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Meneé la cabeza.

– No era de esa clase de personas.

– ¿Y tú qué sabes?

– Conocí a Yinan. La recuerdo. De todas maneras, la cuestión es que estaban sorprendidos.

– ¿Y eso qué tiene que ver?

– Estaban sorprendidos de sus propias emociones. Los tres, pero sobre todo mamá. Ya sabes la rabia que le da eso. De no haberse llevado semejante sorpresa, ¿cómo te crees que podrían haber acabado como acabaron?

Se hizo un silencio.

– Lo que de verdad quieres decir -dijo finalmente Hwa- es que tú no habrías acabado como acabaste.

Mi madre me advirtió una vez que no me enorgulleciese demasiado de lo mucho que era capaz de ver. No creo que fuese orgullo sino genuina curiosidad lo que me impulsaba a esforzarme por percibir cosas. Curiosidad mezclada con la necesidad de descubrir lo que fluía bajo la calma de nuestro hogar, una corriente de dolor oculta que nadie mencionaba. La había visto en mi abuelo, con aquella mata de pelo cano y aquel mirar sesgado, como si el resol le hiriese los ojos. La había visto en mi solitaria tía. Ahora, en los días posteriores al nacimiento de Yao, la veía en mi madre. Era como vivir con otra presencia. Una presencia que no era humana, pero que tampoco era un fantasma. Mi madre se esforzaba en ocultarla, pero no desaparecía. Nada la derrotaba: ni la devoción de Hwa ni las notas tan buenas que yo sacaba en el colegio; ni siquiera el alijo de oro y joyas -cada día más nutrido- de mi madre.

Había planeado utilizar a Yinan para mantener ocupado a su marido. Pero ocurrió algo que no entraba dentro de sus planes. ¿Cómo iba a imaginarse algo así? Ella, que se había negado a ver la fuerza de su propia pasión; ella, que llevaba tantos años amándolo sin jamás mencionárselo ni saber nada de los deseos de él. Mi madre, movida por el afán de saber exactamente cómo había escapado aquel plan a su control, debió de repasar todos y cada uno de los telegramas y de reconstruir todos y cada uno de los acontecimientos. Aun así, el misterio fundamental de aquellos meses en Chongking nunca llegó a desvelarse. Había un elemento huidizo y pertinaz que no podía haber previsto. Era algo embarullado, algo que le rompía los esquemas. Se le había acercado sigilosamente, como una de esas raíces ocultas que pueden destruir los cimientos de una casa. Ahora, poco a poco, fue dándose cuenta de lo que había tratado de decirle Yinan y que ella se había negado a ver. Había perdido a Li Ang. Yinan ya no era la hermana que conocía. Yinan la había traicionado.

Lo que de verdad la había traicionado, más que ninguna otra cosa, más aún que el hijo que tuvieron, era el amor que sentían el uno por el otro. Ese amor era lo verdaderamente imperdonable.

Recuerdo la tarde aturdida de sol, en los caóticos albores de la posguerra, en que vi a mi hermano y primo Yao con ocasión de una inusitada visita.

El chiquillo tenía cinco años por aquel entonces. Se movía con atlético garbo, como mi padre, y, al igual que él, tenía un carácter alegre y abierto. Cautivaba a cuantos lo conocían, sobre todo a mi madre. Durante sus raras visitas, había llegado a formarse un vínculo entre ellos. Todas las fiestas mi madre le mandaba un regalo, siempre en un hermoso envoltorio y dirigido a su nombre. En plena guerra le hacía llegar ropa de gran calidad, hecha a máquina, y unos juguetes estupendos. Aquella tarde en particular le regaló un traje de «victoria» que llevaba una minúscula banderita nacionalista bordada en el bolsillo de la chaqueta, y lo engatusó para que se lo pusiese. Hacía mucho calor para semejante ropa, pero Yao se dignó a complacerla, pavoneándose de acá para allá antes de detenerse todo ufano junto a su madre.

– Es la viva imagen de la fuerza -dijo mi madre-. Fuerte como un guerrero y además afable. -Se volvió hacia Yinan-. Lo estás criando muy bien.

– Qué aduladora eres, jiejie -dijo mi tía. Pero cerró la mano de manera protectora en torno a la morena muñeca de Yao.

