lo que siempre ha necesitado es una vida tranquila, doméstica y provinciana. A fin de resolver tus dificultades cuanto antes, te la he mandado para allá en avión. Llegará poco después de que recibas estas líneas.
Tu obediente esposa,
Junan
Un par de días después, al entrar en el piso, Li Ang notó inmediatamente que había llegado Yinan. El nuevo olor que percibió cuando Mary le abrió la puerta lo aterrorizó.
Estaba sentada en el salón, esperando junto a su baúl como si fuese un paquete que hubiesen entregado y dejado cerca de la entrada para su inspección.
A Li Ang se le cayó el alma a los pies.
– Bienvenida, meimei -dijo-. Gracias por venir. Espero que el viaje no haya sido muy duro.
– Gege. -No se atrevía a mirarlo a los ojos. Se sorprendió preguntándose, igual que había hecho siempre, cómo una mujer tan refinada y segura de sí misma como Junan podía tener una hermana tan ñoña y retraída.
– Ha llegado esta mañana -dijo Mary con un soniquete de hastío-. Le he enseñado la habitación, pero ha dicho que esperaría a que usted le dijese lo que tenía que hacer.
Saltaba a la vista que Mary estaba decepcionada con la visita, pues aquella mujer no impresionaba, ni por su estilo, ni por su autoridad o su conversación.