Cuando salió del mercado el sol ya se había convertido en un delirante fulgor amarillo.
Después, por la tarde, el cielo se cubrió de nubarrones; el sol emergía periódicamente, dorado y extraño. A mitad de camino empezó a llover; las primeras gotas siseaban al contacto con las losas candentes de las escaleras, pero cuando llegó a su casa los adoquines ya estaban oscuros y resbaladizos. Iba pensando en su hermano, solo allá en el norte, y le sorprendió el telegrama que halló encima de la mesa.
La lluvia había empañado la ventana; apenas lograba leer el texto. Abrió la puerta con gesto ausente para que entrase luz.
Esposo. Ya se las arreglará sola. Junan.
Por el rabillo del ojo vislumbró la presencia de alguien y, al levantar la vista del papel, vio a Yinan en el patio. Llevaba años de luto por la muerte de su padre; bajo aquel cielo oscuro, el lazo blanco que tenía en la cabeza parecía una polilla. La visión lo llenó de inquietud. Acaso fue la muerte de su madre cuando era niña lo que había hecho de Yinan un ser tan melancólico. Él mismo, el día en que murió su propia madre, había oído cuchichear a unos vecinos que algunos niños no superaban una pérdida semejante.
Cuando al cabo de unos minutos salió en dirección al club de oficiales, Yinan seguía plantada allí, al pie del mísero alcanfor. Al bajar las escaleras sintió que los goterones le salpicaban la frente.
Señaló hacia la casa.
– Lo siento -dijo-. Escribí a tu hermana para ver si podrías volverte a Hangzhou, pero quiere que te quedes.
Yinan bajó los ojos de manera casi imperceptible, como para ocultar sus pensamientos. Qué ridículo. No había derecho a que Junan los intimidase de esa manera. Pensó que quizá debería obligarla a aceptar el regreso de su hermana, pero se figuró que eso no serviría más que para complicarle aún más la vida a Yinan. Por la razón que fuese, se sentía culpable. Pero no había nada que hacer, ningún consuelo que pudiese ofrecer. Ojalá, pensó Li Ang, pudiese dejarla allí plantada.
– Meimei-dijo finalmente-, entra en casa.
– Gracias, gege, pero prefiero quedarme aquí -dijo-. El aire es fresco y huele bien.
– Tienes el vestido empapado.
– Jiejie me obligó a ponerme las nuevas vacunas.
Li Ang sonrió.
– Y a mí también -dijo-. Viviendo con Junan, no has debido de estar enferma ni un solo día de tu vida.
Por un momento pensó que le devolvería la sonrisa.
– Sólo una vez -dijo-. Estuve enferma una vez. No pude asistir a vuestra boda. ¿Te acuerdas? Pero no fue culpa suya. Es que cogí el shuidou. Me dejo una cicatriz.
Entonces giró la cara y se señaló la ceja. Li Ang se inclinó hacia ella, pensando por enésima vez que Junan tenía razón, que su hermana era demasiado sensible, lo cual resultaba un problema, y se preguntó qué demonios iba a ser de ella en el futuro. Entonces se olvidó de por qué se había arrimado. Tampoco es que estuviese muy cerca, pero de repente tuvo plena conciencia de la luz clara y grisácea, de la textura de los párpados de Yinan, de la curva de su frente y del olor que flotaba en su aliento, el aroma del tofu prensado con ajos tiernos que ambos habían cenado la víspera y que ella debía de haber vuelto a comer en el almuerzo. Yinan volvió a señalársela y él siguió aquel dedo fino con la uña mordida hasta la tenue señal que tenía en la frente, un cráter poco profundo, apenas visible. Mientras contemplaba la delicada cicatriz le pareció recordar el semblante de un lugar largamente olvidado, una geografía que no recorría desde hacía cien años, pero que en su día había tenido grabada a fuego en la mente. La cogió por los hombros y le sorprendió la calidez de su cuerpo. Entonces la soltó y se alejó a toda prisa.
