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Miré hacia adelante toda modosita, pero las imágenes se esfumaron de la pantalla. En lugar de la película vi a mi tía Yinan, triste y pálido el semblante, diciéndole a mi madre que no podía vivir con nosotras. Vi el rostro inflexible de mi madre. Apreté la mano de Pu Li con fiereza, consumida por un deseo que no podía expresar con palabras. Pero su manera de tocarme no iba más allá de la mera cortesía, como el gesto educado de un embajador extranjero. No pasó nada. Cuando terminó la película, le solté la mano.

Esa misma semana me encontré debajo de la almohada un sobre cerrado con mi nombre escrito. Las únicas que podían haberlo puesto allí eran mi hermana o Weiwei. Por un instante, dudé de si sería cosa de Pu Li: hasta llegué a desearlo. Pero lo tenía muy calado como para creer que fuese a venirme con secretitos. Era un chico práctico. No le hacía falta ocultar sus intereses; podría perfectamente hablarlo con nuestras madres y obtener su permiso para que nos viésemos a solas. Seguro que era el mensaje de un admirador anónimo, algo que a menudo le ocurría a la heroína de mi folletín favorito. Manché el sobre con el sudor de los dedos; estaba demasiado nerviosa para abrirlo. A la mañana siguiente, lo metí entre las hojas del libro de historia y me lo llevé al colegio. Una vez allí, pedí permiso para ir al servicio, rasgué el sobre y desdoblé la hoja de papel. Aquella letra desconocida me confundió durante un breve instante antes de que los toscos ideogramas saltaran del papel.

Señorita:

Esta semana estoy en Shanghai en viaje de negocios. ¿Podría encontrarse conmigo mañana (miércoles) a eso de las cuatro en el Café GG?

Hu Ran

El plan para quedar con Hu Ran exigía contar con la complicidad de Hwa.

– ¿Y qué pasa con Pu Li? -preguntó.

– Eso digo yo, ¿qué pasa? -le contesté.

Hwa sacudió la cabeza pero me prometió decirle a mi madre que al salir de clase me había quedado jugando al baloncesto. La mentira funcionó gracias a mi estatura, aunque cualquiera que entendiese de deportes habría visto que yo era demasiado indecisa y despistada como para hacer otra cosa que defenderme de un balón volante. Mi madre, que no tenía ni idea de deportes, creía que el baloncesto podría enseñarme a no ser tan rara.

Dejé que Hwa se subiese sola al autobús del colegio y yo cogí otro para recorrer un kilómetro escaso, luego me apeé y fui caminando las últimas manzanas antes de llegar al barrio francés. Las piernas me temblaban de pánico a cada paso que daba. Respiré hondo, profundas bocanadas de aire frío salpimentado de humo de carbón y olor a guisos. Llevaba mucho tiempo deseando salir sola por la ciudad, lejos de mi madre y de todo lo que me reprimía, y, sin embargo, ahora que estaba en la calle, inmersa en ella, me sentía invisible, o distante, como si estuviese al margen, como si siguiese contemplándolo todo a través de un cristal. La calle era un hervidero de actividad y rebosaba una cruel belleza. Había mendigos sentados bajo los flamantes carteles que anunciaban el año del Buey. Un viejo calesero de músculos delgados como cuerdas, tiraba de un carrito en el que iba sentado un ricachón cuya barriga le sobresalía por los bordes del chaleco bordado. Por todas partes se veían personas acarreando mercancías, agobiadas bajo el peso de sus bolsas y canastas repletas de valiosos artículos tales como arroz, chiles y aceite de cacahuete. En lo alto, ristras de ropa tendida flameaban como banderolas.

El Café GG resultó ser un gran salón cuadrangular, cargado de humo y con lámparas de pantalla, ventiladores en el techo y láminas francesas enmarcadas en las paredes. La clientela era más bien joven, cosmopolita y algo bohemia, y se podía pagar en yuanes, francos, libras y dólares. Esperé un cuarto de hora, observando las formas borrosas y relucientes que se movían tras el cristaclass="underline" una vieja tocada con un pañuelo amarillo y acuclillada detrás de una docena de birriosas muñecas hechas de farfolla; dos peatones enfundados en lujosos chaquetones de suave lana, abrigados e impasibles. El más alto de los dos sacó una mano para tirar el cigarrillo, y, cuando la colilla incandescente cayó al suelo, la vieja estiró el brazo y la cogió.

