– La he visto aquí, en Shanghai. -Hu Ran miró la taza-. La vi una vez con Weiwei, creo que iba a casa de una amiga. Así es como se me ocurrió buscar a Weiwei y darle un mensaje para ti.
– ¿Ya habías venido a Shanghai?
– Muchas veces.
– ¿Y me habías visto antes?
Miró a otra parte.
– Bueno… -Hizo una pausa-. Después de ver a Hwa y a Weiwei pasé por delante de tu casa. Un día vi tu lámpara. O al menos eso creo, que era la tuya, en la ventana del piso de arriba, la de la izquierda. Todos los demás se habían acostado. Me figuré que estarías leyendo, como Yinan, o haciendo los deberes. Algo tienes que me recuerda a ella. Y no es la cara.
Absorta ante semejante posibilidad, no acerté a responder nada. Un escalofrío me recorrió la columna: el terror latente que acechaba en mi sangre.
Me entraron ganas de echar a correr. Pero mantuve la compostura. Charlamos un poco más, sin el menor entusiasmo, hasta que dije que tenía que irme.
Hu Ran respiró hondo.
– ¿Quieres que quedemos la semana que viene?
– Vale.
– ¿Qué vas a decirle a tu madre?
La pregunta me pilló de sorpresa. Me quedé mirando aquellos ojos oscuros de color indefinido.
– Que me voy a dar una vuelta con Pu Li -dije-. Pu Li le gusta.
Supe que había ganado.
Hu Ran insistió en pagar la cuenta. Debido a la profunda inflación, llevaba el dinero en un bolso muy pesado colgado a en bandolera. Salimos juntos del café. Era esa hora de la tarde en que el sol parece detenerse en su periplo por el cielo, antes de dar un último acelerón y rematar el día. Ese momento nunca parece tan terriblemente inerte como en esa época del año, cuando los últimos rescoldos del cielo invernal desaparecen diluidos en el crepúsculo. Caminamos durante un rato. Se me quedaron helados los dedos y pensé que más me valdría coger un autobús. Vi acercarse uno, pero me fui hacia él de mala gana. No quería irme a casa. No quería encontrarme con el rostro hambriento y la mirada glacial de mi madre cuando yo me sentía tan fuerte y tan llena de vida.
Esa noche, mientras me cepillaba el pelo, Hwa llamó a mi puerta. Antes de vivir en Shanghai siempre habíamos compartido habitación, pero ahora mi madre decía que teníamos que acostumbrarnos a vivir como habríamos de hacerlo en el futuro. Así que teníamos cuartos separados, lo que obligaba a cierta formalidad en las visitas. Era una situación curiosa. Hwa se quedó en el umbral, esbelta e insistente. La invité a entrar; cerró la puerta: otra situación curiosa. Le dije que iba a volver a verme con Hu Ran la semana siguiente. Se sentó con firmeza en la cama.
– ¿Estás enamorada? -preguntó-. ¿Lo amas?
No me esperaba esa pregunta y no podía responder en el acto.
– Creo que no.
Hwa descruzó las piernas y volvió a cruzarlas.
– ¿Cómo se sabe?
– ¿Cómo se sabe qué?
– Si amas a alguien.
Podría haberle dicho la verdad: que no lo sabía. Podría haberme dado la vuelta y esperar a que se fuese. Pero había cierta tensión en su voz, como en una cuerda estirada, y eso me animó a consolarla.
– Claro que lo sabes -dije-. Ya has visto lo que siente mamá por papá.
Hwa no dijo nada.
– O lo que sientes tú por Willy Chang -añadí, en una segunda tentativa.
Apretó los labios.
– No hables de Willy.
Me giré hacia el espejo. Vi a una chica esbelta con una cara como un óvalo de oro, vestida con un pijama blanco y holgado que relucía igual que un par de alas iluminadas al trasluz. Yo no era hermosa al estilo de mi madre, cuyo rostro, incluso en la madurez, poseía la simetría inmóvil y delicada de los intrincados pliegues del papel de arroz. Pero era expresiva y vital. Detrás de mí estaba Hwa, toda repipi y con la boca fruncida en un mohín amargo. Era atractiva, flexible, despierta; pronto ella también sería guapa.
– No -dijo de pronto-. No quiero estar en poder de nadie.
Le ardían los ojos.
