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Entonces la voz empezó a hablar. Era una voz trémula, de otro mundo, pero al mismo tiempo me resultaba familiar. No identifiqué al hablante.

– Tengo miedo -dijo la voz.

– Chsss -oí que decía una vieja-. Enseguida terminamos.

Luego dijo algo en el dialecto local. La vi estirar la mano y coger un brazo, subirle la manga y sujetarle la muñeca con el pulgar y el índice. Una muñeca esbelta, como el estambre de un flor.

– Tiene el pulso acelerado, y muy fuerte.

– ¿Y eso qué significa, Cho Puopuo? ¿Puedes controlárselo?

– Tenemos que sacarle la sangre que le sobra. Necesitamos sanguijuelas.

– Imposible.

– Entonces agua caliente.

– No podemos arriesgarnos a hacer humo.

La tal Cho Puopuo, que estaba en cuclillas, era una mujer diminuta con un protuberante labio inferior.

– Traed la vajilla -dijo-. Hay que sajar el cordón con porcelana recién rota para que el corte sea limpio. -Volvió a tomarle el pulso-. Cortad un trozo de tela en tiras.

Me metí detrás de una maleta, donde nadie podía verme. Debí de quedarme un rato dormida porque cuando volví a mirar, el corrillo de mujeres se había desplazado, despejándome la perspectiva de la escena. Mi madre y otra mujer estaban de pie junto al paciente. Entre sus piernas alcancé a ver un semblante humano, un rostro de mujer transido de dolor, con los ojos desorbitados, en blanco.

– Jiejie, por favor, lo siento.

Era mi tía. Yinan, la dulce Yinan. Ahí estaba, presa del dolor, tal vez agonizando. Quería ayudarla pero me quedé quieta, por el miedo. Y la cara de mi madre seguía tan blanca y delicada como el polvo.

– Por favor, ¿me perdonas?

– Empuja -dijo Cho Puopuo.

– Por favor -dijo Yinan, casi murmurando-. Si lo has perdonado a él, ¿no podrías perdonarme a mí también?

En las profundidades del silencio, la voz de mi madre resonó fría como el hierro.

– Tú eres mi hermana -dijo-. Él sólo es un hombre.

– Empuja.

Le sobrevino una tiritona espantosa y prolongada, y de nuevo comenzaron los gritos. Esta vez, sin embargo, logré distinguir las palabras. «¡Jiejie! ¡Jiejie! ¡Jiejie! ¡Jiejie…!» Era el sonido de alguien que había perdido toda esperanza. Chistaron desde todos los rincones: la oscuridad bullía de siseos. «¡Que se calle! ¡Haced que se calle!» Entonces, un estallido enorme ahogó todo sonido. Fue como si estuviésemos metidos en un tambor gigantesco.

Teníamos al enemigo encima.

– ¡Ayi! -grité-. ¡Ayi!

Pero Yinan no me oía.

Desde entonces he aprendido a detectar cierta expresión en la cara de la gente: el gesto típico de las personas que viven temerosas de una experiencia concreta, de un lago tenebroso que se les abre en la memoria y las engulle. Hay momentos del pasado que no podemos olvidar por más que ansiemos extraviarlos en el sueño, el amor o la sabiduría. Así, pasados todos estos años, cuando la memoria me engulle y me devuelve a aquella época, no consigo recordar el final de los bombardeos. No pienso en la subida a la superficie, tras pasar varios días bajo tierra, ni en la salida a la luz grisácea y aplastante. En cambio, lo único que veo es oscuridad, nada más que oscuridad y el temblor de los muros. Y recuerdo, en lo más hondo, en el mismísimo corazón de aquella fuerza detonante, la determinación de mi madre. Nada de alivios ni consuelos; nada de claudicar ni de perdonar.

Durante una pausa, alguien dijo:

– Es niño.

