Y así nos reunimos nosotras con mi padre. Aún recuerdo la primera vez que lo vi después de dos años. Sentada al lado de Hwa, me eché hacia delante en aquel palanquín tambaleante y lo divisé en la colina. Allí estaba esperándonos, con su uniforme, iluminado por el resplandor y la niebla. Parecía puro chi, listo para elevarse por el aire, y en ese momento lo creí capaz, con su energía y su arrojo, de mantenernos a salvo -a nuestra familia y al país entero- de la confusión que nos abrumaba. Yo estaba desbordante de gratitud por su fuerza y ligereza. Después de haber depositado en él tantas esperanzas, sabía que no podía fallarme. ¿Cómo podría no amarme, amándolo yo a él tanto como lo amaba?
Pero por dondequiera que pasásemos, veíamos los avisos colocados por quienes no habían tenido tanta suerte.
Perdido el 14 de septiembre cerca de la vieja carretera del elefante: Huang Dai, niño, 7 años, 1,20 m de altura, dos lunares grandes en el tobillo izquierdo. Se recompensará.
Busco a mi madre, Hwa Neibu, de la provincia de Jlangsu, perdida en el segundo ataque a Changsha. se recompensará.
Memei, Memei, ¿dónde estás? Te espero en la puerta del embarque de viajes larga distancia.
Chongking también era un lugar de caos y separación. Desde mi ventana avistaba, allá abajo, las escaleras atestadas de los que habían sobrevivido a la separación de la guerra: hombres y mujeres agobiados bajo el peso de fardos andrajosos con todas sus posesiones dentro; mugrientos niños famélicos, y chuchos callejeros. La tumefacta ciudad se hallaba dividida en facciones. Las oleadas de refugiados desbordaban las murallas, pero los antiguos residentes ahí seguían, y recibían con desprecio a los forasteros. Al principio mi madre pensaba que las placas de las calles resultaban ininteligibles en el dialecto local. Luego se enteró de que los nativos se referían a las calles por su antiguo nombre, convirtiendo así la geografía de la ciudad en un palimpsesto intransitable.
Al poco de instalarnos, una grieta en zigzag rajó el recién enjalbegado muro de adobe de la cocina. Una olla de barro se cayó al suelo. Weiwei ponía parches y pasaba la escoba, pero no había forma de reparar las roturas. La pérdida era enorme. Hu Mudan y Hu Ran estaban en algún lugar de la ciudad, pero mi madre ni los mencionaba. Además, entre mi madre y mi padre pasaba algo raro. Volvían a estar juntos pero yo echaba en falta la palpable alegría que solía irradiar mi madre en sus reencuentros de antaño. Tampoco es que hubiesen sido muy habladores, pero ahora conversaban con frases inconexas, parándose cada dos por tres, esperando la intervención de una tercera persona.
– Echo de menos a Ayi -dije una noche durante la cena.
– Yo también -dijo mi madre-. Pero últimamente no se encuentra bien, y necesita estar tranquila una temporada.
– Nos leía cuentos -le dije a Hwa-. ¿Te acuerdas de Ayi?
– No.
– ¡Hwa! -exclamó disgustada mi madre, pero le puso otro trozo de pollo en el plato. Luego miró a mi padre-. Pobre Yinan -dijo.
Mi padre no respondió. Pero una noche, a esa misma hora, mientras mi madre acostaba a Hwa, me llamó con un gesto y sacó de su bolsa un paquete de papel marrón.
– He encontrado esto para ti, Hong -dijo.
Era una antología de cuentos de Grimm en inglés, impresa en grueso papel satinado y con ilustraciones a todo color.
– Pronto aprenderás inglés -dijo-. Te estás haciendo mayor.
Estábamos los dos solos. Lo miré a los ojos con detenimiento, tratando de encontrar al padre que yo recordaba en esa expresión que, tan misteriosamente, se le había transformado y dulcificado en los dos últimos años. Vi que me sostenía la mirada con tristeza y supe que todavía me quería.