A mí tampoco me pasaría eso. Yo no iba a ser como mi abuela, ni como mi madre, ni como mi tía. Yo podría huir de ello, como hacía Hwa, o controlarlo. Si conservaba mi propio poder, nadie podría lastimarme jamás.
Hu Ran se alojaba en el Y, en un chiscón minúsculo con un ventanuco y las paredes sin pintar. El único lugar donde sentarse era el jergón. Me senté. Él se quedó de pie con aire incómodo. Lo cogí de la muñeca y tiré de él hasta que se sentó a mi lado.
A raíz de mi experiencia en el refugio antiaéreo venía mostrándome reacia a que me tocasen. No lograba perdonar la furia silenciosa de mi madre, ni la falta de piedad y el sufrimiento subyacentes en su actitud. Ahora Hu Ran y yo estábamos tan cerca que nos olíamos mutuamente el aliento. Su cercanía me afectó como una enfermedad. Allí, en aquel cuartito sin ventilación, una emoción física me embargaba los sentidos como una niebla envolvente. De repente sentí la necesidad de ponerle la mano en la desnuda garganta. Alargué el brazo a través de la niebla y noté el sólido palpitar de su pulso a través de las yemas.
– Hazme el amor.
– No -dijo-. No debo causarte problemas.
Me encogí de hombros.
– Quiero hacerlo.
– Me siento responsable.
– Eso es por el xingyi -le dije-. La lealtad de los criados.
Él puso cara de vergüenza; yo sonreí.
– Señorita…
– Que no me llames «señorita».
– Hong -dijo, enfadado. Y luego, más bajito-: Hong.
Una vez más atravesé la niebla y le puse la mano en la cara.
– Bésame.
– Hong, esto no está bien.
– ¿Es que no quieres?
Apartó la mirada.
– Pues claro que quiero.
Sentí un hormigueo en las manos.
– Hazlo -le dije-, o le digo a mi madre que lo has hecho de todas formas.
Se fue a por mí con rabia. Tenía los labios muy suaves.
Deslicé la mano entre los botones de su camisa y sentí los furiosos latidos de su corazón. Nos agarrábamos fuerte pero no lográbamos acercarnos lo bastante; forcejeábamos con alguna presencia invisible que llevábamos dentro, que nos separaba. Me apreté contra él, cada vez con más fuerza. Quería olvidarme del terror que llevaba en la sangre; quería viajar rumbo a lo oscuro. Pero mientras nos embarcábamos en ese viaje que nos esperaba desde que éramos niños, tuve la sensación de volverme más radiante y poderosa que ninguna otra mujer antes de mí. Mis yemas percibían los matices más sutiles del tacto; mis ojos veían a través de su piel, y no sé qué otro sentido, más potente que la vista, resonaba en mi interior. Tuve la intuición de que, alrededor de nuestro cuarto, la ciudad era pasto de las llamas. Las calles saltaban por los aires. China entera ardía. Caían derrocados los gobernantes y las torres se desmoronaban. Remolinos de agua azotaban las costas. Y, en medio de todo ese caos, corrí detrás de los que me habían tomado la delantera: de mi abuela, de mi madre, de mi padre y de Yinan. Los seguí con la esperanza de encajar en el mundo que ellos habían creado.
Había estado viajando por el delirio durante un período indeterminado y salió de él a duras penas, con las piernas temblorosas y los ojos deslumbrados. Tenía conciencia de haber escapado de algo, de haber sobrevivido.
En cuanto llegó Junan, supo que tenía que marcharse de Chongking. Pidió un destino con la esperanza de poder alejarse lo suficiente como para que todos olvidasen lo que había hecho. No sabía cómo podría terminar aquello. Lo único que sabía es que quería acción, entrar en combate de una vez por todas y poner fin a aquella bochornosa sensación de inutilidad.
Pero mientras se disponía a abandonar la ciudad no lograba sacudirse la sospecha de estar olvidándose de algo. Pronto sobrevolaría las montañas sin llevar encima algún artículo esencial, algo que podría salvarlo, algo que echaría en falta. Le pidió a Junan que repasase su lista. Ella le revisó el equipaje, incluyendo las vitaminas y las píldoras de quinina, y le garantizó que no le faltaba nada. A medida que se aproximaba la fecha de su partida, cayó en la cuenta de lo que había dejado sin terminar. El último día que pasó en Chongking acudió a casa de la americana.