El tufo de los que sufrían cuando apretaba el calor espesaba el aire. Los últimos tres años la ciudad se había hinchado como un tumor con todos los recién llegados, además de con sus soldados, sus burócratas y sus refugiados. Estaba casi irreconocible. Por las noches caían más bombas, se derrumbaban más edificios y más gente se quedaba en la calle. Ahora, la ciudad estaba repleta de famélicos, sentados o tumbados en las escaleras, y ahí dormían, mendigaban, se consumían. Una niña tenía en brazos un bebé con moscas en los ojos. Hu Mudan le puso un penique en la mano. No podía ayudarlos a todos.
El destino los había abandonado. A duras penas llegó al barrio de los militares y preguntó a las mujeres que estaban junto al pozo las señas de la casa del oficial Li Ang.
Sí, Junan la había despedido. Pero la responsabilidad de Hu Mudan para con la familia se remontaba a la época en que Junan no era más que una bola en la barriga de Chanyi. Seguía siendo la responsable y, como tal, testigo de lo que las hijas de Chanyi hiciesen en vida.
La vi llegar desde mi ventana en lo alto de la colina. Observé cómo subía las escaleras, moviéndose cansina pero resueltamente a través del calor. Al llegar a la entrada se detuvo y miró la casa, inescrutable el rostro bajo el ala del sombrero. Se invitó a entrar. Salí de mi habitación y corrí a la puerta. Estaba tan emocionada que casi atropello a mi madre y a mi hermana. Mi madre estaba más tiesa que un florero de porcelana. Todas y cada una de sus partes -el tronco, recto y alargado, las finas manos, la intensa sonrisa- estaban absolutamente bajo control.
– Bienvenida, Hu Mudan.
– He venido a ver cómo andabais.
– Por supuesto -dijo mi madre-. Gracias por venir.
Su magnánima sonrisa pretendía ocultar un tropel de emociones: irritación, confusión y, sólo tal vez, gratitud. Se daba aires de reina, aunque fuese una reina que echaba el resto para vivir en un pisito indescriptible: feo, diminuto, y, aunque se negase a reconocerlo, indigno de ella.
– Xiao Hong -dijo mi madre, poniéndome la mano en el hombro-, dile hola a Hu Mudan. ¿Te acuerdas de Hu Mudan?
Enmudecida por la repentina felicidad y vergüenza, no dije nada.
– Hola, Xiao Hong. ¡Cómo has crecido! Hu Ran está aquí, en Chongking. Seguro que le encantaría verte. -Hu Mudan me examinó-. Es igualita que tú -dijo, mirando a mi madre. El comentario era de lo más incorrecto, hasta yo me di cuenta. Todo el mundo decía que yo había salido a mi padre.
– Ésta es Hwa -acerté a decir.
– Hola, meimei.
Hwa frunció el ceño. Apartó la cara y se refugió entre las piernas de mi madre.
– Tú no puedes llamarme así -dijo.
– ¿Cómo debería llamarte?
– Tú no eres de mi familia y no tienes derecho a llamarme así.
Hu Mudan se rió.
– Ésta es más parecida a ti todavía -dijo.
Esa vez fue mi madre quien puso cara de pocos amigos.
– ¿Y dónde está tu meimei, Junan?
La pregunta cayó como una piedra. Mi madre se removió en la silla.
– Yinan ya no vive con nosotros.
– ¿Por qué no?
Mi madre suspiró y levantó una mano, larga, blanca, en un ademán indefinido.
– Pasó varios meses aquí, sola -dijo-, llevándole la casa al coronel. Dice que es por algo que hizo. Pobre Yinan. Es muy joven. Yo le dije que no se preocupase, que no importaba, pero ella insiste en tomárselo todo muy en serio.
Sonrió como si Hu Mudan fuese a entenderlo perfectamente.
Pero Hu Mudan no le devolvió la sonrisa.
– ¿Dónde está Yinan? -preguntó de nuevo.
– Dice que no quiere recibir visitas.
– Vergüenza debería darle -dijo Hu Mudan-. Todos estos años he estado pensando en ella. Está fatal eso de no querer ver a las viejas amistades. Es una verdadera vergüenza que viváis separadas. No es lo que habría querido tu madre.