Salió a la calle temprano, antes de que se hubiesen despertado las mujeres, pero esa noche volvió pronto a casa, arrastrado por la sensación de haber olvidado dónde había puesto algo y de tener que buscarlo. Mary estaba en la cocina, cenando a solas. Lo miró por encima del canto del plato, sorprendida. Se levantó de un salto y le sirvió la comida; Li Ang se la llevó a su cuarto. Por el camino echó un vistazo a la puerta de Yinan, que estaba abierta, y vio que no le había hecho ni caso a la cena y que estaba sentada en su escritorio, leyendo y mordisqueándose la punta de su larga trenza. Ella no reparó en su presencia; al cabo de un minuto o dos Li Ang se marchó. Cuando terminó de cenar tomó la firme resolución de quedarse en su cuarto, fue hasta el escritorio y cogió una hoja de papel para escribir a Junan. Tal vez una carta en la que le detallase sus motivos la convencería. Pero se pasó varios minutos sentado sin escribir nada, con la mirada fija en la mano y la pluma.
«Querida esposa -escribió finalmente-, Yinan debe marcharse.» Al escribir esos caracteres, el corazón se le disparó con tanta violencia que le empezó a temblar la mano y salpicó de tinta el papel. Se puso en pie, sin soltar la pluma, y salió del cuarto.
Fue al club de oficiales y volvió varias horas después. Tumbado en la cama, no lograba conciliar el sueño; tenía miedo de cerrar los ojos. Fijó la mirada en la cortina agitada por el viento hasta que se cansó. Pero en cuanto cerró los ojos lo asaltó la visión de la chica plantada en el patio, con el lazo blanco prendido de su espesa melena. Era una noche inusitadamente silenciosa. No se oían sirenas, ni nada que lo distrajese de esa imagen sigilosa que volvía a él una y otra vez.
La noche siguiente fue a cenar al club. Buscó con avidez el bullicio y la compañía de sus colegas. Pero ni siquiera cuando bromeaba con el general Hsiao y discutía con los demás podía dejar de aguzar el oído, de mantenerse atento.
– ¿Qué te pasa? -le preguntaban, y él les decía que le había parecido oír un avión; una respuesta de lo más corriente, aunque todo el mundo sabía que los cielos estaban despejados; en ese momento el enemigo estaba bombardeando Changsha. Le tomaron el pelo diciéndole que tenía los nervios destrozados y que haría bien en irse al frente. Pero no podía evitar estar atento. Por encima del barullo de los comensales, del tintineo de los platos y de las risas y de las bromas con las camareras, lo oía perfectamente: el silencio que surgía del cuarto de Yinan, que crecía y se estiraba por el aire y llegaba hasta él. Al final terminaría volviendo a casa. Era donde vivía. Pero apuró hasta el último minuto, hasta que todos sus amigos se hubieron marchado y sólo quedaban los más borrachos e incapacitados. Entonces miró a su alrededor, sintió un escalofrío, y atendió la llamada de ese grave silencio.
Casi amanecía cuando llegó a casa. Dio una, dos vueltas alrededor del edificio, vigilándolo, y recordó fugazmente aquella otra madrugada en que hiciera guardia en la residencia donde se encontraba Li Bing. De repente, al pensar en su hermano, se vio dominado por la convicción, inédita y pavorosa, de que su propia vida había sido un error, de que todas las oportunidades que había aprovechado y considerado fruto de su buena suerte no habían sido sino una serie de errores estúpidos, decisiones terribles tomadas en momentos de flaqueza.
Dentro del apartamento volvió a sentir aquel silencio expectante que lo empujaba hacia el recibidor. La puerta cerrada del cuarto de Yinan lo atrajo como un imán a una limadura de hierro. Se sentía como un intruso. Y, sin embargo, nadie le había dicho que se mantuviese alejado. Tenía la casa entera a su disposición; era suya. No existía la menor razón para mantenerse alejado. Se paseó de un lado para otro, tratando, al principio, de no hacer ruido, y al final deseando despertarla. Se paró súbitamente delante de su puerta. Se le subieron los colores; volvió a sentir como si se hubiese olvidado algo. De repente agarró el picaporte. Giró con facilidad.