Se despertó horas después entre sábanas húmedas y descubrió que la casa seguía en pie de milagro. Quería salir a ver qué más cosas habían sobrevivido. Yinan dormía a su lado. Alzó la cabeza y la miró: la columna de la garganta, los delicados huesos y tendones de los brazos y los hombros. Dormía extenuada, con la cabeza vencida hacia atrás y la boca abierta. Mientras la observaba, le entró miedo. Se despegó de ella y la tumbó de espaldas. Le vio una marca en el hombro desnudo, la huella de su mano.
Más tarde, apostado en un alto sobre la bifurcación del río, vio cómo el avión de la compañía nacional china descendía hasta desaparecer del campo de visión, pasadas las chozas y las escaleras y las calles adoquinadas, y se hundía en la mortaja de niebla que ocultaba la estrecha pista de aterrizaje situada sobre las aguas. Entonces miró más abajo, entre la calima, esperando ver a los pasajeros salir del avión y subir a bordo del champán que los cruzaría a la orilla, donde recogerían el equipaje y remontarían en palanquín el empinado sendero que llevaba a la salida. Transcurrió un buen rato hasta ver emerger de la niebla la pequeña figura de Junan. La reconoció al instante. Iba muy erguida, a pesar del tambaleo del palanquín. No se recostó para divisar la ciudad encaramada en el borde del precipicio, ni pareció inmutarse cuando el andero de delante echó a trepar cuesta arriba a toda prisa, balanceándola; tampoco es que se desmayase al comprobar lo escarpado de la pendiente, aunque las niñas, sentadas en el palanquín de atrás, se encogieron del susto al contemplar el terrorífico abismo. Detrás de ellas, seis o siete culíes se derrengaban bajo el peso de sus arcones, baúles y petates. El eco quejumbroso de sus salomas llegaba flotando hasta sus oídos. Junan era como una mujer civilizada procedente de una tierra remota y llegada a estos confines bárbaros para salvarlo. Con ese propósito en mente, abriéndose camino -a sí misma y a las niñas- a base de sobornos, había salido de territorio ocupado, había dejado atrás el frente, había cruzado gargantas y atravesado cordilleras, antes de aterrizar en aquella isla angosta.
Según se acercaba la comitiva, Li Ang esperó a que Junan diese muestras de sospechar, o incluso saber, lo que él había estado haciendo. Pero sus facciones perfectas conservaban su antiguo aplomo. Serenos los ojos, erguido el mentón, se le acercaba tan pura como si llegase sentada en una carroza de novia. Su palanquín ganó la entrada. Hubo una pausa expectante antes de que Li Ang se lanzase a ayudarla a apearse de la silla. Una vez en tierra, los dos se quedaron frente a frente, manteniendo una distancia respetable. La luz del sol rompía contra su melena negra y su rostro ebúrneo. Una ola de pánico lo galvanizó y se fue hacia ella como si tuviese el viento en contra.
Huida
Una tarde, justo a esa hora del día en que el terrible calor de finales de verano resulta más sofocante, Hu Mudan se bajó del trasbordador que cruzaba el Jialingjiang y emprendió la larga ascensión por las escaleras de la ciudad en dirección a las calles donde vivían los oficiales nacionalistas. Como buena nativa de la provincia, se había vestido para protegerse del calor: un ancho sombrero de paja y ropas de algodón holgadas que ocultaban su cuerpo. Después de dar a luz se había quedado más delgada. Con sus caderas escurridas y su zancada suelta, podía parecer un hombre menudo que subiese las escaleras con cierta agilidad precavida para evitar un contacto prolongado entre sus sandalias de suela de tela y la ardiente temperatura de las losas. Pero la misión que la ocupaba era típica de mujer. A pesar de lo empinado del camino, a pesar del calor achicharrante, se veía obligada -por la curiosidad, la ansiedad y otra emoción a medio camino entre el amor y el deber- a encontrar la casa que buscaba.
El día antes, mientras compraba en el mercado, notó que alguien la observaba desde el puesto de las judías. Alzó la vista y se encontró con un rostro de mujer, fatigado, avejentado. La conocía de algo. Conocía esos ojos de forma agradable pero de expresión algo mezquina y desabrida. La mujer no era tanto delgada como fláccida, y Hu Mudan recordó cuando esos mismos huesos apuntalaban carnes firmes. Se acordó de las tejas verdes glaseadas y de la morera; y por un instante casi creyó ver los delicados contornos de la casa de los Wang, algo desmoronados, y oler las rosas reventonas del jardín de Chanyi.