– Ojalá te oyese Yinan. -Mi madre se inclinó hacia Hu Mudan como si fuese a hacerle una confidencia-. Se ha puesto como una loca, y por una tontería.
– Igual necesita que alguien escuche su versión de los hechos.
Mi madre volvió a sonreír.
– Gracias por venir -dijo-. Si necesitas cualquier cosa, ya sabes dónde estamos.
– Tal vez debería ir a verla.
– Gracias por pasarte a vernos.
El silencio se podía cortar con un cuchillo. Hu Mudan se agachó hacia mi hermana y le chasqueó la lengua; Hwa desvió la mirada. Mi madre se puso tensa, deseando con toda el alma que Hu Mudan se marchase. Yo quería que Hu Mudan resistiese. Necesitaba que se quedase y me ayudase a entender el desconcierto en que estábamos sumidas. Pero mi madre ya había tomado una decisión.
Hu Mudan echó a andar hacia el poniente. Iba tan tensa que no podía ni levantar la mano para protegerse los ojos.
No se relajó hasta llegar a las escaleras. Las bajó muy despacio; de repente, se sentía fatigada. La ciudad giraba alrededor de ella: bajo sus pies, la empinada escalera; más abajo, el Jialingjiang en sombras. Largos rayos rojos y anaranjados relumbraban en las tejas polvorientas y en las casas parcheadas y construidas sobre pilotes. Lo único que podía hacer Hu Mudan era concentrarse en sus propios pasos: decidida a cuidar de sí misma, miraba dónde pisaba. No reparó en las personas sentadas en las escaleras ni movió un dedo para sacudirse el mosquito que se le posó en el brazo.
Llevaría andado medio kilómetro en dirección al río cuando oyó que alguien corría tras ella. A nadie se le ocurriría llevar prisa con ese calor; y muchos tampoco se arriesgarían a sufrir un accidente bajando a la carrera esas escaleras atiborradas de gente. Hu Mudan se dio la vuelta. Allá en lo alto vio a Weiwei, asustada, con el rostro bañado en sudor.
– Hu Mudan… -Weiwei se esforzó en recobrar el fuelle-. Me ha mandado al mercado…
Hu Mudan se quedó a la espera.
– … y he pensado que igual bajabas por este camino.
Weiwei se quedó sin aliento. Tiró a Hu Mudan de la manga, sin pronunciar palabra, y a ésta la embargó la tristeza. Nunca le había tenido mucho aprecio pero ahora, asintiendo con la cabeza, clavó los ojos en el rostro envejecido de la mujer. Weiwei se arrimó a ella y le dijo:
– Sé dónde está. Vive con Rodale Taitai, una señora americana, en la vieja carretera de la Plaza del Pozo, cerca de la Puerta del Dragón Vigilante. Hazle una visita. Se sentiría mucho mejor si viese a alguien conocido.
La Puerta del Dragón Vigilante quedaba un poco más adelante, siguiendo el curso del río. Cuando Hu Mudan llegó a la plaza, preguntó por la americana, Rodale Taitai. Aunque nadie la conocía personalmente, todo el mundo sabía dónde vivía. Le explicaron que era una misionera que se había casado con un chino. Aunque nunca armaba escándalos, más allá de pasearse por la calle del brazo de su marido, era bien conocida en el vecindario, donde todavía se la llamaba «Rodale Taitai» por su nombre de soltera, Kate Rodale. Como no era china, no se mezclaba con las demás, y como se había casado con un chino, las esposas de sus compatriotas no terminaban de aceptarla del todo. Estaba apartada de todo el mundo, aunque empeñada en vivir entre ellos; una mujer grandota y sombría, algo envarada y siempre con aspecto asustado.
La verdad es que jamás habría podido integrarse en el ambiente. Tenía la piel blanca -pero blanca de verdad, no rubicunda, como aquellas caras británicas que Hu Mudan veía a veces en Hangzhou- y los ojos extraordinariamente grises, casi incoloros. A Hu Mudan no le entraba en la cabeza que un chino se hubiese casado con una mujer así. Tenía curiosidad por conocerlo y ver cómo era.