Un chico bien parecido se acercaba por la calle con una basta chaqueta de faena y unos zapatos de suela gruesa. Tenía un remolino en el flequillo y llevaba el pelo bien corto, lo que dejaba ver unos huesos fuertes, unas cejas espesas y una nariz con caballete. Un chico del montón, sí, pero que desbordaba seguridad en todos y cada uno de sus movimientos. Caminaba con la cabeza alta, leyendo los letreros de las tiendas y de los toldos, y su rostro despierto irradiaba inteligencia. Cuando vio lo que iba buscando, llegó hasta el café y echó la mano al picaporte.

La puerta se abrió. Era Hu Ran.

– Señorita -dijo en el dialecto de Hangzhou, el dialecto de nuestra niñez. Tenía la voz ronca, de tenor. No podía dejar de mirarlo. Era como si, al salir de la calle, Hu Ran hubiese devuelto el mundo a la realidad.

– Hu Ran -dije. Le tendí la mano y dejé que me la cogiese-. ¿Cómo estás? ¿Qué andas haciendo ahora?

– Vivo con mi madre, en Hangzhou.

– No bebo café -le dije.

Su sonrisa dejó al descubierto una hilera de dientes parejos.

– Yo tampoco. Nunca había estado aquí. Pero quería que nos viésemos donde nadie nos conociese.

Mientras nos bebíamos el té, traté de dominar el miedo. Lo observaba con cautela, intentando taparlo con el vaso: la boca generosa, la mirada atenta y enérgica. Estaba nervioso. Se puso a hablarme de la guerra, para lucirse. Yo escuchaba su voz, la voz de la niñez, renovada y ahondada con las cadencias de un extraño conocido, teñida con el leve acento cantarín de Chongking. Me habló de sus propias andanzas en Chongking, de cómo una vez hubo de llevar un mensaje durante el apagón antiaéreo, en plena noche. Había visto a la policía del Kuomintang matar a un hombre por fumarse un cigarrillo durante el apagón. Mientras el hombre chillaba y se retorcía de dolor, la minúscula brasa de luz roja seguía incandescente en el suelo. Otra noche vio cómo los del Kuomintang ejecutaban a todos los hombres que hicieron bajar de un camión, acusados de cometer pequeñas fechorías.

Por detrás de mis asentimientos y mis respuestas, mi mente maquinaba una estrategia. Sin dejar de mirarle a los ojos, hice un círculo con los labios y soplé sobre la superficie reluciente. El vapor que se elevó de mi taza le difuminó el rostro.

– Cuando nos mudamos a Hangzhou -dijo- mi madre me hizo escribirle una carta a la tuya en la que le explicaba que estaba cuidando de Yinan y de Yao. Esperaba que a tu madre le sirviese de consuelo.

Mi madre no me había mencionado nada.

– Tiene una casa enorme -dije para defenderla-. No necesita que la consuelen.

– No es eso lo que piensa mi madre.

Cogí la taza con ambas manos buscando confortarme con su calidez.

– ¿Y qué es lo que piensa tu madre?

Levantó la barbilla sin dejar de mirarme.

– Que lo que de verdad vale en la vida es tener conciencia de haber sido generoso con los demás. Que los bienes materiales no significan nada cuando te apartas de los demás.

– ¿Es eso lo que tú piensas?

– No lo sé. Sólo sé que no tengo ningún interés en hacerme rico.

¿Qué clase de combate era aquél? En un momento dado de nuestra charla, el aire se había espesado entre nosotros y había comenzado a centellear. Recordé el brillo del sol otoñal a través de las hojas del sauce, los destellos entrevistos del radiante cielo de otoño. Lo niños que éramos entonces.

– ¿Cómo está Yao? -pregunté.

– Creciendo. Le está cambiando la cara; se parece a tu madre. A veces se parece un poco a tu hermana.

El comentario me pilló de sorpresa.

– ¿Pero te acuerdas de Hwa?