– Weiwei.
– Me has reconocido -dijo la mujer, y un fugaz rictus de coquetería destelló en la comisura de sus labios.
– Te reconocería en cualquier lugar -le aseguró Hu Mudan.
– Tampoco he cambiado tanto. -Y ya con menos seguridad, añadió-: Han sido unos años muy duros.
– ¿Sigues trabajando para la familia? ¿Dónde viven?
– En la colina.
Percibió un deje de cautela en la voz de Weiwei. Hu Mudan sintió enfriarse el sol que le daba en la espalda.
– ¿Y los demás? -preguntó.
– Gongdi emprendió el viaje conmigo pero murió en las gargantas.
La piel del rostro de Weiwei se quebró en minúsculas arruguitas. ¿Qué había pasado? Hu Mudan respiró hondo.
– ¿Y la señorita? ¿Cómo está Yinan?
Weiwei bajó los ojos y los fijó en el rimero de judías.
– Ya no vive con nosotros.
– No me digas que Yinan se ha casado…
– No. Se marchó de casa.
– ¿Y dónde está? ¿De qué vive?
Weiwei se encogió de hombros.
Hu Mudan se acercó. Le daban ganas de agarrar a Weiwei con las dos manos y sacudirla hasta que soltase toda la información, pero llevaba un cesto. Todos esos años, desde que saliera de casa de los Wang, se había preocupado por Junan, pero sobre todo por Yinan. Y ahora le venía Weiwei y le contaba unas noticias tan impactantes, pero a cuentagotas, como si por contar la verdad fuese a quedar en evidencia. Hu Mudan ya no era de la casa. La habían echado. Notó que Weiwei quería dar marcha atrás. Le sonrió, dando marcha atrás también ella, y le preguntó en qué parte de la colina vivía la familia. Una pregunta inofensiva. Entonces le dijo que pronto les haría una visita, y detalló cuánto, y de qué forma, se asemejaba Weiwei a la niña que en su día había sido. Luego se despidió de ella y la vio perderse entre la multitud.
Esa noche sus pensamientos volvieron una y otra vez a las hijas de Chanyi. Recordó las largas noches posteriores a su muerte, cuando recorría toda la casa y se las encontraba a las dos dormidas en la habitación de Yinan, con las oscuras cabecitas rozándose y el pelo desparramado por la almohada como trazos de tinta. La que más sufrió fue Yinan; era frágil, como su madre. En los meses posteriores a la muerte de Chanyi, Hu Mudan se pasó horas acunándola, protegiéndola y consolándola. Junan, en cambio, no estaba dispuesta a pedir ayuda. Incluso de niña, ya guardaba un brazo de distancia con Hu Mudan y sólo aceptaba a su madre, como si el consuelo de cualquier otra persona fuese indigno de ella. Cuando su madre falleció, se blindó contra su muerte y apechugó solita.
El día de su boda, Junan, alta y pálida, con su nariz curva y su boca de granada, se mostró tan fría con su apuesto marido que cualquier observador espontáneo habría dado por sentado que todo aquello le traía sin cuidado. Pero Hu Mudan sabía la verdad. Sabía, desde hacía mucho, que bajo esa fachada esquiva y distante se escondía un carácter propenso a la obsesión. Y ahora, al enterarse de que Yinan vivía por su cuenta, Hu Mudan se vio dominada por la necesidad de saber qué había ocurrido entre las dos hermanas.
En cuanto a Li Ang, Hu Mudan siempre se había mostrado escéptica. Cuando lo conoció estaba embarazada y no necesitaba nada de lo que él pudiese ofrecerle. Intuyó que lo mejor que tenía que ofrecer de sí mismo, lo ofrecería en la cama. Se fijó en su cuerpo, duro y ágil, en su rostro oscuro y contundente, en sus ojos centelleantes, y percibió una vitalidad prodigiosa. Sí, de acuerdo, era generoso con las mujeres, y con frecuencia amable, pero esa amabilidad era del peor tipo posible, fruto de la irreflexión antes que del cálculo premeditado o incluso de la lujuria. Ahora, mientras subía los escalones que conducían al barrio de los militares, Hu Mudan se figuró que Li Ang sufriría a causa de esa irreflexión. La amabilidad despreocupada tenía un precio, y la generosidad despreocupada, también.