Shanghai 1946-49

Mi madre creía que el temperamento violento de Hwa le venía de Chun, su ama de cría. Según contaba, se había precipitado al escogerla. Había tenido que buscar una nodriza en mitad del caos en el que se había convertido Hangzhou durante la ocupación, pues no era cuestión de criar al bebé con gachas de arroz, y las mujeres de clase alta no daban el pecho a sus hijos. Pese a la prisa que le corría, había escogido con esmero -consciente de que los niños, cuando crecen, salen a las mujeres que los amamantan-, pero por querer seleccionar en función de la inteligencia, pasó por alto los feroces ojos de la chica. Al principio, Chun, que era de un pueblo perdido de Hunan, parecía una mosquita muerta. Pero con el tiempo, sin el ardor de las especias, comenzó a languidecer y a quejarse, y mi madre, distraída, la dejó prepararse su propia comida, permitiendo así que la pequeña Hwa mamase su leche salvaje. Cuando el carácter de Chun se hizo patente, Hwa ya crecía sana y saludable alimentándose con esa leche tan fuerte, y no había forma de que aceptase otra. Se convirtió en una niña despierta y perfectamente obediente siempre que no se enfadase, porque entonces se ponía a llorar y a berrear hasta que nos plegábamos a sus caprichos. Los berrinches de Hwa ponían a prueba incluso a mi madre, que se lamentaba de haber desatendido la armonía del hogar por culpa del tumulto de la guerra. Era uno de los contados errores que admitía.

Pero Hu Mudan había visto la verdad. No hacía falta irse tan lejos para dar con la causa de la ferocidad de Hwa: su genio era una réplica del de mi madre. Al igual que ella, Hwa esgrimía su cólera para proteger un corazón sensible. De niña no soportaba que se mofasen o la dejasen de lado. Era como si intuyese que no había sido deseada. No sé cómo lo sabía, porque mi madre jamás mencionó que habría querido que Hwa fuese niño. Se había tragado su deseo y la había aceptado desde el momento en que nació, reivindicando a su nueva hija con su visceral sentido de la lealtad.

De modo que esa actitud defensiva Hwa la llevaba en la sangre, así como el ansia de respuestas, la pose distante y su indecisión a la hora de confiar en los demás. Con el tiempo aprendió a desenvolverse. No perdía el control ni le abría el corazón a nadie. A mi padre apenas si lo conocía, pero tenía una fe absoluta en el amor de nuestra madre. Años después, ya afincadas en los Estados Unidos, bien lejos del tumulto de nuestra niñez, Hwa seguía teniendo devoción por ella y siempre le proponía que se fuese a vivir con ella a California. Creía a pies juntillas en lo que mi madre quiso contarle. Y se mostraba incondicionalmente a favor de la actitud que adoptaba nuestra madre con respecto a nuestro pasado. Hwa no se molestaba en ponderar la historia de la familia ni secundaba mis esfuerzos a ese respecto.

– Tú te crees -me dijo una vez por teléfono- que por rumiar lo bastante todo este asunto, al final le hallarás un sentido. Pero es que aunque así fuese, ¿qué más daría? Al fin y al cabo, todo te ha ido bien. Tu vida no es peor que la de cualquiera.

– Eso es verdad -dije-. Y puesto que es verdad, ¿qué hay de malo en que vuelva a China de visita?

– Pues que sería como tratar de rescatar el pasado -me contestó-. Y eso es imposible.

– Pero llega un momento en que debemos reflexionar sobre nuestras vidas. Tenemos que pensar en aquellos a quienes hemos querido, y en cómo nos ha cambiado ese amor.

– Hablas con Hu Mudan más de la cuenta.

– Pienso en quiénes eran esos seres queridos y en cómo eso influyó en las decisiones que tomaron. Pienso en la época que les tocó vivir… a ellos y a nosotras. La idea comunista de derrocar el poder. Mamá siempre fue la mayor y ejercía el poder. Por eso no veía a Yinan con claridad, no pudo predecir lo que hacía o sentía.

– O igual es que Yinan no quería mostrarse -dijo Hwa-. Igual tenía sus propios planes, desde un principio. Me dijiste que había estado prometida y que al final eso quedó en nada. Se estaba haciendo vieja. ¿Qué otra opción le quedaba?