– Gracias, papá -le dije.
Me toco la coronilla.
– Ahora vete a la cama.
Más tarde mi madre me advertiría que no leyese muchos cuentos de hadas. Decía que eran como el opio y que podrían hacer de mí una mujer inútil. Quise enseñarle el libro a Hwa, pero, sintiendo que la habían hecho de menos, estaba furiosa y no quería ni mirarlo. Yo apenas sabía unas pocas palabras en inglés pero me pasaba horas estudiando los cuentos y mirando las ilustraciones. Escondía el libro bajo la almohada y, a finales de la primavera, cuando empezaron los bombardeos, era lo único que me llevaba al refugio.
Sólo llevábamos juntos unos meses cuando, de repente, mi padre se marchó de Chongking. Mi madre nos dijo que lo habían destinado al sur. Esa explicación fue bastante para Hwa, que sólo lo había conocido durante esos breves meses. Pero mis recuerdos iban más allá. Yo había esperado el regreso de su optimismo burlón y el achuchón de sus fuertes brazos. Había esperado, como mi madre, estar con él una vez más. Él era la razón de que hubiésemos viajado hasta Chongking. Su nueva partida me dolió. Sumida en mi propia decepción, no me paré a pensar lo mucho que debió de dolerle a mi madre.
Ella jamás nos abandonaría. Nos mantuvo a salvo hasta de los bombardeos japoneses. Los días nublados, cuando la visibilidad era escasa, pasábamos el rato igual que en Hangzhou. Cantábamos canciones, aprendíamos poesías y jugábamos. Los días despejados, estábamos expuestas al enemigo. Observábamos las señales de los faros, nos manteníamos a la escucha de las sirenas, y cuando los faros se ponían rojos, salíamos corriendo a los refugios antiaéreos. Allí comíamos las provisiones que mi madre había acaparado: huevos salados, panecillos duros y frutos secos. Nos turnábamos para hacer nuestras necesidades en un orinal comunitario. Mi madre se esforzaba en mantenernos limpias, pasándonos un trapo mojado con agua, ahora tan apreciada.
Nos enseñó a cerrar los ojos, como si la oscuridad fuese elección nuestra, y con el tiempo nos acostumbramos a ella. Entonces llegaron las bombas, dioses enormes que obraban una poderosa destrucción. Eran crueles y descomunales, pero si nos quedábamos completamente quietas, escondidas al lado de nuestra madre, no nos hacían daño. Hwa y yo aprendimos a escuchar el sonido de su pulso. Nos familiarizamos con el latido y el coraje de su cuerpo, recobrando el conocimiento que poseyéramos mucho tiempo antes, durante los meses que pasamos inmersas en su palpitante oscuridad. Nos aferrábamos a ella, Hwa dormida y yo despierta. Yo la sentía ágil y alerta bajo muchas capas de ropa, unas finas, otras gruesas, que amortiguaban y suavizaban las sartas de perlas y abalorios que llevaba alrededor del cuello. Cuando me acurrucaba junto a ella, aquellas espirales duras y macizas se me clavaban en la cara, pero yo no decía nada. Sabía que no debía mencionarlas jamás. En ellas confiaba mi madre para hacer frente a un desastre mayor que los que ya habíamos padecido.
Una tarde de mediados de verano, Hwa y yo andábamos remendando los zapatos de mi hermana. Antes de eso, mi madre había contratado a una chica de pueblo para que la ayudase con las suelas, que consistían en varias capas de tela unidas con engrudo. Una vez endurecidas las capas, se perforaban con una lezna y se cosían con hilo de lino grueso. Todo iba bien con la chica hasta que un buen día mi madre, al volver de un recado, se la encontró comiéndose el engrudo. Fue tal el asco y la lástima que le dio, que se le hizo imposible soportar su presencia. La mandó a casa con unos cuantos boniatos y decidió que nosotras mismas nos ocuparíamos del trabajo.