– Tiene cinco años. Seguro que dentro de poco, cuando esté listo para ir al colegio, vas a necesitar ayuda para darle una buena educación.

Yinan sacudió la cabeza.

– Los colegios de los misioneros son excelentes. Y teniendo en cuenta que trabajo para Rodale Taitai, no tenemos por qué preocuparnos.

Mi madre insistió.

– No querrás que reciba una educación extranjera. Hay que hacer de él un buen patriota.

Yinan no contestó.

– ¡Mira qué guapo y qué listo es! Un futuro héroe chino, radiante como una estrella. Hay que darle todas las oportunidades posibles -dijo mi madre, sentándose derecha en la silla-. Ni que decir tiene que le pagaré el colegio. A nuestro niño hay que darle lo mejor.

Mi madre le tendió los brazos y Yao se acurrucó entre ellos. Le acarició el suave pelo y el niño correspondió a sus atenciones con una sonrisa. Era el mismo encanto irreflexivo de mi padre. Mi madre no se daba cuenta. Respondió a la sonrisa de Yao con una expresión que yo nunca le había visto: orgullosa, llena de adoración y anhelo. Me dejó impresionada el ansia de aquella mirada. Traté de restarle importancia: no tiene nada que ver conmigo, me dije. Pero conforme los hoyuelos de las mejillas de Yao se le hacían más marcados, me puse furiosa. Si es posible odiar a un niño, yo lo odié por ser chico, por su desparpajo, por su forma de regodearse con las atenciones de mi madre sin tener ni idea de lo que eso la induciría a sentir o a creerse.

Yinan estaba lívida. Se levantó, dijo adiós con la voz entrecortada y se llevó a Yao hasta la puerta.

Poco después, mi madre envió a un hombre a casa de Yinan con el dinero para Yao. El mensajero llamó a la puerta pero no hubo respuesta. Miró por la ventana y vio que el apartamento estaba vacío. Yinan había escapado. Mi madre, discretamente, hizo averiguaciones y se enteró de que Yinan y Yao se habían marchado de Chongking. Habían vuelto a Hangzhou con Katherine Rodale, y Hu Mudan y Hu Ran también se habían ido con ellos.

Más tarde, en el cubo de la basura de la cocina, medio tapadas con mondas de ñame, encontré un montón de fotografías en blanco y negro. Algunas estaban enteras, otras eran recortes de fotos mayores. En todas salía mi tía. En una de ellas aparecía muy niña, con una coleta tiesa en lo alto de la cabeza. En otra ya era una jovencita y se veía el brazo de alguien -¿el de mi madre, tal vez?- colocado de manera protectora por encima de sus hombros. Otra fotografía, con el borde festonado, mostraba a mi tía con un vestido claro y holgado, y en la mano una rosa a medio abrir. Me miraba con aquellos ojos tan familiares, dulce y desdichada. Ésa me la guardé en el bolsillo. Fui al cuarto que compartía con Hwa y lo exploré en busca de un escondrijo, pero no hallé nada apropiado. Al final la escondí detrás de otra fotografía. La inserté en un marco, debajo de la foto de la boda de mis padres.

Una semana después de la huida de Yinan, mi madre anunció que nosotras también nos mudábamos al este, a Shanghai. Para entonces yo ya conocía a mi madre y adiviné los motivos de su decisión: Shanghai estaba cerca de Yinan, pero no demasiado. Las siguientes semanas fueron un puro trajín, con las amigas de mi madre trayéndonos viejos muebles y atavíos en pago por sus deudas de mahjong. Nos hicimos con un botín de pergaminos, un juego de mesas y hasta un violonchelo. Entonces, en la primavera de 1946, a mis trece años de edad, nos instalamos en una elegante casa de Shanghai, cerca del viejo barrio francés.

Los años siguientes crecí como las espigas, larga, esbelta y con el cuello vencido hacia delante. Mi madre me lo advirtió:

– Serás una mujer muy atractiva, no la típica belleza. Has sacado una mezcla muy variopinta de nuestros rasgos.

Tenía los ojos alargados de mi madre pero las cejas espesas de mi padre; la cara ovalada de ella y el cutis atezado de él. Mi padre, que aseguraba ser de ascendencia norteña, me había legado la estatura y la piel ocre de los bandidos mogoles.